NUEVO DIGITAL Internacional - Arrecia la yihad - Tan sólo en Sydney, y según un informe oficial: Más de 3.000 jóvenes musulmanes aguardan en "células durmientes ideológicas" el paso a la "militancia" de la 'guerra santa'
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Arrecia la yihad - Tan sólo en Sydney, y según un informe oficial: Más de 3.000 jóvenes musulmanes aguardan en "células durmientes ideológicas" el paso a la "militancia" de la 'guerra santa'

Arrecia la yihad - Tan sólo en Sydney, y según un informe oficial: Más de 3.000 jóvenes musulmanes aguardan en "células durmientes ideológicas" el paso a la "militancia" de la 'guerra santa'

03.07.07 • 02:23 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Australia se alarma a sí misma. Oficialmente. Quizás sea la primera vez que un estudio encargado por un estado haya puesto cifras a lo que bulle en las tripas del Caballo de Troya del islamismo en un país occidental. Tan sólo en Sydney -donde ya se han producido graves y violentos enfrentamientos entre la comunidad blanca-anglo y la musulmana-, alrededor de 3.000 jóvenes se encuentran ideológicamente dispuestos a pasar a la militancia directa de la yihad. Es decir, al terrorismo. Incluso los periódicos más 'mainstream' publicaban ayer editoriales en los que reconocían, ya sin los habituales circunloquios políticamente correctos, que los islamistas mundiales “no trabajan juntos, pero comparten un mismo ideal: destruir a Occidente e imponer un gobierno islamista mundial”, como decía The Australian. Mientras, en el Reino Unido se intentaba diseñar un imposible e inútil organigrama en la desbocada extensión del islamismo infiltrado en Occidente. Faltaban horas para que la agencia oficial de Yemen informara sobre el nuevo golpe de los seguidores de un Alá cada vez más impaciente.

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Sydney es un polvorín islamista. Dicho en pocas palabras. En las más técnicamente expresivas del estudio encargado por el gobierno federal australiano sobre el islam en el país, tan sólo en la ciudad australiana ya hay unos 3.000 jóvenes musulmanes en “células durmientes ideológicas” dispuestos a pasar al siguiente estadio: el de la “militancia”, es decir, el del terrorismo. A diferencia de lo que sucede con cualquier otro grupo étnico o religioso, y dados los gravísimos problemas de convivencia producidos entre la población australiana y la relativamente recién llegada inmigración musulmana, el ejecutivo presidido por John Howard -que ha hablado muchas veces demasiado claro para los acobardadados cánones occidentales- se vio obligado a establecer un consejo asesor islámico. A él han pertenecido expertos islámicos moderados -como Ameer Ali, quien, como informaba NUEVO DIGITAL hace unos meses, calificaba de “medieval” la histeria musulmana en reacción al discurso del Papa en Ratisbona- y también Mustapha Kara-Ali, quien ha dirigido precisamente el informe que se conocía ayer lunes sobre la bullente yihad australiana, dispuesta para la acción.

Mezquitas a puerta cerrada

Ambos expertos -ambos musulmanes- han sido y son, entre otros varios, los primeros en alarmarse sobre las realmente alarmantes y amenazantes dimensiones que va tomando el islam en Australia. Kara-Ali ha puesto cifras a los hechos consumados. Entre 2.000 y 3.000 jóvenes de los aproximadamente 200.000 musulmanes de Sydney ya han sido masajeados ideológicamente por los incendiarios imanes australianos, quienes, como el brutal Sheij Taj al-Hilali, presentaban un discurso moderado de cara a la galería de los medios y la opinión pública pero que, en el interior de las mezquitas, lanzaban incendiarias soflamas de odio antioccidental que sólo grabaciones clandestinas conseguidas por algún medio de comunicación pudieron desvelar en su auténtica dimensión (audio - en árabe / transcripción en inglés). Una vez descubierto, al-Hilali radicalizó aun más su discurso hasta llegar a extremos extraordinariamente insultantes en su ya indisimulado reto por controlar, para Alá, el continente australiano, como un primer y explícito paso de avance contra Occidente.

