La cultura de la emigración "a cualquier precio" se enquista en todas las capas sociales senegalesas por encima de los incentivos nacionales al desarrollo
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La cultura de la emigración se ha instalado en el África occidental. Contrariamente a la impresión general existente en Europa, los barcos de jóvenes procedentes de Senegal no vienen cargados de gente muriéndose de hambre ni de analfabetos sino de agricultores pero también de funcionarios públicos y de profesores. El mito de España como un edén de oportunidades, dinero y bienes de consumo se ha instalado en la sociedad senegalesa junto con el de una cultura de la emigración 'a cualquier precio' que ningún incentivo doméstico se está demostrando capaz de combatir.
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No importa que las autoridades senegalesas hayan comenzado a castigar con prisión a los organizadores de los viajes hacia las Islas Canarias. Ni que África y Europa intenten políticas conjuntas que van desde la mera represión y vigilancia a las denominadas "ayudas al desarrollo", que, muchas veces, desde el Occidente europeo se ven, simplemente, como un intento de extorsión por el que países africanos intentan "sacar tajada" de su descontrol emigratorio, adoptándolo como moneda de cambio y de chantaje.
Por un lado, un pescador, un constructor de barcas o cualquier otro tipo de profesional de alto o bajo rango gana en un solo viaje hacia las Islas Canarias lo que obtendría en años de trabajo en su país. Además, contrariamente a la un tanto paternalistamente ñoña descripción que se realiza en Europa, las barcas son sólidas, van bien equipadas, y tripulantes y "pasaje" suelen ser expertos pescadores con un extraordinario dominio del mar, como ellos mismos reconocen.
En ese sentido, la precariedad y peligrosidad de las primeras y frágiles barcas que arribaban a la Península Ibérica desde Marruecos se ha visto sustituida por naves mucho más grandes y sólidas cuando no por auténticos cargueros transatlánticos que ya están abriendo nuevas rutas de emigración ilegal desde Pakistán o, incluso, desde China. A pesar de que los accidentes ocurren, nada que ver con las mortales corrientes del Estrecho de Gibraltar ni con las débiles barcas que tan alto precio pagaron en vidas durante los últimos años.
Por el contrario, más allá de los dramas personales, lo que causa auténtica preocupación en Senegal es la forma en que la cultura de la emigración se ha instalado en todas las capas sociales. Los analistas desmenuzan en la prensa local cómo la presión comienza por las propias familias, que son las primeras en animar a sus hijos a iniciar la, en todo caso, peligrosa travesía en busca de un destinto aun más incierto que el doméstico, y que gastarán el dinero recibido en bienes de consumo y no en inversiones que rompan el círculo maldito de la pobreza y la falta de oportunidades.
Mientras otros optan por la solución "ortodoxa" del desarrollo y las grandes obras públicas como la forma más efectiva de retener a los jóvenes en Senegal, algunos se lanzan a tumba abierta a denunciar cómo "padres, poderes públicos y la sociedad" en general se unen para presionar a unos jóvenes que, además, sólo reciben desde Europa las llamadas de amigos y familiares que la mayor parte de las veces sólo hablan de deslumbrantes éxitos para ocultar la cruel realidad de un "paraíso" donde ni se les espera ni se les desea, y que les aboca a la delincuencia de alta o baja intensidad, si no a apabullantes tragedias que convierten sus vidas en un absurdo salvaje.
"Así, la cultura de la emigración se ha instalado progresivamente en el espíritu de la población. En el interior del país, la contribución de los emigrados ha modificado el estatus de las familias y las aportaciones cuantificadas en miles de millones son siempre bienvenidas", afirma un profesor en su brillante análisis del problema tras describir cómo las familias se endeudan en la preparación de un viaje que consideran una inversión.
"Estos jóvenes (de la emigración) vienen del interior del país con una sola preocupación: ganar el dinero y partir. Han dejado el colegio muy pronto o nunca han estado en él. Tras ellos han dejado rebaños, campos y huertos para un futuro mejor. Estos jóvenes nada pueden reclamar puesto que no tienen ninguna preparación profesional (y) prefieren tentar su suerte en la ciudad mientras esperan el gran viaje", continúa el profesor.
Sin embargo, los "funcionarios (también) han dejado sus puestos para figurar entre los candidatos a la emigración. Es decir, no son solamente los analfabetos quienes están en camino hacia España". Por el contrario, "ni la educación ni la formación sujetan a los jóvenes. Muchos de entre ellos creen más bien en la emigración", concluye el analista mientras, día tras día, siguen llegando barcas con su abigarrada carga de fracasos desde el África negra.
