NUEVO DIGITAL Internacional - Los gobiernos de París y Londres lanzan un contundente mensaje que confirman con hechos: Los musulmanes que trabajan en los transportes públicos son y serán estrechamente vigilados
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Los gobiernos de París y Londres lanzan un contundente mensaje que confirman con hechos: Los musulmanes que trabajan en los transportes públicos son y serán estrechamente vigilados

Los gobiernos de París y Londres lanzan un contundente mensaje que confirman con hechos: Los musulmanes que trabajan en los transportes públicos son y serán estrechamente vigilados

03.11.06 • 05:01 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Las acusaciones de ‘mccarthysmo’ antimusulmán se extienden por Europa, al ritmo de la inusitada contundencia de los gobiernos británico y francés en el ataque a ‘bolsas islámicas' potencialmente terroristas. Si anteriormente la gruesa acusación se dirigió contra el plan de vigilancia de estudiantes musulmanes en las universidades británicas por el que se animaba al personal de los centros a denunciar cualquier actividad sospechosa potencialmente relacionada con el terrorismo, ahora la misma acusación es lanzada contra el gobierno francés, que ha expulsado de las áreas de seguridad del aeropuerto parisino de Charles de Gaulle a 72 trabajadores musulmanes en los que ve un riesgo potencial más que evidente para la seguridad de vuelos e instalaciones. La drástica medida se une al escándalo surgido en el Reino Unido después de que se descubriera cómo el hijo del clérigo radical Abu Hamza se encontraba trabajando en el metro de Londres, habiendo estado él mismo condenado por terrorismo, y teniendo como padre a uno de los más destacados emisores de odio antioccidental incrustados, precisamente, en el corazón de Occidente.

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Mohammed Kamel Mostafa trabajaba hasta hace unos días en una subcontrata en el mantenimiento del metro de Londres. El habitualmente frío Times se dejaba llevar por la sangre caliente al titular: “Escándalo sobre el empleo del hijo de Abu Hamza en el metro”. Y es que la sorpresa de medios y opinión pública ha derivado en abierta indignación al cuestionar ambos a las autoridades -empezando por el histriónico alcalde de la ciudad, Ken Linvingstone- cómo era posible que Mostafa pudiera estar trabajando en el metro londinense, dado su propio perfil, el de su padre y a poco más de un año de los atentados en los mismos trasportes públicos en que ahora se había descubierto al infiltrado.

El clérigo de los ganchos

Para empezar, Mostafa había sido ya condenado a tres años de cárcel en Yemen por idear una campaña de sabotajes y atentados contra los intereses turísticos del país, incluyendo en los ataques a objetivos estadounidenses y británicos. Pero, además, Mostafa es hijo del egipcio Abu Hamza al-Masri, -cuyo nombre de nacimiento es Mustafa Kamel Mustafa- y de su primera esposa británica -católica- con la que se casó en 1980 y de la que se divorció cuatro años después.

Para quien no sea avezado en el recuerdo de los nombres árabes, Abu Hamza es el tristemente famoso clérigo tuerto de ganchos en el lugar de las manos. Él afirma que perdió las extremidades limpiando minas soviéticas en Afganistán pero otras versiones sostienen que, en realidad, le fueron cortadas en Arabia Saudí al ser sorprendido robando e, incluso, que la mutilación le fue provocada al estallar una bomba que manipulaba. Sus violentísimos alegatos antioccidentales y antijudíos le llevaron hace unos meses por primera vez delante de un tribunal británico, que le condenó a siete años de cárcel por incitación al odio religioso, sentencia que se encuentra apelada.

Un terrorista, de obrero en el metro

El hombre que dijo en ese juicio que los judíos son gente “blasfema, traicionera y sucia” y que ello explicaba “por qué Hitler fue enviado al mundo”, también manifestó su esperanza en que un día “el mundo estará dominado por un califa sentado en la Casa Blanca”, por cierto, en idéntico deseo que el de su colega australiano, Sheik Taj al-Hilali –el clérigo que 'entendió' las violaciones de las mujeres sin cubrir adecuadamente al compararlas con “carne” dejada a los gatos-, y quien, en medio de la tormenta provocada por su sermón de inicio del Ramadán, también manifestó que sólo se iría de su mezquita australiana “después de que hayamos limpiado de la Casa Blanca al mundo”.

Las autoridades británicas investigan ahora si el joven Mostafa llegó a acceder a instalaciones sensibles del metro de Londres y qué cadena de errores llevó a que fuera contratado, eludiendo todos los supuestos filtros de seguridad que el máximo responsable del suburbano de la capital británica considera infalibles, pero que esta vez fracasaron puesto que el personaje fue desenmascarado y denunciado por sus propios compañeros de trabajo.

Mientras, en Francia están tomando la delantera a este tipo de problemas. Los sindicatos ya han anunciado huelgas y las autodenominadas organizaciones de derechos civiles han presentado demandas pero Sarkozy no se inmuta. Setenta y dos trabajadores árabes y musulmanes del parisino Charles de Gaulle vieron revocados sus permisos de acceso a aviones y zonas sensibles del aeropuerto bajo la acusación de que sus historiales personales les hacían sospechosos de simpatías islámicas radicales.

Mozos de equipaje entrenados en Afganistán

La inteligencia francesa acusó a varios de estos mozos de equipaje y limpiadores de aviones de haber recibido entrenamiento terrorista en campos de Pakistán y Afganistán aunque, según las autoridades francesas, la repetición de viajes a esos países ya se considera condición suficiente para la revocación de permisos de acceso. Uno de ellos incluso era amigo de Richard Reid, el conocido como 'el terrorista del zapato'. De otro se descubrió que había sido un destacado integrante de un grupo terrorista argelino conectado con Al Qaeda. Y todos así.

Sarkozy afirma que la medida nada tiene que ver con la “cara” (magrebí) de los detectados sino con su potencial peligrosidad, desmentida por algunos de ellos mismos en foros e informaciones marroquíes, donde se defienden afirmando cómo sólo son musulmanes no excesivamente religiosos y cuyo único delito para hacerles sospechosos habría sido su peregrinación a La Meca. No lo piensa así ni la policía francesa, ni Sarkozy ni tampoco el otro gran ganador de la crisis: el presidente del Movimiento por Francia, Philippe de Villiers.

El atestado espacio francés de la 'mano dura'

El hombre que disputará a Sarkozy la explotación electoral de la mano dura contra la comunidad musulmana francesa hostil a los valores republicanos -en dura pugna con el propio Le Pen- ya advirtió en su último libro cómo el aeropuerto parisino estaba infectado por mozos de equipajes que profesaban un radicalismo musulmán que les convertía en especialmente peligrosos. Sus acusaciones fueron desmentidas entonces por las mismas autoridades que ahora se han visto obligadas a actuar con contundencia contra esos aparentemente inocentes mozos de equipaje o limpiadores de avión que recibieron 'entrenamiento' para su trabajo en los campos de Pakistán o Afganistán.

En todo caso, Villiers ha cobrado por esta denuncia un inusitado protagonismo incluso en la prensa internacional no francesa, que ya toma en serio a quien se ve como serio competidor en el atestado espacio político de la mano dura contra la refractaria e inintegrable comunidad musulmana, ese mismo espacio que va de Le Pen a Sarkozy pasando por el propio Villiers, con una inesperada competidora en ‘Mademoiselle Thatcher’ y con claros signos de compartir mucho más de lo que reconoce la socialista Ségoléne Royal, al otro lado -no tan distante en estos temas- de la misma calle.



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