NUEVO DIGITAL Internacional - ‘Aristócratas caídos’, de mal, a peor: Los senegaleses deportados se pasan a una dura “clandestinidad” para volver a intentar el asalto al ‘eldorado’ español
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‘Aristócratas caídos’, de mal, a peor: Los senegaleses deportados se pasan a una dura “clandestinidad” para volver a intentar el asalto al ‘eldorado’ español

‘Aristócratas caídos’, de mal, a peor: Los senegaleses deportados se pasan a una dura “clandestinidad” para volver a intentar el asalto al ‘eldorado’ español

25.09.06 • 06:53 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Francia ha cerrado su acuerdo de emigración con Senegal para deportar a los irregulares. Aparte de algún acuerdo menor sobre cooperación estudiantil, Sarkozy firmó en Dakar un desembolso por el que abonará -"en un primer momento"- dos millones y medio de euros destinados a “ayudar en la reinserción social de los repatriados”. A España, sin acuerdo, y en plena crisis, el que alguien se moviera en Senegal ya le ha costado los ocho millones de euros que el presidente Abdoulaye Wade iba reclamando agriamente por media Europa como impagados. Pero en Senegal, los jóvenes no quieren oír hablar ni de reinserciones ni de planes de ningún tipo. Entre gravísimas acusaciones sobre el “racismo español” lanzadas por la prensa de tendencia musulmana, los deportados se pasan a la “clandestinidad” para que nadie conozca su fracaso y poder volver a intentar nuevamente el asalto al ‘eldorado’ español.

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En Senegal los medios hablan sin complejos de las “oleadas” de emigrantes clandestinos hacia Canarias. Pero también del “racismo” con que, supuestamente, son tratados sus compatriotas que llegan a las costas españolas. El más virulento de todos es el Walf Fadjiri, diario de referencia en Senegal de orientación musulmana. Según la dramática crónica de la “corresponsal permanente” del periódico en las islas españolas, miles de senegaleses que viven en España están obligados a soportar “insultos racistas no sólo de los españoles sino también de otras comunidades”.


"Racismo español y latino"

En cuanto a los españoles, la periodista del diario senegalés destacaba haber visto cómo “un importante grupo de ciudadanos canarios” esperaba “la llegada de un cayuco lleno de senegaleses” para gritarles “’negros de mierda’, nuestros hijos no tienen ropa porque la habéis cogido vosotros toda”, además de reseñar las pintadas racistas que habría visto en muros de “barrios populares” en varias zonas canarias. En cuanto a los “insultos racistas” de otras comunidades de emigrantes, el Walf Fadjri constata que los extranjeros, y, en especial, los “latinos”, culpan a las oleadas de negros africanos del endurecimiento de la política migratoria española, por lo que los senegaleses también se verían hostigados como supuestos causantes de la desgracia de otros miles de emigrantes ilegales de otras zonas del planeta que ahora lo comenzarían a tener mucho más difícil por su culpa.

Sin embargo, nada parece desanimar a los jóvenes senegaleses dispuestos a salir del país a cualquier precio, cueste lo que cueste y sean necesarias las veces que sean necesarias en el intento. Con el endurecimiento -por ahora, sólo verbal- de la política migratoria española, con las patrulleras de la guardia civil bloqueando la salida de lo que poco que pueden controlar en cientos de kilómetros de costa (aunque peor lo tiene el único 'vigilante de la playa' -a pie- en Guinea-Bissau, el nuevo puerto de salida), con las detenciones casi a pie de costa senegalesa de algunos cayucos, con la deportación de cientos de ilegales desde Canarias, con una situación que ha dejado atrás la práctica normalidad con que se cogía una barca en Senegal y se desembarcaba en un puerto canario, ahora tanto deportados como primerizos han escogido la “clandestinidad” como renovada táctica para adaptarse a las nuevas circunstancias.


"Clandestinidad"

En África, los sentimientos y motivaciones de estos jóvenes senegaleses hacia la emigración son muy distintos de la llorosa cantinela de hambre y necesidad con que venden en España el tema los profesionales de la ‘solidaridad’. Para las familias senegalesas, enviar un hijo a la emigración, -incluso ilegal, incluso arriesgando la vida-- no es motivo de vergüenza sino de orgullo, que se convierte en práctica euforia de relevancia social si ha conseguido llegar a territorio español. Es como enviar un arrojado conquistador y que ese conquistador haya tenido éxito en la toma de ‘eldorado’, el calificativo con el que una y otra vez es denominada la tierra europea de destino.

Esta es la razón por la que los deportados desde España no regresan con sus familias y prefieren “pasarse a la clandestinidad” como forma de permanecer ocultos a la vergüenza que supondría para ellos y, en especial, para sus allegados, la constatación del fracaso en la misión emprendida. Los regresados a la fuerza -que, por otra parte, no entienden cómo se les puede devolver a Senegal “sin su consentimiento”- pasan de vivir en condiciones humildes pero dignas en sus ámbitos familiares agrícolas, comerciales e, incluso, profesionales, al campo de acogida canario, para, unas pocas semanas después, terminar viviendo en condiciones lamentables de vuelta en su propio país, una vez que son retornados a una situación que se niegan a admitir pero, sobre todo, a comunicar a quienes piensan que se encuentran camino de conquistar la tierra de promisión.

Esta “clandestinidad” está ahora incluso más justificada porque los ‘pasadores’ ya no se mueven con la impunidad con que lo hacían hasta hace unas muy pocas semanas ni tampoco ya salen los cayucos atiborrados de personas hacia España con la normalidad con que se hace a la mar una barca de pescadores. Los arrojados 'guerreros de la emigración' han pasado de vivir mal en Senegal a vivir peor de vuelta en el mismo Senegal -ahora sin trabajo, sin apoyo de las familias- tras arriesgar la vida en miles de kilómetros de un fracaso que se niegan a admitir, pero, sobre todo, a comunicar. Es el camino a ninguna parte en el que los jóvenes africanos están atrapados, presionados por su irrefrenable deseo de abandonar una tierra en la que ya no creen por mucho que les prometa.



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