NUEVO DIGITAL Internacional - Héroes de la heroína, creyentes del opio del pueblo: Los talibanes llevan la producción de adormidera a máximos históricos en un Afganistán donde hasta las flores son también el enemigo
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Héroes de la heroína, creyentes del opio del pueblo: Los talibanes llevan la producción de adormidera a máximos históricos en un Afganistán donde hasta las flores son también el enemigo

Héroes de la heroína, creyentes del opio del pueblo: Los talibanes llevan la producción de adormidera a máximos históricos en un Afganistán donde hasta las flores son también el enemigo

08.09.06 • 05:03 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

El general James L. Jones, máximo responsable militar de la OTAN, reconocía abiertamente ayer que no esperaba una resistencia tan violenta de los talibanes y pedía más tropas antes de que se eche encima el invierno y las guerrillas se dispersen para recobrar fuerzas. Amplias regiones de Afganistán se encuentran por completo fuera del control de la OTAN en un caótico vacío de poder que pugnan por llenar talibanes de Corán en ristre, señores de la guerra de kalasnikov al hombro, y mafias de distinto y variado pelaje -y barbaje. Sin embargo, guerrilleros de Alá, guerrilleros del dólar en bruto y guerrilleros de la guerrilla en general confunden sus perfiles alrededor de una red de intereses complementarios que convergen en las miles de hectáreas despertadas al cultivo de la adormidera. La cosecha de este año será de 6.100 toneladas y superará en un tercio la demanda total mundial de opio. En Afganistán, hasta las flores son también el enemigo.

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En los buenos tiempos de los talibanes, su estricta moral islámica les llevó prácticamente a erradicar el tradicional y bien arraigado cultivo de amapola. Pero, con la derrota y la amarga expulsión del poder hacia las montañas, la estricta moral se ha relajado hasta llegar al convencimiento de que nada anticoránico puede haber en pudrir con heroína el mundo infiel si, además, devuelve como una bendición montañas de dinero potencialmente santo para comprar las armas que permitirán el triunfo de Alá a costa de los 100.000 muertos anuales por sobredosis de caballo.

El negocio es un estado en sí mismo, con división de funciones que comienzan con un montón de empobrecidos campesinos que ganan con cada amapola lo que sacarían con media tonelada de patatas y con señores de la guerra que garantizan territorio fuera de control occidental o doméstico para que las diversas mafias armadas puedan proteger el transporte de la mercancía en un entorno de respeto amigable ya que el negocio en general va dejando un reguero de dólares por donde pasa.

Con base en alarmantes informes de las Naciones Unidas, desde Estados Unidos se admite abiertamente que no sólo esas regiones están fuera de control sino también el propio negocio global de la droga. La producción afgana de opio ya creció casi un 60 por ciento el año pasado hasta llegar a las 6.100 toneladas, casi un tercio más de lo que el consumo mundial es capaz de absorber.

Dicho de otra forma, Afganistán suministra el 92 por ciento de la producción mundial de un opio que terminará en las ciudades occidentales convertido en la heroína que un día fue símbolo de revolución y hoy no es más que un lastimoso veneno para unos cuantos miles de perdedores de equilibrio inestable nacidos -y ya muertos- en la sociedad de la opulencia.

Las consecuencias del tráfico de drogas en la zona de producción del Medio Este lleva a estrambóticas triangulaciones, y no sólo de mafias en la apertura de rutas hacia Estados Unidos o Europa. Visores nocturnos británicos de última generación remitidos a Irán dentro de un programa de las Naciones Unidas contra el tráfico de drogas terminaban en manos de Hezbollah durante la última guerra del Líbano, denunciando, para desesperada incredulidad de los israelíes, los movimientos nocturnos de un ejército bien equipado que no pensaba enfrentarse a unos barbudos igualmente capaces de ver de noche.

Más allá de la invasión del mercado internacional con un brutal superávit de más de una tercera parte de la demanda, la producción de opio provoca insospechadas consecuencias geoestratégicas en la explosiva región del Oriente Medio. Los campesinos ven cómo se enriquecen con un cultivo que, además, inflama los ardores talibanes de impunidad y dinero en la compra de armas en medio del imperio de los señores de la guerra locales que se alían a mafias diversas y a clanes de la escaramuza en un caótico panorama de descontrol que reta de tú a tú no sólo a Kabul sino al humillado general de la OTAN que no tiene más remedio que pedir refuerzos, a pesar de las contundentes operaciones de ‘limpieza’ aliadas.

Un informe de un think-tank británico, el Senlis Council, denunciaba hace unos días el obsesivo foco de las tropas aliadas en Afganistán por combatir el terrorismo mediante una acción armada dejando de lado -si no promocionando, de forma indirecta- la aparición de zonas fuera de control donde florecen el caos y el propicio subdesarrollo junto con las amapolas en un alucinado trío muy difícil de batir con el idílico deambular de los carros de combate aliados entre mares de hermosas flores, sin embargo, también feroces combatientes enemigas.



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