Los musulmanes que planeaban una masacre en Fort Dix habían sido acogidos como refugiados por la misma base militar que intentaron ahora "bañar en sangre"
X- Inmediatamente tras conocerse la detención del comando, el Consejo de Relaciones Islamo-Americanas alertaba sobre "el renovado temor" entre la población musulmana estadounidense por las posibles "represalias" contra ella
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Fueron acogidos como refugiados o tolerados como inmigrantes ilegales que, en poco tiempo, consiguieron la residencia y, junto con ella, crear prósperos negocios con los que generar, albergar y mantener a extensas familias de hasta doscientos miembros con parentesco directo. Sin embargo, para los tres albano-kosovares, el palestino jordano y el turco detenidos esta semana cuando se encontraban a punto de asaltar el centro militar de Fort Dix, en Nueva Jersey, todo eso no fue suficiente. Se delataron a sí mismos cuando pidieron en un cadena de papelerías una copia en dvd de un vídeo en el que se les veía disparar armas automáticas entre gritos histéricos de “Alá es grande”. Fueron torpes y chapuceros pero lo tenían todo preparado para una masacre en el centro militar que había acogido ocho años antes a sus familias entre discursos de hermandad y solidaridad de unos mandos militares que habían contratado a clérigos musulmanes, a psicólogos y hasta a cocineros que preparan las comidas a que estaban acostumbrados los recién llegados. No fue suficiente. Ni tampoco el que la OTAN -con liderazgo estadounidense (y activa participación española)- hubiera machacado desde mar y aire a los enemigos serbios en su propia tierra. Los cachorros de los acogidos escucharon la llamada de Alá para el martirio. Aunque no antes del oportuno baño de sangre. Ajena, por supuesto. Infiel, faltaría más.
Seguimiento:
Las crónicas recuerdan ahora las cálidas palabras del General Zais recibiendo a los acogidos desde la pobre tierra albano-kosovar no sólo a Fort Dix sino a los propios Estados Unidos. “Queremos dar la bienvenida a estar personas a América de la misma forma que hubiéramos querido que nuestros abuelos y nuestros bisabuelos hubieran sido recibidos en Ellis Island”, decía en 1999 el mando de la misma base que tres de aquellos niños intentarían cubrir de sangre ocho años después. Mientras algunos comentaristas políticos generalmente recriminados como “pertenecientes a la derecha” malamente resuellan enfurecidos por la sorprendente “Gratitud Balcánica y Musulmana” y por cómo “los yihadistas han explotado nuestra hospitalidad... de nuevo”, medios como el New York Times, autoconscientes de su progresismo y de su papel en la justicia social, ilustran sus informaciones con llorosas y dulces jóvenes de la familia de los soldados de Alá y con afligidos testimonios del clan de los frustrados asesinos que inducen a pensar en que las auténticas víctimas son ellos.
"Los musulmanes, atemorizados por las posibles represalias"
De hecho, los abogados de los jóvenes -musulmanes también ellos mismos- ya han comenzado a abroncar a autoridades y medios de comunicación por referirse a los ‘soldados de Alá’ de una forma, en su opinión, poco oportuna. “Si estas personas han hecho algo, deben ser castigadas con la mayor dureza que permita la ley. Pero cuando las autoridades se refieren a ‘militantes islámicos’, está enviando un mensaje al público de que islam y militancia son sinónimos”. En el mismo sentido, no habían pasado ni horas cuando ya el Consejo de Relaciones Islamo-Americanas denunciaba, con la colaboración de las habituales agencias de prensa, cómo “los musulmanes de Nueva Jersey temen represalias derivadas del complot contra Fort Dix”. La maquinaria de la victimización, en este, como en todos y cada uno de los casos anteriores -incluidos los que concluyeron con los previstos y buscados baños de sangre- sigue funcionando como un reloj bien engrasado por los medios de comunicación occidentales.
Los jóvenes ‘no militantes musulmanes’ pudieron haberse conocido hacia 1999. Lo cierto es que habían comenzado desde hace tiempo su entrenamiento particular para el gran ‘escarmiento’ que pensaban dar a los residentes -civiles y militares- de la base. No tenían ningún contacto con Al Qaeda pero pudieron hacerse con armas y utilizarlas para el entrenamiento mientras se reían a carcajadas imaginándose con delectación cuántos vehículos de For Dix iban a volar en su acción de comando. En este sentido, es de destacar el permanente surgimiento de células yihadistas surgidas en la tierra occidental que acogió a sus integrantes o, incluso, donde ellos mismos ya nacieron. Nada de terroristas árabes llegados de lejanos desiertos. El enemigo está en casa y, probablemente, ya ha nacido en ella, dicen una y otra vez los servicios de información occidentales. En algunas ocasiones, con las policías ya sobre alerta, los complots fracasan por la falta de ‘profesionalidad’ de estos islamistas aficionados al terror. Sin embargo, los analistas internacionales recuerdan una y otra vez lo que sucede cuando, como en Madrid o en Londres, las autoridades son “cogidas con la guardia baja”.
Mickey Mouse y un Corán para la Play
El Consejo de Relaciones Islamo-Americanas acompaña sus temblorosos augurios de represalias sobre la comunidad islámica estadounidense -denuncias que, una vez tras otra, siempre se repiten cuanto mayores y más frecuentes son los intentos de asesinatos y atentados masivos- con datos sobre cómo sus activistas recogieron “setenta incidentes de discriminación o marginación contra los musulmanes en Nueva Jersey en 2005”. El descubrimiento de los planes de la célula yihadista doméstica descubierta coincidía con la sentencia de un juez de Nueva York ordenando a las autoridades correccionales del estado que permita a uno de sus guardas llevar en horario laboral el kufi, el gorrito de significación religiosa para millones de musulmanes en todo el mundo. De hecho, había sido el propio Departamento de Justicia, a través de su división de Derechos Civiles, quien se había puesto de lado del ofendido guardián, quien creía haber visto conculcados sus derechos religiosos por la orden de sus superiores de que no trabajara con el gorrito puesto que no estaba incluido en el uniforme reglamentario, en una política seguida con todos los enfoques religiosos y sociales de los trabajadores de los centros penitenciarios.
A partir de ahora, las cárceles del estado están obligadas a “acomodar las creencias religiosas de los funcionarios correccionales”, conflictos que sólo se han producido con musulmanes más o menos ortodoxos, dado que los sijs también han exigido -y conseguido- que, por ejemplo, puedan aparecer en las fotografías de las licencias para la marina mercante con sus turbantes preceptivos, a pesar de que las autoridades de los guardacostas estadounidenses habían reclamado que, al menos en las identificaciones oficiales, el acreditado llevara la cabeza descubierta. En la Palestina de Hamás, un Mickey Mouse de versión local ha clamado por el dominio musulmán sobre el mundo en un programa de niños, con un ministerio de asuntos exteriores de Israel que aprovecha el caso para insistir en el tipo de gente que tiene como vecinos y los valores educativos que inculca a sus niños -nada nuevo, por otra parte. En Malasia, y, por extensión, en todo el mundo musulmán, las agencias remiten la abierta satisfacción derivada de que, por primera vez, se haya desarrollado una versión del Corán destinada específicamente para la Play Station.
