Un tribunal de Estados Unidos concede 300.000 dólares de indemnización a una empleada despedida por negarse a prescindir del pañuelo islámico mientras atendía al público
XNunca un pañuelo había tenido una influencia tan directa en acontecimientos políticos de alta relevancia política. Pero si el pañuelo es musulmán y la mujer que lo lleva, la esposa del ministro turco de asuntos exteriores y candidato a la presidencia del país, el pañuelo se convierte en una bandera que lleva a decenas de miles de personas a la calle y al fracaso de la candidatura. “¿Es sólo un pañuelo o, realmente, una amenaza para la democracia?”, se pregunta el Times sobre una foto de una sonriente y ‘empañolada’ Hayrunisa Gul. La Turquía laica lo tiene claro. También lo tienen otros muchos países, como Líbano, Marruecos, Jordania o Egipto, donde el uso público del pañuelo está severamente regulado, y país este último donde se han producido despidos de presentadoras de televisión por aparecer en pantalla con 'hiyab'. Sin embargo, es un país occidental como Estados Unidos el que más intransigente se está mostrando en la defensa de la exhibición pública de una prenda que, en sus varias modalidades, levanta graves reservas entre los sectores más laicos y democráticos de los países islámicos donde nació y en los que tiene su público natural.
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Un tribunal federal condenaba la semana pasada a una compañía de alquiler de coches de Phoenix, Arizona, a pagar 287.640 dólares -250.000 de ellos como compensación directa por daños punitivos- a una somalí a la que la empresa despidió después de que la, hasta entonces buena empleada, se negara a quitarse el pañuelo islámico en la atención al público durante el Ramadán. De hecho, la primera sentencia condenatoria se había producido ya el año pasado, cuando la juez dictaminó que había existido discriminación religiosa, sin que la empresa hubiera podido demostrar, según el tribunal, que había hecho cuando podía haber estado en su mano para acomodar las creencias religiosas de su empleada musulmana.
Tribunal: El pañuelo, también de cara al público
El proceso legal se inició por parte de la propia administración estadounidense a través de la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Trabajo, una agencia de carácter federal que consideró que se habían conculcado los derechos a la libertad religiosa de la empleada somalí al exigirla que se quitara el pañuelo mientras atendía al público, sin que la compañía pusiera el más mínimo impedimento para que lo llevara cuando se encontrara en las oficinas interiores. La empleada había trabajado en años anteriores durante el Ramadán sin llevar el pañuelo, por lo que, además, la empresa consideraba que podía cumplir con sus exigencias religiosas sin que fuera necesario su uso público. Por otra parte, las normativas de la compañía no prohíben explícitamente el pañuelo musulmán pero sí proscriben cualquier prenda que no esté incluida explícitamente en esas mismas normas.
En los últimos meses se están produciendo sonados conflictos laborales en Estados Unidos por parte de empresas que emplean mano de obra de personas musulmanas, en especial, de origen somalí, una comunidad que está creciendo exponencialmente en Norteamérica debido a las amplias y generosas acogidas de refugiados que desean escapar de la caótica situación de su país. Recientemente, una gran procesadora de carne tuvo que lidiar con el plante de prácticamente toda su plantilla, precisamente de origen somalí, porque ésta se negaba a cumplir con las ordenanzas sobre permisos para abandonar el puesto de trabajo durante la jornada laboral.
Alimentos y pasajeros impuros
La compañía -que ya tuvo graves problemas con la administración en lo que algunos observadores calificaron de ‘raids’ de escarmiento contra el empleo de inmigrantes ilegales y moneda de cambio para los sectores antiinmigración más duros en Estados Unidos- se quejaba de que prácticamente toda su plantilla abandonaba a la vez la cadena de producción para irse a rezar, y que lo hacía varias veces al día, en cumplimiento de las repetidas llamadas a la oración islámica.
A pesar de que la producción se paralizaba por completo al menos cinco veces al día, según el número de oraciones rituales musulmanas, y con el esfuerzo, tiempo y dinero añadidos que suponía el volver a reasumir el funcionamiento de las cadenas, los empleados somalíes se mantuvieron firmes en su postura con el apoyo de los sindicatos. Aún intentan encontrar una solución en un momento en que ciudades como Minneapolis, en Minnesota, también intentan sobrevivir a los plantes y exigencias de las cajeras somalíes musulmanas de supermercado, que se niegan a tocar alimentos para ellas impuros, o a los graves problemas con los taxistas, también somalíes y mayoritarios en el sector, que se niegan a transportar pasajeros que porten alcohol -incluyendo medicinas que lo contengan- o perros -lazarillos para los ciegos, incluidos.
Vidas... y fiestas paralelas
Precisamente, la Universidad de Minnesota se veía obligada hace unos días a celebrar una de las clásicas fiestas americanas de acceso a la universidad en exclusiva para chicas musulmanas, celebración en la que no estuvo permitida la asistencia de hombres, y en la que las asistentes pudieron despojarse de sus pañuelos así como “comportarse relajadamente y bailar (...) sin conculcar la cultura y los valores islámicos”. De la misma forma, y mientras el propio gobierno federal estadounidense demanda ante los tribunales a sus ciudadanos que no ven oportuno el uso público del pañuelo islámico cuando esa misma actitud está estrictamente regulada o prohibida en varios países islámicos, son también muchas mujeres palestinas las que se encuentran ahora bajo la amenaza de ser “decapitadas” por uno de los grupúsculos extremistas islámicos que pululan, cada vez en mayor número, por el Oriente Próximo.
Varias presentadoras de la televisión palestina se manifestaban en Gaza el domingo pasado en protesta por la actitud de un grupo autodenominado Las Espadas de la Verdad, que amenazó con separarles la cabeza del cuerpo si no vestían de forma más modesta, es decir, sin rastro de vestuario occidental. Por lo general, las presentadoras palestinas llevan el pañuelo frente a las cámaras pero también portan vestuario occidental. Al grupo, conocido por haber volado varios cafés de acceso a Internet y tiendas de discos, ese vestuario le parece indecente: “Si es necesario, cortaremos gargantas de vena a vena para proteger el espíritu y la moral de esta nación”, dijeron sus miembros en un comunicado. Otros grupos islamistas operativos en Gaza también colocaron recientemente una bomba en una escuela gestionada por las Naciones Unidas bajo la acusación de que este organismo estaba convirtiendo a los colegios en “clubes nocturnos”, y todo porque el centro había acogido un festival de danzas tradicionales palestinas.
El extremismo islámico, culpa de Israel
En un argumento repetido hasta la sociedad y compartido por la mayoría de medios occidentales en la zona, la presencia de estos grupos extremistas se debe al “incremento de la pobreza desde que comenzaron los combates con Israel en 2000”, como resumía la situación Associated Press desde Gaza, relacionando la presión islamista sobre las mujeres con la tensión con Israel, un argumento de carácter oficial en muchos países árabes y musulmanes y que es repetido de forma constante por medios occidentales. En este sentido, en el Reino Unido, un columnista del Telegraph se preguntaba por las razones del secuestro en Gaza del periodista de la BBC, Alan Johnston, quien, en el reciente vídeo hecho público con su primer comunicado desde el lugar en que es retenido, decía, supuestamente bajo la presión del cautiverio, lo que él mismo y su medio han afirmado y siguen afirmando libremente en cada uno de sus informativos diarios en la, para ellos, relación directa entre extremismo, integrismo, pobreza, palestinos y política israelí en la zona.
