De los trenes explosivos en las estaciones de cercanías, a los coches bomba en las carreteras de lejanías: la yihad política y religiosa ya rodea de caos el Mediterráneo
XDe acuerdo. El burka y prendas similares islámicas serán muy efectivas para impedir que las mujeres sean para los hombres como carne dejada a los animales, invitando a la violación, tal y como sentenció el líder musulmán australiano en memorable sermón. Pero lo que es bueno para el espíritu, es nefasto para la carne. Un estudio internacional publicado por el American Journal of Clinical Nutrition acaba de alertar sobre las alarmantes carencias de vitamina D -sintetizada por el sol- que sufren las mujeres musulmanas al salir al exterior cubiertas de pies a cabeza -manos y cara, incluidas. El estudio, realizado sobre mujeres de los Emiratos Árabes Unidos -una de las regiones del mundo con mayor número de horas y días de sol al año- recomienda la urgente adición de suplementos de vitamina D a estas mujeres, aunque otros, con cierta sorna, lo que recomiendan son menores dosis de fundamentalismo (Vía Foreign Policy). Mientras, otros muchos, disparando por elevación, se preguntan qué sucede bajo el cada vez más espeso burka que va extendiendo su siniestro manto de oscuridad, fanatismo y odio por todo el Medio Oriente. ¿Quién apretó el botón que mató a los seis soldados españoles en Líbano? Precisamente los clérigos musulmanes más radicales e intransigentes están levantando el burka bajo el que zumba furioso el avispero de la zona.
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El miedo se extiende por toda la región, mucho más allá de lo pensado, mucho más desesperado de lo tolerable. Con Hamas ya en pleno califato palestino mediterráneo, Hezbollah con su taifa al sur del Líbano, y una yihad que se extiende, imparable de sangre y dolor, desde Marruecos a Indonesia, el miedo comienza a contagiarse a países que habían mantenido el sueño de cierta estabilidad, a pesar de los periódicos estallidos de terror y de la cotidianeidad de una violencia sectaria de baja intensidad en términos geopolíticos internacionales, pero insoportable para quienes, cada día, sufren el acoso violento de los soñadores califales y los iluminados coránicos.
Por ejemplo, periodistas egipcios que colaboran en medios oficiales del país ya se temen lo peor. Que los Hermanos Musulmanes, siendo la madre y el padre y el abuelo y la abuela de todos los bandos y las bandas islámicas que se están haciendo con el control de medio mundo asiático -bien infiltradas, además, en la tranquila y confiada Europa-, vayan a iniciar el asalto definitivo para llevar a Egipto el modelo de Gaza, tan exitosamente concluido por los alumnos aventajados de Hamas. Y si hay quien habla de una ‘gazización’ de Egipto, muchos más los hay quienes hablan de una ‘afganización’ de Líbano y su corrosivo chiísmo que malmete lo suyo más una Siria que cierra la tenaza sobre Israel en la ofensiva final desestabilizadora en la zona y un Irán que recoge, sin mojarse, los réditos, incluso la legitimación de poder regional arbitral tras la lamentable y derrotista petición de ayuda del gobierno español para que los ayatolas atómicos averigüen si alguien de ‘los suyos’ ha sido el causante de lo de ‘los nuestros’.
Pero nadie mira ya a un Hezbollah que salió de la guerra con Israel mucho más escarmentando de lo que las bravatas propias y las del antisemitismo quintacolumnista occidental quisieron hacer ver. El Renault Rapide que se utilizó en el ataque contra las tropas de la UNIFIL venía del norte y entró en Líbano a través de Trípoli, justo al lado del feudo de Fatah al-Islam, en el campo de Nahr el-Bared. El presidente libanés sigue apuntando a Siria y denunciando cómo, en las últimas semanas, han estado entrando armas, municiones y combatientes en el campo, en principio un pacífico lugar de refugiados de civiles, con mujeres y niños correteando por allí, pero redescubierto de pronto como un auténtico estado dentro de otro estado, armado hasta los dientes, capaz de enfrentarse durante semanas a un ejército libanés armado, a su vez, por la artillería pesada de Estados Unidos. La prensa libanesa recuerda con sorna que “si usted no cree que el régimen sirio es el causante del caos en el Líbano, al menos tendrá que admirar su don para predecirlo”. Y es que muchos recuerdan cómo, desde Damasco, se dijo por activa y por pasiva que la creación del tribunal internacional que investigara los constantes atentados contra políticos antisirios no haría sino llevar más inestabilidad al Líbano. Y vaya si han acertado. ¿Casualmente?
Tipos siniestros pero bien cómodos en el avispero como el clérigo sunita Omar Bakri Mohammad acusan sin dudarlo a Siria, que estaría detrás de lo de Fatah al-Islam, y no una Al Qaeda que ya va sonando a manido comodín incluso para los reyezuelos de la agitada colmena yihadista. Bakri era uno de los más incendiarios predicadores de Londonistán, hasta que, aprovechando un viaje a Líbano, el Reino Unido le negó el regreso tras dos décadas de aventar la yihad británica más envenenada. A pesar de que, en patética transformación de lobo en cordero, el verano pasado, durante la guerra con Israel, olvidó sus bravatas de guerra santa contra los infieles para intentar camuflarse como turista y salir como refugiado hacia el Reino Unido desde su nuevo país de acogida, el clérigo sunita sigue estando muy informado, como asustado reyezuelo en el caos que él contribuyó a crear desde las seguridades civiles y democráticas británicas pero que ahora prueba como propia medicina en medio del destrozo en la zona que han pagado unos chicos que iban a repartir comida con uniformes caquis.
En declaraciones a la italiana La Repubblica, recogidas por los medios internacionales -por supuesto, los libaneses entre ellos-, Bakri afirma sin pestañear que quien está detrás de los atentados contra políticos cristianos del Líbano es el mismo que apretó el botón del coche que mató a los seis soldados españoles. Y nada de Al Qaedas. Chíitas y sirios son los adjetivos que más salen de la sunita boca de alguien que, por si le faltaba credibilidad, alabó repetidamente a Bin Laden por sus atentados del 11 de septiembre, y ahora entra de lleno en la guerra civil sectaria entre musulmanes en la que han quedado atrapados unos chicos que pasaban por allí para repartir comida, según les dijeron, aunque ahora dicen que no, que aquello es también una guerra, y que les aspen si la entienden, de señores a villanos ahora en medio de un caos que, en todo caso, se acerca a casa, si es que no está en ella ya bien arrellanado esperando otras oportunidades en cualquier estación de tren de cercanías o en cualquier carretera de lejanías.
