NUEVO DIGITAL Internacional - El debate inmigratorio se encona en Estados Unidos ante los hechos consumados de la inmigración masiva y los disturbios de Los Ángeles
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El debate inmigratorio se encona en Estados Unidos ante los hechos consumados de la inmigración masiva y los disturbios de Los Ángeles

El debate inmigratorio se encona en Estados Unidos ante los hechos consumados de la inmigración masiva y los disturbios de Los Ángeles

07.05.07 • 03:50 GMT • Javier Monjas - Madrid Email
  • La enormidad de las cifras: Cada arresto de un inmigrante irregular con orden de expulsión cuesta 10.000 dólares, y ya hay 650.000 en busca y captura entre más de doce millones de 'sin papeles'

A los estadounidenses les sigue preocupando más la avalancha inmigratoria que el estéril holocausto iraquí. Como en el país ocupado, todo va a peor y cada vez son más improbables las salidas mientras se abren nuevos e inquietantes ángulos de enfrentamiento. En Washington, demócratas y republicanos continúan de conspiración en conspiración en un pulso que, en las calles, llegó a las manos el pasado 1 de mayo en las renovadas y masivas marchas de emigrantes de hace un año. En Los Ángeles, la convocatoria terminó con masivos disturbios tras unas cargas policiales desconocidas desde el caos abatido sobre la ciudad en 1992 en el caso Rodney King. Las manifestaciones se convocaron bajo la advocación del May Day, en un juego de palabras que designa la festividad del Primero de Mayo pero también la tétrica llamada de auxilio en inglés del ‘mayday’. Antes de comenzar las revueltas, periodistas que cubrían la marcha convocada en el mítico MacArthur Park escucharon a los policías antidisturbios decirse entre risotadas: “Double time, it’s tussle time”, algo así como “Día de paga doble, día de sacudir”. Y dicho y hecho.

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Aún nadie sabe por qué degeneró una marcha, en principio pacífica, en un caótico muestrario de escaramuzas callejeras en las que se dispararon 240 pelotas de goma mientras manifestantes y algún periodista probaban en sus respectivos costillares la sólida manufactura de las porras de 600 policías, incluyendo las del centenar de temibles antidisturbios presentes en el evento. Los altercados ofrecieron magníficas y coloridas carreras que las televisiones por cable se encargaron de repetir una y otra vez entre airadas protestas de activistas. El escandaloso revuelo político y mediático provocó la inmediata suspensión de la visita que el alcalde de la ciudad acababa de emprender a El Salvador y México. Si en la inquietante canción de Richard Harris, “MacArthur’s Park is melting in the dark” (la incorrección del posesivo inglés en la interpretación de Harris es tan mítica como la canción en sí misma), en la marcha convocada en el famoso parque urbano de Los Ángeles lo que se estaba disolviendo a plena luz del día era el último intento de reconducir de forma ordenada un debate que se envenena por días en medio de las batidas del tempestuoso océano inmigratorio rompiendo inclementes contra Estados Unidos.

Palos bajo el síndrome Rodney King

Periodistas presentes en la marcha reconocen que el ambiente entre policías y manifestantes no sólo estaba tranquilo al comienzo del día sino que había cordialidad previa, con los agentes bromeando con los integrantes de la marcha. Pero después un reducido grupo de entre los participantes en la protesta comenzó a arrojar botellas a la policía. Y si en la canción de Richard Harris, lo que el baladista toma entre sus manos es su vida para usarla, lo que tomaron las fuerzas policiales concentradas en el parque fueron sus porras, también para utilizarlas como no se había visto en la ciudad desde hacía quince años. Y es que quince años justos hacía que se habían producido los gravísimos disturbios que siguieron a la absolución de los policías que aporrearon a Rodney King, el delincuente taxista negro que fue detenido tras una aparatosa persecución policial con una contundencia que las organizaciones activistas afroamericanas convirtieron de forma inmediata en una ataque racial.

