- Con incrementos diarios del 100 por ciento en la inflación, un solo ladrillo cuesta lo mismo que una mansión de lujo hace diez años, y dos latas de alubias y una cerveza, lo que tres meses de cuota en el 'club de caballeros' más elegante de la capital con estándares londinenses
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Compartiendo entonces similares niveles de prosperidad -y de desigualdad- con sus vecinos del sur, la Rhodesia de Ian Smith ha seguido un camino muy distinto al de sus vecinos sudafricanos. Mientras Mandela conseguía una transición pacífica en la lenta demolición del apartheid -aunque con graves tensiones soterradas con la población blanca, que ahora se siente discriminada y perseguida mientras busca sus propios himnos reivindicativos-, en Harare, Robert Mugabe sólo sustituyó el racismo blanco por el negro, vitriólicamente denunciado por los obispos católicos del país -también negros- y con incursiones en la limpieza étnica y el genocidio intertribal. Sin embargo, el desplome de la una vez próspera colonia británica comenzó con la confiscación de las plantaciones de tabaco gestionadas por empresarios blancos y que terminaron en manos de inexpertos agricultores negros y de sus corruptos nuevos propietarios. Ahora, el propio ministro de agricultura –que también se hizo con su propia plantación expropiada- reconocía que paga a sus trabajadores el equivalente a 30 euros de salario mensual. En el Zimbabwe de Mugabe, ese es también el precio de un solo ejemplar de periódico y ello a pesar de que el pasado mes de abril, el gobierno devaluaba la moneda local en un 95 por ciento.
Seguimiento:
A pesar de la situación de práctica emergencia humanitaria, el gobierno de Zimbabwe acaba de exigir que la ayuda alimentaria internacional no sea repartida por las ONG operativas en la zona sino por los organismos públicos del país. El argumento de los dirigentes para tal medida es que las organizaciones internacionales hacen proselitismo a favor de la oposición y que, de hecho, favorecen a las comunidades que más simpatías muestran por los opositores. De capricho en capricho de Mugabe, el una vez próspero país hace ya mucho que ha entrado en caída libre.
La denominada “redistribución agraria” de 2001 -salpicada de la violencia de los ‘militantes’ (poco más que bandas de asaltantes) contra los propietarios, y de las estrafalarias corruptelas a gran escala de los políticos- provocó la casi inmediata ruina de la principal fuente de divisas para el país. Con la confiscación de las plantaciones de tabaco bajo propiedad de familias blancas -que residían en Zimbabwe desde hacía generaciones- y que las gestionaban con muy avanzadas técnicas de cultivo y explotación, el esquema productivo del país se hundió a plomo. El tabaco dejó de crecer y de ser comercializado para la exportación, y entonces comenzó la escasez de divisa para comprar fertilizantes o combustible, con lo que se cerró el círculo del desastre. Llegó un momento en que el banco central no tenía dinero ni tan siquiera para comprar tinta y papel con el que seguir emitiendo moneda. Además, Mugabe exigía -y sigue exigiendo- que sea el Reino Unido el que compense a los expropiados en su calidad de antigua potencia colonial.
Un club de lujo, igual que un par de latas de judías
Sin embargo, entre la acción de la máquina de hacer dinero -que, con problemas, ha seguido funcionando a pleno rendimiento- y las descomunales subidas de precios provocadas por las insuficiencias en los servicios públicos y en la comida hasta crearse una situación próxima a la emergencia humanitaria, la inflación del pasado mes de abril se situaba por encima del 3.700 por ciento, según los propios datos del banco central, con duplicaciones diarias del coste de la vida. Como ejemplo, tan solo durante la semana pasada, el coste de de los sellos de correos subió un 600 por ciento.
Según informaba el Financial Times desde la capital de Zimbabwe, en medio del caos de precios, dos latas de alubias guisadas y una botella de cerveza costaban el equivalente a tres meses de suscripción al Harare Club, el club para caballeros más elegante de la ciudad que no tiene nada que envidiar a los más lujosos y reputados de Londres. Economistas independientes citados por el diario prevén que la inflación anual se encontrará muy por encima del 10.000 por ciento, “probablemente más cerca del 15.000 por ciento”. En la descontrolada orgía del caos económico del país, un solo ladrillo cuesta ahora lo que hace diez años una mansión en la zona más elegante de la capital.
Cuatro millones de euros por un museo para sí mismo
En sus particulares teorías económicas, Mugabe afirma que seguir imprimiendo dinero mantiene los precios bajos, revolucionaria conclusión que probablemente no le fue enseñada en la London University, donde consiguió salir graduado en Economía. En medio de las broncas matrimoniales de Mugabe que terminan en enormes séquitos persiguiendo a los cónyuges de punta a punta del mundo y cientos de miles de euros en gastos, el presidente de un país donde los cortes de electricidad se prolongan durante 20 horas al día se está erigiendo una especie de santuario -con un coste próximo a los cuatro millones de euros- en la advocación de un museo que cuidará para la posteridad su vida, obra y magna trayectoria política.
Nada excesivo, por otra parte, en la África que termina desembarcando en oleadas masivas en las Canarias dentro de la ya bien establecida línea regular de los cruceros de la miseria y la desesperación. Frederick Chiluba, anterior presidente de Zambia, acaba de ser declarado culpable por un tribunal londinense de gastar el equivalente a unos 34 millones de euros en ropa, joyas, coches y mansiones de lujo para su personal deleite, que no para el de los ciudadanos de su país, donde el salario medio diario se encuentra en unos 73 céntimos de euro.
Unicef: salvad al menos a los niños
Mientras Mugabe se consolaba de su aislamiento político internacional en el regazo de China -Pekín siempre aparece allí donde los Estados Unidos no pueden o no quieren alcanzar-, las denuncias por la represión a los partidos opositores -hasta llegar a los malos tratos y la tortura- no hizo sino recrudecer el desamparo de un país para el que se ha planteado la misma disyuntiva que con Cuba: las represalias aislacionistas contra tiranos terminan afectando a las poblaciones civiles, que son, al final, las únicas que las padecen.
De hecho, ayer mismo, Unicef lanzaba un desesperado llamamiento a Occidente para que suavice el bloqueo político y recuerde la desesperada situación humanitaria del país, donde ya un tercio de los niños sufre malnutrición. Sin embargo, a diferencia de lo sucedido con la Cuba del Comandante, es probable que la presión internacional esté dando sus frutos puesto que informaciones de ayer mismo hablaban de conversaciones secretas entre gobierno y oposición que se estarían manteniendo precisamente en Pretoria bajo el ya conocido patrocinio de Sudáfrica.
Es de esperar que los acercamientos se produzcan en medio de una concordia más sincera que la acostumbrada en el país de las caprichosas acciones por las bravas de su último y megalómano gobernante. Es en este clima de hechos consumados en el que el propietario de una casa en Harare que no conseguía echar a sus inquilinos acaba de desmontar -con nocturnidad y alevosía- el tejado completo de la vivienda, dejando a las familias -y con ellas, a algún bebé- al cielo raso de un invernal Zimbabwe que, sin duda, ahora echa de menos tiempos mucho mejores, cuando las tasas de alfabetización y de desarrollo ponía al país a las puertas de muchos estándares occidentales.
