Entre los guettos y el multiculturalismo, entre la discriminación positiva y la negativa, Europa se debate entre la "coqueluche" (Castellet dixit “y pixit) del terror masivo en Francia, tironeros y camellos de poca monta que en España vuelan trenes para vengarse de los infieles o jugadores de cricket de fin de semana que ponen unas bombas de nada en el metro londinense como "sport" de caballeros (musulmanes).
Mientras los medios musulmanes que se autoproclaman más templados y respetuosos con los derechos del hombre y tal comparan la situación actual de "persecución de los musulmanes" en "los estados occidentales" con la que "experimentaron hace cuatro siglos sus hermanos en Andalucía", el victimismo se transforma en devastación en las calles francesas.
En tono aséptico pero tirando con bala “y con piedras-, el International Herald Tribune aborda -desde París- las tres formas principales en que Europa ha intentado integrar la emigración y ha terminado desintegrada por sus estallidos de rencor. Francia, Alemania y el Reino Unido son los principales ejemplos de un fracaso que se enfrenta a la venganza de los hijos de Alá.
Seguimiento:
- Alemania “y Austria- intentaron desde el principio la política de los "trabajadores invitados". Los inmigrantes eran trabajadores temporales que llegaban allí y se terminaban yendo a casa. Pero hubo un problema. No se marcharon. Especialmente los turcos. Con segundas y terceras generaciones en el país, Alemania ha intentado recientemente una mayor integración ante el cariz de organización que la emigración iba tomando en forma de exigir ciudadanía e iguales derechos que los alemanes.
- El Reino Unido tiró por el conocido y afamado lado del multiculturalismo que terminó en el Londonistán de los autobuses y los metros explotando. Como Estados Unidos, animó a las minorías étnicas a organizarse y concedió incluso el derecho al voto a quienes llegaban de países de la Commonwealth “hasta que Margaret Thatcher terminó con lo que se daba. Sin embargo, las comunidades llegaron a tiempo de organizarse y obtener y gestionar poder político.
En un proceso más lento, Francia también ofreció ciudadanía a sus inmigrantes pero, especialmente los que venían de Argelia y de su cruel guerra de independencia, no la aceptaron. Hasta que las naturalizaciones se hicieron más comunes en los años 80 y los hijos de los llegados, ya adultos, también comenzaron a desarrollar poder político.
La intransigencia francesa con los símbolos religiosos musulmanes en la escuela ha tenido el mismo resultado que la tolerancia total de los británicos con sus minorías de Alá: trenes y autobuses reventados, miles de adolescentes enrabietados arrasando lo que encuentran a su paso y un sordo rencor que en Francia es generalizado y en el Reino Unido termina también en periódicos y durísimos enfrentamientos entre comunidades cuando no cristaliza en unas bombas de metro suburbano o de supraurbano autobús que termina deteniéndose en la parada de ninguna parte.