Recientemente relevado como muftí australiano pero sólo tras las inclementes presiones del ejecutivo de Howard, al-Hilali es el hombre que justificó las violaciones de jóvenes blancas por bandas de libaneses musulmanes puesto que, al no ir cubiertas, eran como “carne” dejada sin protección al alcance de los animales. Tras sentenciar que “las mujeres son el arma de Satanás”, al-Hilali reclamó Australia para los musulmanes puesto que ellos “llegaron con su propio billete de avión” mientras los ‘anglos” descienden de “convictos encadenados”. La serie de brutales barbaridades desgranadas por este egipcio que llegó como turista al país para sentenciar, al poco de irse haciendo con el liderazgo de los musulmanes del país, que “la carne de cerdo y la de mujer están muy baratas en Australia” no fueron nunca tomadas demasiado en serio por la tolerante sociedad australiana, a pesar de los escándalos creados y de las serias advertencias que, desde determinados sectores -machaconamente calificados de “intolerantes”, “islamófobos” y “racistas” por las organizaciones musulmanas australianas- se lanzaban sobre el incendio que se alimentaba en el interior de las mezquitas.

El castigo a la "indecencia" occidental

Tan sólo el Reino Unido, en el denominado Verano de la Violencia, que enfrentó en 2001 a “asiáticos” -principalmente, pakistaníes- con nativos locales, había vivido un estallido de hostilidad interétnica como el registrado posteriormente en Australia, primero como consecuencia de las violaciones de bandas de libaneses musulmanes sobre blancas australianas y, después, en los disturbios de finales de 2005, cuando nuevamente la presión de grupos de jóvenes islámicos sobre las “indecentes” mujeres de las playas para que se cubrieran volvieron a desencadenar la violencia entre los dos grupos en lo que sólo ocultaba una creciente y cada vez más violenta incapacidad de convivencia entre los que estaban y algunos de los que llegaron. Ahora, con los atentados fallidos de Londres frente a clubes nocturnos, y con el estudio presente sobre la tremenda radicalización y odio mostrado por una parte significativa de la población inmigrante musulmana -la más joven, en su mayor parte, ya nacida en el país-, los medios comienzan a destacar las similitudes entre la ofensiva ideológica que, sin conexión aparente directa, unen las tensiones en Australia y en el Reino Unido.

El cáncer de las células encubiertas

Los editoriales destacan cómo en Londres, los coches bomba se dirigían a castigar a las “ladies night”, a las impuras mujeres occidentales que “bailan, beben y disfrutan su propia vida”, pero vistas, como también se destacaba en el Reino Unido, como auténticas “zorras” a las que había que castigar allí donde mostraban su desvergüenza, tal y como adelantábamos en este mismo medio, en el intento de describir qué se oculta, en realidad, tras unos atentados que sólo tratan de imponer -simbólicamente, vía metralla- una ley islámica sobre fulanas e infieles que se divierten. En este sentido, Kara-Ali afirmaba, en declaraciones realizadas tras presentar un estudio horas después de conocerse los atentados frustrados en el Reino Unido, que “lo que está sucediendo en Gran Bretaña es un recordatorio para todos nosotros de que, a pesar de toda la cháchara de algunos sobre que la amenaza del terrorismo es exagerada en nuestra sociedad, no lo es, y debemos permanecer vigilantes”.

Sin embargo, el propio estudio concluye que “es imposible determinar” el número exacto de células dispuestas a la yihad más sanguinaria que se encuentran “durmientes” en ese estado “ideológico” que sólo espera las órdenes oportunas para castigar a las “zorras” de las discotecas occidentales o de las playas de surf, y a los países en su conjunto que las albergan, como una advertencia de que las cosas cambiarán cuando consigan imponer el califato del que los últimos y recientes coches bomba son sólo los primeros jinetes de un apocalipsis occidental que consideran tan inevitable como predestinado por Alá.



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