NUEVO DIGITAL Internacional - Ahmadinejad intenta desmarcarse del férreo control islámico de los ayatolas para crear un cierto poder civil autónomo en Irán
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Ahmadinejad intenta desmarcarse del férreo control islámico de los ayatolas para crear un cierto poder civil autónomo en Irán

Ahmadinejad intenta desmarcarse del férreo control islámico de los ayatolas para crear un cierto poder civil autónomo en Irán

29.05.06 • 06:39 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Si en algún momento las potencias occidentales pensaron realmente en abrir un espacio de democracia occidental en el Medio Oriente, las cosas no pueden ir peor. No es ya que los gobiernos de las "liberadas" naciones de Afganistán e Irak se hayan abandonado al tribalismo islamista más duro, con parlamentos y sistemas judiciales enteramente tomados por los clérigos musulmanes y por los señores de la guerra a su servicio (o viceversa), como se vio en el episodio del cristiano condenado a muerte por apóstata. No es ni tan siquiera la ya sólida y contundente contraofensiva talibán mirada ya con resignación por los mismos ejércitos occidentales que una vez se vanagloriaron de ver cómo se afeitaban barbas coránicas a marchas forzadas con el avance de los humvees americanos.

Ahora, la "ejecución" en Bagdad de un entrenador de tenis (sunita) y de dos de sus jugadores (ambos chiítas) por llevar pantalones cortos lleva la guerra civil no declarada en Irak más allá de los enfrentamientos sectarios a base de la diaria ración de coches bomba hasta un punto en el que suenan a sarcásticas las buenas intenciones occidentales y en el que empieza a aparecer como moderado el mismísimo Irán de los ayatolas, por mucho que prohiba asistir a las mujeres al fútbol para que no miren a otros hombres distintos a sus maridos o familiares más directos, por otra parte en cumplimiento de mandamientos islámicos que ya se llevan a cabo en la misma Francia donde el Islam intenta abrirse espacio hasta en las piscinas públicas o imponer horarios restringidos para el baño de sus mujeres.

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Bien es cierto que el grupo que asesinó a parte del equipo de tenis olímpico iraquí ya había repartido octavillas en la zona advirtiendo de que llevar pantalones cortos va contra el Corán y sería castigado con la muerte. Dicho y hecho, la "ejecución" puede ser considerada cualquier cosa menos inesperada. Sin embargo, la espectacular acción de limpieza de "inmoralidad" ha hecho aflorar cómo, en los últimos meses, la capital iraquí ya se ha abandonado a la contundente "evangelización" de los grupos islámicos que actúan no sólo contra hombres que lleven pantalones cortos de deporte sino contra tiendas donde se vende alcohol e, incluso, contra los barberos, acusados de colaborar con el enemigo infiel por afeitar las barbas que el Corán ordena dejarse crecer.

En medio de la absoluta incapacidad del nuevo y ya autónomo sistema político iraquí para generarse a sí mismo un gobierno fuera de las luchas tribales y de las sectas islámicas, Irak además estrecha lazos con Irán, mientras desde Teherán se lanzan suaves cantos de hermandad para formar grupo contra el Gran Satán invasor que pretende llevar la democracia a una zona y a una religión por completo hostil a tal concepto, según los propios dirigentes iraníes se encargan de proclamar cada vez que tienen ocasión.

Sin embargo, un análisis más fino desde el interior del país hace sospechar que, mientras Afganistán e Irak parecen ya abandonados al caos más absoluto, en Irán las cosas se mueven de una forma que, bajo las bravatas de las grandes bocas discursivas y los desafíos directos de los reactores nucleares, parece ir consolidando un cierto poder civil autónomo por encima de los temibles ayatolas, hasta ahora quienes tenían la última palabra y quienes ordenaban las contundentes justicias coránicas para las ovejas descarriadas.

En otras palabras, entre amenaza y amenaza a Occidente -todas apocalípticas-, el presidente iraní Ahmadinejad parece estar intentando consolidar un cierto poder civil en arriesgado pulso con los millones de toneladas de teocracia que aplastan cada día a los iraníes. Desde Teherán se informa de que las milicias masculinas voluntarias que, con la llegada de la primavera, se encargaban de acosar a base de varazos a las mujeres que se habían despojado de demasiada ropa para lo ortodoxia islámica regional, esta temporada parecen haber desaparecido de las calles iraníes por mucho que el parlamento intente aprobar un estricto código de vestuario "apropiado" para las mujeres según los mandatos islámicos en medio de informaciones -más tarde demostradas falsas- de que se intentaba 'marcar' a judíos y cristianos con unas bandas visibles especiales.

Significativo ¿de qué? La hipótesis es que Ahmadinejad intenta consolidar su poder civil frente a los ayatolas que, en las casi tres décadas de la "revolución" iraní que comenzó Jomeini, han regido los destinos terrenales (y celestiales) de Irán y de los iraníes. Hay demasiados pulsos en las últimas semanas como para no sospechar que algo se mueve bajo la uniforme rigidez de las recortadas barbas civiles frente a las más largas barbas religiosas, modelo clerical. Que el presidente iraní fracasara en su intento de permitir el acceso a las mujeres al fútbol, bien que con extremadas medidas para garantizar que espectadores y espectadoras jamás se rozaran, no significa que no lo intentara.

En Estados Unidos se ve con preocupación este reforzamiento de Ahmadinejad porque se interpreta, de cara al exterior, como el intento de consolidar una interlocución medianamente homologable con lo usual en las relaciones internacionales. Y pondría a Washington en un brete: el de reconocer y, por tanto, consolidar el estatus de interlocutor para los más conspicuos representantes del Eje del Mal. Sin embargo, además de la exterior, el deslizamiento civil iraní tiene otra lectura interior pues a la clase dirigente elegida en las urnas no le queda otro remedio que intentar zafarse un poco de los canónicos turbantes de los ayatolas elegidos en las mezquitas.

El descontento en el país crece ante las condiciones de vida mientras las posiciones levísimamente aperturistas de los civiles encabezados por el presidente se ven como la única opción para mantener el control interno de la situación y, de paso, como una óptima pero arriesgadísima maniobra de creación de una clase política civil que no esté permanentemente bajo la sombra de los minaretes.

En otras palabras, un estable y más civil Irán podría parecer ahora no sólo un oasis de relativa estabilidad en la zona sino la única oportunidad de obtener un interlocutor medianamente homologable en medio del caos total de un Irak y un Afganistán que un ya lejano día fueron llamados a ser faro y guía de la nueva democracia y los derechos del hombre en el mismo corazón del Islam que exportaba y exporta el terror a toda la comunidad infiel del planeta.



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