Si el origen del problema se hizo famoso por la grabación en vídeo de la violenta detención de King, no menos lo fueron las imágenes aéreas del cruce de Florence y Normandie, donde las hordas del saqueo mataron a golpes a un camionero que pasaba por allí en medio de una ciudad sometida al pillaje más descontrolado por parte de quienes protestaban la supuesta discriminación racial arramplando con el último modelo de televisor de la tienda de la esquina. Por aquel entonces, la policía aprendió dos lecciones: que debía trabajar con las organizaciones sociales para que los temas no se le fueran de las manos y que, una vez que se habían ido de las manos, debía actuar con rapidez y contundencia. Todos coinciden en que la policía llevaba semanas trabajando con los convocantes de la manifestación pero todos coinciden también en que su respuesta, quizás bajo el síndrome de su ineficacia en los disturbios del 92, fue desmedida. Incluyendo al propio alcalde de la ciudad, Antonio Villaraigosa, que tras regresar precipitadamente de su viaje por los descontrolados caladeros inmigratorios de El Salvador y México, condenó de forma contundentes cómo su propia policía había controlado el problema. Por el momento, ya se han abierto cuatro investigaciones, incluyendo una del FBI.

636.000 con órdenes de expulsión, uno por uno

Mientras tanto, lejos del fragor de las marchas ciudadanas y de las escaramuzas callejeras, en Washington las porras políticas se mantenían y se mantienen tan levantadas como las de goma entre las plazoletas de MacArthur Park. Mientras los demócratas amenazan con escribir su propio proyecto de ley inmigratorio en otro ejemplo de la descarnada agresividad de la nueva mayoría en el Congreso, las puertas se van cerrando a las posibles soluciones de compromiso, incluyendo a las entreabiertas dentro de las propias filas republicanas, que habrían apoyado a un Bush atrapado entre la espada de los demócratas y la pared de su propio partido, unos por blandos y los otros por duros. En este último caso, el ala más dura del republicanismo podría comenzar a transigir con las amplias amnistías previstas por Bush en forma de autorizaciones temporales de trabajo para los ilegales siempre que se metiera mano dura en los miles y miles de emigrantes irregulares fugitivos de la justicia que campan a sus anchas por el país ignorando órdenes de expulsión, en ocasiones derivadas de actos delictivos especialmente graves.

Los denominados “fugitive alliens” o “allien absconders” habrían doblado su número desde 2001 hasta representar en estos momentos una no desdeñable población de 636.000 sujetos, suficiente para fundar una gran ciudad por sí mismos. Bajo mandato federal, las autoridades se están empleando a fondo y, con redadas sorpresa, tienen previsto capturar y deportar a 16.000 este año, en comparación con los 1.560 de 2003. Sin embargo, la desproporcionada enormidad de la tarea que queda por delante ya desalienta hasta los más entusiastas partidarios de hacer cumplir la ley. Simplemente, la inmigración ilegal ha alcanzado una proporción tan masiva que, incluso, controlar al 5 por ciento más peligroso es prácticamente imposible. Y eso en un país donde se expiden órdenes de expulsión sin mayores problemas, no como en España, donde se produce el efecto contrario. Y sin contar, además, con que cada captura de cada uno de estos indeseables en Estados Unidos cuesta unos 10.000 dólares por cabeza. Por no hablar del gravísimo riesgo para la seguridad del país de no menos de 5.000 de estos de estos “absconders” que ya en 2001, tras el 11 de septiembre, provenían de países con fuerte implantación de Al Qaeda.

“Si no podemos expulsar a 600.000, cómo vamos a expulsar a 12 millones”, se preguntan en Estados Unidos. Los hechos consumados ya se han consumado por completo y ahora llega el momento de lidiar con una situación que, en su potencial explosivo, recuerda cada vez más a los primeros temblores de lo que parece un terremoto social de alcance imprevisible, probablemente el de las negras profecías del Big One que la californiana falla de San Antonio ya advirtió sobre las carreras de un MacArtur Park “melting in the dark”.



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