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Crecen las filtraciones sobre la posibilidad de un ataque nuclear contra las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio

Crecen las filtraciones sobre la posibilidad de un ataque nuclear contra las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio

08.01.07 • 05:12 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Salvo que los acontecimientos se precipiten, ni es la primera vez ni será la última que se hable de la posibilidad de un ataque nuclear contra el régimen de un cada vez más populista Mahmoud Ahmadineyad que intenta representar la imagen del Irán de siempre dispuesto al martirio y donde, sin embargo, los reformistas cada vez plantean más abiertos desafíos al poder. Es difícil saber si el goteo de filtraciones sobre la preparación de un golpe nuclear contra las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio responde a nuevos avisos entre aliados para conseguir mayores implicaciones, a incrementos de la presión sobre la comunidad internacional para enfriar -o calentar- molestas tibiezas, a situar más pesadas y afiladas espadas sobre los turbantes de los clérigos iraníes o, sencillamente, a la preparación de una opinión pública mundial a la que se advierte de que la decisión ya está tomada.

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En todo caso, la respuesta occidental está consiguiendo abrir aun más las cada vez más obvias divisiones en un régimen en el que los reformistas cuestionan ya abiertamente la gestión de la crisis llevada a cabo por el presidente. Además, la inquietud frente a un Irán nuclear hace cada vez más mella en un Medio y Próximo Oriente donde los hermanos musulmanes en la fe no sólo desconfían también del presidente iraní por la posibilidad de que un día obtenga el botón sino por su creciente injerencia en la zona, de Irak a Palestina pasando por el Líbano, como la alta diplomacia británica se encarga de propagar para mantener vivo el fuego de la desconfianza.

Arabia Saudí advierte a Irán

Aprovechando la coyuntura internacional, Ahmadineyad continúa insistiendo en su estrategia de unir a musulmanes y árabes alrededor de su desafío nuclear con la habitual retórica antioccidental y con las acostumbradas amenazas de represalia en caso de un ataque a su territorio. Pero lo del enemigo impío común al servicio del sionismo cuela cada vez menos. Por ejemplo, Arabia Saudí se unió a Francia el sábado pasado a la hora de exigir a Irán que acepte las demandas internacionales de detención inmediata de su redoblado programa de enriquecimiento de uranio.

Era un llamamiento conjunto que realizaron en Riad el propio ministro de asuntos exteriores saudí pero también su colega francés, el hombre que llegó de un país cuyo presidente fue el primero en advertir de forma clara y explícita hace casi justamente un año sobre la posibilidad de un ataque nuclear contra Irán, y eso, en un momento en que Teherán tan sólo acababa de desprecintar sus instalaciones atómicas.

Francia, Israel y Estados Unidos amagan con la bomba

Aunque Israel se apresuró en horas a desmentir la información sobre los supuestos planes de un ataque nuclear contra Irán desvelados ayer por el Sunday Times (resumen en español), cada vez aparece más creíble el goteo de datos que insisten en que Washington y Tel Aviv sólo ven esa salida al desafío de un país cuyo presidente prometió borrar a Israel de la faz de la Tierra.

Chirac lo dijo de forma pública y clara hace un año pero, poco después, un reportaje de investigación del New Yorker realizado por Seymour Hersh -premio Pulitzer y el hombre que desveló las torturas en la prisión iraquí de Abu Gharaib o cómo Cheney y Rumsfeld eludieron los informes de la CIA sobre inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak- añadía más datos en torno a cómo iba a ser técnicamente un ataque nuclear que debe ‘borrar del mapa’ subterráneo las instalaciones iraníes de Natanz.

Según esas informaciones, los generales estadounidenses estarían pensando en la utilización de la B61-11, una bomba atómica capaz de penetrar en el subsuelo. Los israelíes estarían contemplando más bien dos oleadas de ataques: primero, se prepararía el terreno con bombas convencionales guiadas por láser que abrirían túneles por los que, en segundo lugar, penetrarían los misiles nucleares. Esta estrategia pretendería evitar la emisión de la mayor cantidad de radiación posible a la atmósfera mientras que, además, incrementaría la eficacia de unas explosiones quince veces menos potentes que las detonadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los reformistas se unen a la ofensiva

A pesar de los desmentidos israelíes, lo que la comunidad internacional parece tener muy claro es que, de una forma u otra, Israel no va a tolerar un Irán con capacidad de creación de armamento nuclear. Y, en este sentido, se está quitando la careta sobre la existencia de su propio arsenal atómico, por otra parte, nunca admitido de forma abierta.

Mientras, en Irán, el nerviosismo interno ya ha superado la tibieza parlamentaria o las confesiones del ‘off the record’ a periodistas occidentales. Un portavoz de los reformistas iraníes próximos al anterior presidente Jatamí -el del Diálogo de las Civilizaciones tan a menudo erróneamente equiparado al proyecto de Alianza de Civilizaciones por quienes no conocen el ‘truco’ de la propuesta iraní ni sus conceptos de enfrentamiento abierto con la civilización occidental- manifestaba el sábado: “La única forma de superar la crisis (con la comunidad internacional y manifestada en las sanciones contra Irán) es hacer posible la confianza. Sin embargo, albergar una conferencia sobre el Holocauso y financiar al gobierno de Hamas crea desconfianza y tensión”.

La cúpula del poder toma las decisiones

En cuestión de horas después de que los parlamentarios reformistas hubieran comenzado a propalar la posibilidad de una moción de censura contra el ministro de asuntos exteriores, Mohammad-Ali Hosseini, los portavoces del departamento se apresuraban no sólo a recordar que era el propio ministro quien había conseguido la revisión de la resolución de las Naciones Unidas contra Irán sino a advertir, en claro toque de atención, de que “las decisiones de las políticas nucleares del país se realizan de forma colectiva por un grupo de autoridades de alto rango apoyados por organizaciones relevantes”, como recogía la agencia oficial iraní.

No importa que, en caso de plantearse, una moción de censura contra el ministro de exteriores tuviera pocas posibilidades de éxito, dada la aritmética parlamentaria iraní. Sin embargo, una acción de ese tipo iría dirigida al corazón político del presidente y a la quiebra de la confianza de los ayatolas de la línea dura, encabezados por el Líder Supremo de la Revolución, Seyed Ali Jamenei, en su virulento peón Ahmadeniyad.

Además, intentaría reforzar la propia alternativa de una facción que perdió influencia después de las últimas elecciones, tras dos legislaturas seguidas en el poder y para cuyo renacimiento se estaría aprovechando la crisis nuclear mediante una reforzada ofensiva por la que se insiste a la opinión pública interna y externa en que “Jatami habría hecho las cosas de forma muy diferente”.



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