Estados Unidos reinstaura las escuelas públicas separadas por sexos en medio de un rocambolesco cruce de alianzas entre posiciones ideológicas enfrentadas
XLa derecha más conservadora coincidiendo con los sectores más avanzados en la experimentación educativa. Las organizaciones de derechos civiles, tradicionalmente aliadas de los sectores más izquierdistas, en abierto enfrentamiento con los grupos feministas más progresivos. Sectores políticos, sociales e idelógicos no sólo opuestos sino enfrentados se han unido en tácitas alianzas 'contra natura' alrededor de la que ya se considera como la pieza legislativa más crucial de las últimas cuatro décadas en el ámbito educativo de los Estados Unidos. La reforma del Título IX de la ley de 1972 que ayer terminó con la prohibición de segregación por sexos en las escuelas públicas de Estados Unidos ha seguido a un intenso debate que comenzó a principios de los años ochenta, que se recrudeció durante los noventa tras algunas históricas investigaciones psicológicas, sociales y pedagógicas, y que ahora ha concluido con una reforma del sistema educativo a la que sus oponentes comparan nada menos que con una hipotética reinstauración de la segregación racial.
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Al observador poco avisado le parecería, de acuerdo con lo predecible en las etiquetas políticas tradicionales, que la separación por sexos en las aulas ha constituido siempre una de las propuestas propugnadas por la derecha estadounidense más conservadora. No sólo ha sido así sino que así sigue siendo. Sin embargo, en las últimas décadas, a esa posición se le han unido los sectores más progresistas en el ámbito educativo que exigen abrir el rango pedagógico con el fin de permitir una “mayor experimentación” en las aulas.
"In a Different Voice"
Uno de los hitos en la evolución de esta postura vino con la publicación por la teórica Carol Gilligan -investigadora sobre temas de género citada en cualquier estudio sobre la materia que se precie- de un libro que pronto se convirtió en referencia absoluta en el análisis de las diferencias entre los dos sexos en relación con cualquier ámbito humano y, por tanto, también en torno al aprendizaje.
Se trataba de “In a Different Voice”, aparecido en 1982, donde la investigadora venía a concluir que los niños aprenden, interactúan y toman decisiones de forma muy distinta a como lo hacen las niñas. Gilligan, considerada como una de las grandes gurús del feminismo más avanzado e, incluso, radical, llegó a una conclusión que, sin embargo, terminaría por hacer retroceder la legislación pedagógica estadounidense a los tiempos anteriores a la revolución ideológica de los años sesenta.
El libro de Gilligan está repleto de comparaciones entre las distintas pautas de comportamiento entre niños y niñas. Por ejemplo, cuando los chicos tienen una disputa, la resuelven de forma activa, pero cuando la tienen las niñas, dejan de jugar con el fin de mantener la amistad. Además, el sexo masculino está más predispuesto a la ordenación jerárquica de principios mientras el femenino cuida más la conexión con los demás. Gilligan concluía que el fracaso de las mujeres estaba provocado, simplemente, porque no se adaptaban a los roles de los hombres, los dominantes en la sociedad.
Un mismo problema, opuesta solución
Para la investigadora, la escuela tradicional está diseñada en mayor medida según patrones masculinos que femeninos, de forma que se ajusta mejor a la forma de aprendizaje de los niños que a la de las niñas. Este enfoque se vio reforzado con varias investigaciones llevadas a cabo en los años ochenta en las que se establecían cómo las formas más activas y agresivas de comunicación de los niños en comparación con las de las niñas provocaban que los profesores prestaran más atención en clase a los primeros que a las segundas.
Todo estaba dispuesto ya para que, en los años noventa, se replanteara todo el modelo teórico que había llevado a terminar con la segregación por sexos en las escuelas públicas. Inmediatamente se unieron a esta postura los sectores políticos y sociales más conservadores que, por razones ideológicas y morales, seguían considerando que las clases separadas por sexos eran también la forma no sólo más efectiva sino también más ‘adecuada’ de educación.
Alguno de los profesores que llevaron la investigación sobre los distintas formas y ritmos de aprendizajes de niños y niñas afirman que, tanto su estudio como el libro de Gilligan, no preconizan una separación de los sexos en las clases sino, precisamente, una actuación con el fin de terminar con las disfunciones y diferencias que se denuncian en las conclusiones de sus trabajos. En otras palabras: que la conclusión nada tiene que ver con la solución. Sin embargo, investigadores avanzados en la pedagogía se mantuvieron en su insistencia de que merecía la pena experimentar con el modelo de sexos separados y que, muy probablemente, juntar a niños y niñas en el mismo ámbito educativo podría estar llevando a la acentuación de los estereotipos por sexos.
Cosas de chicas, cosas de chicos
Es en este punto donde las organizaciones de colegios femeninos, hasta ahora privados, incidieron para promocionarse. El mensaje ofertado se basaba -y se basa- en la insistencia en que su enseñanza de las matemáticas, de la informática, del liderazgo, o de la ciencia y la tecnología en general están adaptados, precisamente, a las estructuras y procesos mentales de las niñas que, en este sentido, no tienen que competir en una misma clase con los de los chicos. "Enseñar a la niñas a aprender como los chicos no es la solución", se dice desde la Coalición Nacional de Colegios Femeninos.
Es lo que una organización afín, la Asociación Nacional para la Educación Pública por Sexos, resume en la siguiente observación: “Los chicos en las escuelas mixtas te dirán: ‘La poesía es de chicas’. Y las chicas en las escuelas mixtas te dirán que la informática es cosa de chicos”. De esta forma, la separación por sexos de niños y niñas permitiría a los profesores actuar de forma específica sobre los distintos estereotipos, muchos de ellos negativos y reduccionistas para las niñas. Y es aquí donde la tradicional e histórica separación de niños y niñas en las clases -con anterioridad, considerada como retrógrada- volvía a recabar el apoyo incondicional de los sectores feministas más radicales.
La guerra de los estereotipos
Sin embargo, los grupos de derechos civiles, tradicionalmente aliados con las feministas, se mantuvieron por completo opuestos a esta visión. Precisamente por la posibilidad de que la división por sexos permita que se acentúen los estereotipos -en algo, que en el lado contrario, se ve como una oportunidad única de combatirlos- es por lo que las grandes coaliciones de organizaciones de derechos civiles no sólo se oponían a la modificación de la ley sino que la comparaban con la restauración de la segregación escolar por razas.
En todo caso, el gobierno de Bush ha sido muy precavido en el establecimiento de cláusulas que permitan discriminaciones en la calidad de la enseñanza, de forma que si un colegio o una clase opta por la educación segregada por sexos, debe existir una alternativa de igual calidad para quienes opten por la educación integrada. Pero, en todo caso, con la modificación de la ley de 1972 no sólo no se ha acallado la polémica sino que se ha recrudecido una discusión que ha provocado los divorcios más sonados en las parejas ideológicas más estrechas pero también que terminen en la misma cama del activismo unas parejas que jamás se habrían, ni tan siquiera, dirigido la palabra desde la radical oposición de sus ideas.
