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La Guerra del Líbano lleva la división al bloque occidental pero también corroe la solidez del mundo árabe y musulmán

La Guerra del Líbano lleva la división al bloque occidental pero también corroe la solidez del mundo árabe y musulmán

08.08.06 • 07:07 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Pocos recordarán una guerra tan destructiva en tan poco tiempo. En especial por cómo ha ido fracturando la densa robustez de actores que se creían con papeles fijados de por vida. En días, la Guerra del Líbano ha conseguido llevar la discordia interna a Israel, la bilateral a las relaciones de Tel Aviv con Estados Unidos, la intraoccidental con la falta de unidad sobre cómo atacar el problema y, cosa mucho menos conocida, hasta la panárabe, donde el mundo árabe y musulmán se ha dividido en dos bloques cada vez más irreconciliables. Por corromper, la Guerra del Líbano está carcomiendo hasta la credibilidad de la prensa en un escándalo que no ha hecho más que comenzar, entre fotos manipuladas para añadir dramatismo y pases repetidos de niños muertos ante las cámaras.

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En Israel por fin respiran con cierto alivio en la batalla de la contrapropaganda a Hezbollah, ganada casi de salida no sólo en el bloque árabe y musulmán sino, sobre todo, en el de las acomodadas sociedades occidentales y sus diarios estremecimientos ante el televisor a la hora de la cena. El descubrimiento de las artimañas de algún fotógrafo con pocos escrúpulos ha llevado aire a las constantes denuncias de manipulación y escenificación de algunas de las secuencias gráficas más dramáticas de la guerra, en especial, las que más pueden minar la legitimidad israelí.

Palabras como "manipulación", afirmadas con agresiva rotundidad, se mezclan con otras también de alto voltaje entre signos de interrogación como "¿credibilidad?" para poner bajo sospecha la avalancha de imágenes traumáticas que llegan del frente. En realidad, de uno solo de los lados del frente. Cada vez corren más rumores sobre "pases repetidos" de los niños muertos en una escenificación cuidadosamente planificada por Hezbollah y con los periodistas gráficos y no gráficos como silenciosos colaboradores de la mascarada cuando no como sus cómplices necesarios.

La Guerra del Líbano está pudriendo no sólo el clima informativo entre constantes denuncias -representantes de las Naciones Unidas incluidos- de que los civiles son utilizados como escudos humanos para extraer el retrato de la carnicería que algún fotógrafo, encima, retocará con el ordenador para hacerla más dramática después de haber agotado su turno en la fila de reporteros disparando por riguroso orden.

Mientras, la unidad de Israel se resquebraja por horas ante la falta de resultados contundentes, lo que lleva a un permanente cuestionamiento no sólo de métodos de lucha sino también de la propia "moralidad" que los ampara entre agrios y mutuos cruces de reproches. Medios que habían hecho piña con los mandos civil y militar se preguntan ahora si son legítimos los ataques aéreos sobre el Líbano puesto que, en su opinión, "hay límites morales que Israel debe cumplir incluso en una guerra justa contra un enemigo despiadado".

En paralelo, desde Washington, algunos observadores se preguntan si Israel no les estará llevando demasiado lejos en su implicación en el avispero del Medio Oriente, una implicación que sólo causa a los Estados Unidos increíblemente retorcidos problemas diplomáticos, generación de enemigos como moscas y aviones estrellándose contra torres iguales.

Por el contrario, desde Israel, otros observadores ven a Tel Aviv como el "vasallo" de Washington mientras se preguntan si el acosado país no estará haciendo de forma involuntaria e inocente, el juego sucio que el "amo americano" no se atreve a jugar con su propio ejército o que no ha conseguido culminar con su aviación al este del Edén.

Desde ese mismo Washington que ya mira a Israel como al amigo que le está metiendo permanentemente en gravísimos problemas, se empieza a creer que Irán desencadenó la crisis a través de Hezbollah precisamente para minar la solidez del bloque occidental en su oposición al plan atómico de Teherán.

En algo que ya ha comentado el propio Bin Laden en uno de sus sermones al mundo en el sentido de que una de las razones por las que un país occidental nunca podrá ganar una guerra moderna es porque no dispone de una sociedad civil en la retaguardia dispuesta no ya a afrontar riesgos en casa “que casi ninguno padece, yihadistas domésticos aparte- sino a enfrentarse a las escenas de destrucción que ven causadas en el enemigo por propia mano.

El efecto Vietnam en la retaguardia sigue siendo demoledor y, desde medios próximos a los sectores conservadores en el poder en la Casa Blanca, se empieza a considerar que Occidente ha caído en la trampa de la provocación precisamente para originar una situación que sacudiera las sensibles opiniones públicas occidentales llevándolas a la victimización de los agresores y provocando la discordia entre las distintas capitales, todo con el fin de hacer añicos el sólido frente común que, antes de la guerra, se había formado contra Teherán por su desafío atómico.

Sin embargo, muy probablemente ni Irán -ni Siria- habrían podido contar con que la discordia y la división también llegarían al propio bloque árabe y musulmán. El sector liderado por Damasco y Teherán se enfrenta al encabezado por Arabia Saudí, que protesta enérgicamente por las "aventuras no calculadas" en que Hezbollah ha metido a la zona, y, por extensión, al bloque musulmán, con una "soberanía" libanesa "expropiada" por la organización de milicianos-terroristas por mucho que el gobierno libanés adquiera ahora un papel supuestamente relevante en la solución de una crisis que no provocó pero que tampoco evitó.

Por contra, desde Damasco se insiste en que se trata de "resistencia" y no de "aventuras no calculadas" puesto que "los libaneses tienen el derecho a resistir" una ocupación que los saudíes no ven puesto que si "la tierra ha sido liberada, el papel de la resistencia debe terminar".

Hay un único ganador en todo este caos. Dos mejor que uno, siendo el mismo. Hezbollah y su líder Nasrallah. ¿Quién se acuerda de Al Qaeda con su triste aparición en mitad de la guerra para intentar recuperar protagonismo incluso a costa de apoyar a una organización chiíta, probablemente lo que más pueden odiar los suníes de Bin Laden en medio de las diarias carnicerías de Irak?

Por toda la Umma, pancartas con el barbudo rostro de Nasrallah se pasean en manifestaciones que, tras las caricaturas de Mahoma, llevan más predicciones apocalípticas a quienes consideran al Líbano como la segunda escaramuza de algo mucho más importante por llegar y que cada vez acelera más unas crisis que ya tienen dimensión planetaria.



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