Los cristianos iraquíes huyen en masa del país ante el acoso combinado de clérigos chiítas y sunitas que les acusan de colaboradores de los ‘cruzados’
XEs lo que tiene. Que cada cual se molesta por una cosa. A unos, como a Jack Straw, le molesta dialogar con una rendija. A otros les molesta que a Jack Straw le moleste lo que le molesta. A British Airways le molesta que una empleada muestre un pequeño crucifijo pero no que otros trabajadores lleven aparatosos pañuelos o turbantes de significación religiosa. A otros, como a diversos parlamentarios británicos y alemanes, les molesta que a British Airways le moleste su empleada con el crucifijo y han pedido un boicot para la compañía aérea. A los fieles de la secta kurda iraquí de los yezidis les molestan las lechugas o el color azul, que consideran impuros y prohibidos. A los chiítas iraquíes les molestan los sunitas y viceversa, y no sólo se molestan mutuamente sus grupos radicales sino que se masacran con viril vigor. Pero si hay algo que les une por encima de las mutuas molestias es el odio contra los cristianos, a los que consideran cruzados infiltrados que deberían dejar de molestar en el recién autoproclamado estado islámico. En ello están. Los medios internacionales ya están dando la voz de alarma.
Seguimiento:
“Los cristianos de Irak huyen ante una amenaza extremista que empeora”, titulaba ayer el New York Times. La “furia musulmana” sobre el discurso del Papa no se ha apagado en ninguna parte de la Umma pero muchos menos en el caótico Irak ocupado.
Las diarias masacres entre los ‘fieles’ radicales de las dos principales sectas musulmanas, chíitas y sunitas, tapan la otra persecución contra el enemigo común, indiscutible por encima del odio intersectario islámico. Clérigos de ambos lados calientan tanto el ambiente que muchas iglesias de Bagdad han tenido que cerrar ante la avalancha de amenazas.
Sacerdote decapitado
Que la cosa va en serio se sabe desde hace varios días, cuando el sacerdote ortodoxo Amer Iskender fue secuestrado por un grupo que exigió una disculpa de la Iglesia por el discurso del Papa y, de paso, 350.000 dólares (280.000 euros) como rescate. Tres días después aparecía el cuerpo del sacerdote. En realidad, el cuerpo por un lado y la cabeza por otro.
Iskender oficiaba en Mosul, de donde no sólo huyen los cristianos sino también los kurdos, y ciudad, por cierto, también centro de los yezidis, que además de tener proscritos el color azul o las lechugas, tienen prohibido casarse en abril. En principio, los yezidis son pacíficos, a pesar de haber pasado históricamente como adoradores del diablo. Saddam Hussein se empleó a fondo con ellos y, por ello, recibieron a las tropas aliadas como una bendición de sus extraños dioses alados.
No es el caso de los musulmanes. Según se recuerda desde Bagdad, no sólo los cristianos -iraquíes o no- son identificados con modernos cruzados contra el islam sino que, además, tradicionalmente han regido las tiendas de alcohol, un producto que lleva la cólera a las mentes de los radicales islámicos en Irak.
Cerveza biempensante
En realidad, el tema del alcohol excita la furia de radicales y de (aparentes) no radicales, en Irak pero también en España, donde hace unos días, y con motivo de la suspensión de la ópera de Mozart en Alemania, Abdennur Prado, líder de la Junta Islámica de Cataluña, condenaba a quienes se mostraban preocupados por el nivel de amenazas islámicas en Europa describiendo un 'prototipo' de “bienpensante (sic) europeo” que “fantasea sobre el ‘fanatismo oriental’” para “sentirse bien consigo mismo” y “con su barriga inflada de televisión y de cerveza”.
La cerveza iraquí siempre fue excelente, al menos en tiempos de Saddan Hussein, que es la última experiencia del país de este informador, aunque con los tiempos que corren en Irak sea la israelí la que entra en el país para deleite tanto de los soldados americanos como de los nacionales iraquíes.
Huída en masa
Sin embargo, según datos recogidos en la actualidad sobre el terreno, la población cristiana está abandonando sus tiendas de cerveza y de cualquier otra cosa para huir hacia Siria, Jordania o Turquía en un éxodo que las cifras más contenidas establecen en varias decenas de miles de personas pero que otras fuentes hacen elevar hasta más de 100.000.
Los ataques a las iglesias, las amenazas, los secuestros que terminan en asesinato -como el de una adolescente cristiana por la que primero pidieron un rescate pero después fue asesinada- están provocando el abandono de la población cristiana en masa o que miles de personas se planteen hacerlo en el inmediato futuro o en cuanto tengan la más mínima oportunidad.
En realidad, pocas veces ser cristiano salva de la quema en Irak. Pero, a veces, ocurre. Le sucedió al conductor de un vicario anglicano en Bagdad. El chófer fue secuestrado pero pronto liberado cuando sus captores sunitas se enteraron de que era cristiano. "Creíamos que era chiíta", se disculparon. "Debe ser la única que vez que ser cristiano ha ayudado en este país", reconoce el vicario anglicano. Es lo que tiene. Que nunca se sabe qué va a molestar o a agradar en Irak.
