Estados Unidos: ¿Son las manifestaciones de los emigrantes latinos el inicio de un movimiento masivo por los derechos civiles similar al de la comunidad negra en los años sesenta?
X, XLa reforma de la emigración en Estados Unidos y, sobre todo, el debate sobre qué hacer con los millones de emigrantes ilegales que ya se encuentran dentro del país, son temas que están provocando inauditos movimientos sísmicos en las estructuras más básicas estadounidenses, movimientos sísmicos de imprevisibles consecuencias sociológicas, antes y después de las masivas manifestaciones de ayer que gritaron "Somos América" mientras sus participantes declaraban: "Amamos a este país. Nos ha dado todo".
No sólo la poderosa iglesia evangélica estadounidense -auténtico motor de la Norteamericana anglosajona, blanca y protestante- encuentra motivos de profunda división interna en relación con el tema. La reforma legal que estudia el Congreso se enfoca, sobre todo, a la comunidad latina ilegal ya residente en Estados Unidos y se ve presionada por el imparable chorro de emigrantes ilegales que inunda cada año al país con casi un millón de nuevos residentes y trabajadores sin papeles.
Hay ya quien se pregunta si la comunidad latina no estará en el inicio de un movimiento masivo por los derechos cívicos como el que sacudió al país en los años sesenta con la condensación civil de la comunidad negra. Pero hay quien limita ya de entrada tal hipótesis y recuerda que no toda la comunidad latina se encuentra unida. De hecho, hay una profunda división entre los latinos "legales" e "ilegales", con muchos de los primeros liderando la línea dura contra los segundos. Y, por si fuera poco, falta un líder, el Martin Luther King que convierta en marmórea historia la espuma de los días reivindicativos.
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Para empezar, hay que recordar una cuestión capital: la latina es ya la primera minoría racial y social en Estados Unidos, por delante de la negra, ya ampliamente sobrepasada por la avalancha que viene de Latinoamérica y que se queda a residir en el país. Pero, además, son muchas las diferencias entre las manifestaciones de la comunidad negra en los años cincuenta y sesenta, y las masivas concentraciones de los últimos días en Estados Unidos.
Mientras los negros estadounidenses ya pertenecían desde hacía generaciones a un mismo país y compartían unos mismos orígenes -es decir, otros negros estadounidenses-, la comunidad latina pertenece a una gran cantidad de orígenes nacionales, raciales y económicos muy diversos entre sí, y, a veces enfrentados entre ellos. En este sentido, carece por completo de la unidad etnosocial de lo que se dio en llamar comunidad "afroamericana". No existe -por ahora, ni, probablemente en algunas generaciones- una comunidad "latinoestadounidense" homogénea.
En segundo lugar, tampoco existe una organización más o menos unificada en la convocatoria de las manifestaciones sino una enorme cantidad de decenas y decenas de pequeñas entidades locales, estatales y "temáticas" que, por ahora, sólo se han coordinado para acordar los días de las protestas.
En tercer lugar, no sólo los latinos son muy diversos entre sí sino que los latinos "legales" y los "ilegales" se encuentran profundamente divididos entre ellos. Los primeros -bien residentes legalizados, bien nacidos en Estados Unidos con una o muchas generaciones de residentes en el país a sus espaldas- son especialmente duros con los segundos, a los que acusan de degradar y devaluar el mercado de trabajo imponiendo la presión a la baja de salarios y condiciones laborales.
En cuarto lugar, a la comunidad latina le falta el gran líder galvanizador de todo un movimiento organizado. No hay nada ni nadie remotamente parecido a la inmensa figura de Martin Luther King, un hombre que no sólo poseía carisma de líder sino una profunda y sólida educación que le convertía en un temible y eficacísimo orador, en comparación con la galaxia de pequeños líderes locales que pugnan por hacerse escuchar en todas y cada una de las manifestaciones que se celebran en el enorme y disperso país.
Leyendo medios muy especializados o dirigidos por y hacia élites económicas o sociales muy concretas es fácil descubrir una especie de euforia -a veces, en exceso voluntarista- sobre la supuesta existencia de una comunidad latina homogénea en el país dispuesta a luchar "por sus derechos" y a ejecutar un hipotéticamente alto nivel de influencia.
La "realidad real" en las calles, en las obras y en las cocinas de los restaurantes estadounidenses es muy distinta. Ni con mucho se percibe la homogeneidad -para bien o para mal- de la comunidad negra. De hecho, los latinos estadounidenses "de toda la vida" afirman que "hay un montón de hispanos que están molestos sobre los indocumentados, de la misma forma que la población anglosajona. Este grupo es más grande de lo que mucha gente podría creer".
Los líderes políticos estadounidenses estudian la creación de una valla de más de mil kilómetros que intentaría impermeabilizar la frontera de Estados Unidos con México así como la conversión de delito el empleo de emigrantes ilegales. Un intento del Senado de abrir la vía a la ciudadanía de los ya residentes en el país fracasó la semana pasada. El futuro se presenta incierto para los millones de indocumentados -la mayor parte latinos- que esperaban el que una política de hechos consumados actuara en su favor. No está siendo así.
Tampoco está demostrado que, al menos por ahora, la comunidad latina estadounidense -nueva o antigua, legal o ilegal- pueda actuar unida frente a un camino que se presenta tan incierto como las mortales travesías de los desiertos texanos o arizónicos.
