NUEVO DIGITAL Internacional - "Bandas" infiltradas en el estado y ríos de "dinero verde" se disputan el poder en las varias 'turquías' clandestinas
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"Bandas" infiltradas en el estado y ríos de "dinero verde" se disputan el poder en las varias 'turquías' clandestinas

"Bandas" infiltradas en el estado y ríos de "dinero verde" se disputan el poder en las varias 'turquías' clandestinas

05.02.07 • 06:11 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

¿Controla Erdogan el estado en todos sus niveles? ¿O es él mismo quien está llevando una agenda islámica oculta como uno más de los paraestados internos que luchan por el dominio de una Turquía que, sobre las alfombras y frente a las cámaras de televisión, se pretende europea? ¿Es hoy la herencia de Atartürk algo más que un caótico y explosivo cóctel de bandas nacionalistas e islamistas? El término “bandas” lo utilizaba el propio primer ministro turco en relación al muy sospechado “estado dentro del estado” que habría actuado en el asesinato del periodista armenio Hrant Dink. La amenaza es tan grave y tan creíble que, por el momento, el escritor Orham Pamuk no sólo decidió cancelar su gira por las semiturcas Alemania y Bélgica sino que ha optado por instalarse en Estados Unidos, en principio lejos de los brazos ejecutores de ese supuesto “estado en oculto” sobre el que hasta las agencias internacionales se preguntan si no es más que el cómplice necesario de las fuerzas clandestinas que ya estarían operando a cara de perro desde la sombra.

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El propio Zaman, diario islamista muy próximo al oficialismo de Erdogan, reconoce el estado de shock en el que se encuentra Turquía no sólo tras el asesinato de Dink sino después de que se difundieran imágenes de televisión en las que el asesino era mostrado por varios policías como un héroe. Ogün Samast, de diecisiete años, y autor confeso del crimen, sostiene una bandera turca mientras es flanqueado por dos policías, todos tras otra enseña nacional en la que se lee una de las citas más conocidas del fundador de la moderna Turquía: “La tierra de la nación es sagrada. No puede ser abandonada a su destino”. Desde el ejecutivo de Erdogan se anuncia ahora una investigación sobre quién grabó el vídeo, quién lo difundió y por qué ambas cosas.

"Bandas dentro del estado"

Sin embargo, “estado profundo” o “bandas” paraestatales ocultas en la oficialidad aparentemente democrática de la Turquía moderna ya no son términos y conceptos utilizados por “enemigos de Turquía” o por paranoicos aficionados a las teorías conspirativas, como la oficialidad turca venía empeñándose hasta ahora en calificar a quienes levantaban cada vez más graves voces de alerta sobre un estado corrompido por el islamismo y por el ultranacionalismo. El propio Erdogan anunciaba la semana pasada con cierta agresividad verbal cómo no iba a “tolerar la formación de bandas en violación de la supremacía de la ley”. Sin embargo, muchos temen ya una subterránea y descarnada guerra civil de sabotajes en la que el “estado profundo” ultranacionalista estaría dando claros y contundentes mensajes de que tampoco va a dejar a la libertad de expresión roer las grandes verdades -o mentiras- de la pugna entre el oficialismo histórico fundancional y la realidad turca de hoy.

Y no sólo bate el oleaje sobre la integridad territorial del país sino también su definición laica, y sobre esta última Erdogan tiene cada vez más sospechas pisándole los talones, con unos contactos en el islamismo radical en el entorno financiero de Al Qaeda nada recomendables para un presidente del gobierno que intenta seguir caminando con cierto decoro sobre las alfombras europeas. Por ejemplo, desde Estados Unidos son cada vez más virulentos los toques de atención hacia Erdogan respecto a sus supuestas conexiones con el saudí Yasin el-Kadi, incluido por las Naciones Unidas como uno de los principales financieros del terrorismo islamista internacional pero por el que el primer ministro turco puso espectacularmente las manos en el fuego al declarar “Conozco a Yasin, y creo en él como creo en mí mismo”.

Ríos de "dinero verde"

Y todo ello por no hablar de las poderosas corrientes de dinero subterráneo que en cualquier otro país sería calificadas de ‘dinero negro’ pero que aquí cambia de color para pasar a ser “verde”, el color del dinero islámico oculto que no sólo estaría manteniendo negocios más o menos lícitos con el fin de presionar hacia una islamización del país cada vez más evidente sino que estaría sirviendo para financiar al partido de Erdogan, del que no se sabe si vira hacia el islamismo por presión del dinero verde o lo recibe precisamente como pago a los servicios prestados. En todo caso, Erdogan ha puesto a islamistas en los puestos clave de la economía y la banca del país, incluyendo entre ellos a algún antiguo imán en un campo de milicianos antiizquierdistas en fecha tan reciente como marzo de 2006, nombrado miembro del consejo de administración de instituciones básicas en el sistema financiero del país.

En estas está Turquía: un presidente del gobierno que, en su época de alcalde de Estambul, se declaraba sumiso a la sharia, y un estado dentro del estado que estaría dispuesto a mantener el legado laico de Atatürk y la integridad territorial de Turquía, aunque sea a tiro limpio y a sabotaje sucio, y advirtiendo de paso sobre lo muy molestos que estarían ya en el ejército con la riada de cesiones y concesiones que Bruselas exige, además, sin un fin demasiado claro habida cuenta de las poderosas presiones antiturcas dentro de la Unión. En este contexto, si Orhan Pamuk se convertía en símbolo de la resistencia occidentalizada de las élites intelectuales y económicas turcas, ahora se transforma en símbolo del exilio voluntario, una vez que se ha reconocido incapaz de vivir rodeado de guardaespaldas en una Turquía que ve fuera de control, mucho menos preferible, a pesar de su adorado Estambul literario, a la tranquilidad del campus de la Universidad de Columbia.

El contagio a Europa

Sin embargo, los tentáculos de la clandestinidad paraestatal turca son tan largos que ya no sólo alcanzan al propio territorio del país sino que se han introducido a través de la emigración en una Europa Occidental en donde no sólo el escritor no se siente seguro sino tampoco los propios gobernantes europeos que ven con cada vez mayor inquietud cómo los graves problemas turcos se han contagiado ya a la Unión, y en su territorio comienzan a jugarse de forma cada vez más descarnada, como ha demostrado el significativo pulso entre greco y turcochipriotas a punto del enfrentamiento físico en los campos de fútbol británicos por unas banderas de nada, en un conflicto que, al final, condujo a la prohibición de todas ellas, inglesa y británica incluidas, siendo los europeos -una vez más- los perdedores de guerras ajenas.



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