Oleada de crímenes entre adolescentes: El gobierno británico, bajo presión para que equipare las penas de cárcel por llevar armas blancas a las impuestas por las de fuego
XAdam Regis tenía quince años. Fue asesinado a puñaladas por otros jóvenes cuando regresaba del cine en la noche del sábado. Sobrino del medallista olímpico británico de velocidad, John Regis, el chico no tenía antecedentes criminales ni la policía le tenía fichado por pertenecer a cualquiera de las bandas que le terminaron matando. Es la última víctima de la “cultura del cuchillo” que se está cebando entre los adolescentes británicos, muy especialmente, entre los negros como Adam y sus dos asesinos. La columnista del Guardian, Jackie Ashley, en un desolado artículo, afirma que el problema se puede atacar desde un punto de vista “progresista” para luchar tanto contra la sensación de que se trata “sólo” de “negros que matan a otros negros” como contra el mensaje implícito de que son “un grupo grande de personas inferiores a los humanos”. Pero también, desde la particular división de ‘intereses’ ideológica fomentada desde el diario laborista, los “conservadores” pueden argüir que el crimen ya no sólo alcanza a las bandas sino al conjunto de la sociedad en medio de una creciente ‘gansterización’ de niños y adolescentes.
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Adam ha sido el segundo adolescente apuñalado hasta la muerte en tres días. Pero antes, desde principios de febrero, ya se habían producido otros varios casos de peleas, atracos o, incluso, asaltos de casas que terminaron con la muerte violenta de cinco chicos, todos entre 15 y 16 años, y todos negros, excepto en el caso de uno blanco que intentó mediar en el atraco a una mujer. No se trata de un súbito sarpullido. A finales de mayo pasado, el mismo Times de Londres que ayer informaba sobre cómo dos jóvenes negros fueron vistos huyendo tras apuñalar mortalmente a Adam titulaba en torno a “la epidemia de ataques con cuchillos” que ya estaba sufriendo el Reino Unido.
La lista de ‘bajas’ estaba entonces, como ahora, plagada de apellidos y nombres inmigrantes en los dos lados de la muerte, tanto en el de que la convoca como en el de que la recibe. Unos son los asesinos de los “autoproclamados ‘soldados’” de las “luchas por el control de territorios y las confrontaciones sobre es estatus”, donde, como escribe Ashley, se obtiene el “pavoneo del macho a través del robo y el tráfico de drogas”. Pero también, entre los muertos, están chicos que a sus quince o dieciséis años son atletas y futbolistas prometedores o estudiantes brillantes que, probablemente, sólo pensarían en abandonar un ambiente de presión en el que se encontraban extraños y que les terminó venciendo.
Salir con el "traje antipuñaladas"
Por cierto, poco que ver todo esto con ‘guettos’ o suburbios de arrabal. O no en exclusiva. Adam Regis fue asesinado en un barrio elegante y los periódicos están llenos de crónicas sobre cómo la sangre tiñe las aceras frente a casas de gente acomodada, si no “famosa”. La columnista del Guardian, en la imparable tendencia británica a abandonar el multiculturalismo y la corrección política que ha encerrado al país en un polvorín de odios religiosos y raciales asentado sobre un crecientemente desbocado clima de violencia, deja claro que “cuanto menos se combata a las bandas, más peligrosas se van a convertir las calles para todos”. Sin embargo, donde ella incide en la necesidad de invertir “una enorme cantidad de dinero en la educación de las zonas más deprimidas de las ciudades”, otros exigen diferentes prioridades para distintos planteamientos.
Por ejemplo, el líder de los liberales demócratas, Sir Menzies Campbell, reclamaba que las condenas por portar armas blancas se equiparen a las impuestas por las armas de fuego, es decir, cinco años. De hecho, los propios laboristas ya han presentado leyes para incrementar la sentencia máxima por portar armas blancas en lugares públicos desde los dos a los cuatro años de prisión. Sin embargo, todos las zonas políticas del Reino Unido presionan para que se agraven cada vez más las condenas en una carrera donde no sólo nadie sabe dónde se encuentra la meta sino siquiera si se llegará a algún término que no sea el de cada vez más chicos desangrándose en la calle o adultos que en los foros de los diarios aseguren no entender por qué no prepara la gente ya de forma rutinaria su vestuario antipuñaladas para salir a la calle de la misma forma que el motorista toma su casco antes de coger su máquina.
