NUEVO DIGITAL Internacional - La Sudáfrica del post-apartheid tolera escuadrones paramilitares formados por granjeros blancos para controlar la desesperada avalancha negra procedente de Zimbabwe
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La Sudáfrica del post-apartheid tolera escuadrones paramilitares formados por granjeros blancos para controlar la desesperada avalancha negra procedente de Zimbabwe

La Sudáfrica del post-apartheid tolera escuadrones paramilitares formados por granjeros blancos para controlar la desesperada avalancha negra procedente de Zimbabwe

08.08.07 • 02:07 GMT • Javier Monjas - Madrid Email
  • Zimbabwe, abandonado a su suerte incluso por China: Mugabe consigue llevar a su país al mayor desplome financiero y humanitario de una economía en tiempos de paz

Ya ni China quiere saber nada de Zimbabwe. No es sólo que la hecatombe económica y humanitaria del país africano supera cualquier apocalipsis de best-seller de ciencia-ficción política y, por tanto, no hay ninguna perspectiva de sacar nada en limpio del (por supuesto interesado) amparo industrial y financiero a Harare. Es que incluso Pekín se siente avergonzado de apoyar a un régimen como el de Mugabe y piensa que si hay algo que no le interesa en términos de imagen internacional es sostener al apestado de los apestados, al enloquecido jerarca que ha hundido al próspero país que recibió a base de desastrosas políticas racistas negras que el antirracismo negro de muchos negros no hace sino denunciar entre amenazas y palizas a la oposición. En medio de un desplome generalizado de todo lo que se puede desplomar en un país, un bidón de dos litros de aceite para cocinar cuesta ahora, tras una devaluación de la moneda del 95 por ciento hace unas pocas semanas, 400.000 dólares de Zimbabwe. O sea, menos de 3 dólares estadounidenses. O sea, más de lo que gana un maestro en una semana.

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La policía del país detiene a miles de comerciantes para obligarles, por la fuerza, a bajar los precios. Pero este año, la inflación no bajará de un 15.000 por ciento, según los economistas más conservadores. En medio de un caos sin precedentes de lo que un día fue, junto a Sudáfrica, una avanzada del Primer Mundo en el corazón de África, los países fronterizos ven cómo cientos de miles de ciudadanos de Zimbabwe salen en estampida del país. Y cómo, esta vez, ya no vale la coartada de blancos contra negros. Esta vez, una vez más, el enfrentamiento derivado de la desgracia comparte el color de la piel. Pero, ahora, unos a un lado, y los otros, al otro.

A la una vez poderosa y cosmopolita feria del libro de Zimbabwe, por la que pasaba toda la industria editorial que desembarcaba en África, este año sólo ha asistido un expositor extranjero: Irán. Pero, aparte del país que va recogiendo las migajas internacionales que puede en su expansionismo internacional fuera de las zonas calientes y poderosas del mundo, nadie quiere saber nada del Zimbabwe de Mugabe, más allá de las desesperadas llamadas de las organizaciones de ayuda humanitaria que poco o nada denuncian el increíble caos que el presidente del país hizo caer con sus desastrosas políticas de ‘reparto’ de la tierra. Un país que dependía casi por completo de las divisas producidas por su poderosa industria de cultivo de tabaco vio cómo un presidente endiosado y enloquecido expropiaba las extraordinariamente productivas plantaciones pertenecientes a cultivadores blancos -ciudadanos del país con varias generaciones africanas a sus espaldas- y se las entregaba a hordas de ‘militantes’ negros que, entre algunos asesinatos de blancos y pillajes a gran escala, arrasaron con lo que encontraron y, en un par de años, consiguieron hundir la única y sólida fuente de divisas fuertes de la nación.

La policía de Mugabe, encargada de 'hacer bajar los precios'

Todo llegó después en cadena, desplomándose hasta provocar inflaciones superiores al 4.000 por ciento mensual y donde la esquizofrenia del caos más absoluto llevaba a que la cuota por la membresía al club más lujoso del país -con estándares europeos o estadounidenses- costara lo mismo que una lata de judías o que pot un ladrillo se pague ahora lo mismo que por una mansión hace diez años en la zona más elegante de la capital. Nada solucionó la devaluación del 95 por ciento en el valor de la moneda ordenada hace unas semanas. En su política de no poner límite a la máquina de imprimir dinero -según las revolucionarias teorías económicas de Mugabe, darle al manubrio del papel moneda supone una medida eficaz-, Zimbabwe acaba de emitir billetes de 200.000 dólares de Zimbabwe, con una equivalencia oficial de 13 dólares de Estados Unidos, pero un valor real, en el mercado negro, de un sólo dólar de los de verdad. Más allá de la furiosa manía impresora de billetes que obsesiona a Mugabe, los analistas constatan que la economía de Zimbabwe se ha contraído en un 40 por ciento desde 1998, algo que no tiene precedentes para un país en tiempos de paz y cuyos niveles de implosión financiera remiten a los más graves conflictos bélicos presentes y pasados, con devastaciones violentas generalizadas.

Mugabe responsabiliza a los comerciantes de las brutales subidas de precios, de dobles dígitos de un día para otro. De esta forma, la policía se ha encargado de la política económica y ya ha detenido a casi 8.000 personas. Por las buenas o por las malas, van a bajar los precios. Con una situación por completo fuera de control, los bienes más básicos -incluyendo los alimentos de primera necesidad- se han convertido en productos de lujo, pero productos que, al no estar ni tan siquiera disponibles en el país, es necesario adquirir en los fronterizos en medio de una situación que va de mal en peor, con la más desastrosa cosecha de trigo prevista para este año desde que el país consiguió la independencia en 1980... sin electricidad, sin fertilizantes, sin combustible, récords tras récords, y todos sobrepasando en sus desplomes las más incréibles marcas del desastre. De esta forma se está produciendo una doble estampida: la de quienes cruzan a Zambia o a Sudáfrica para comprar maíz o aceite, y la de quienes cruzan ilegalmente las fronteras para escapar directamente del hambre. En ambos casos, la situación es insostenible.

Sudáfrica: Lo mismo que cuando el 'apartheid'... pero ahora sin recriminaciones

La Sudáfrica post-apartheid tolera las patrullas de granjeros blancos armados sudafricanos que, lejos de recriminaciones sobre racismo y todo eso, les son ahora de mucha utilidad a Pretoria pues contienen -sin contemplaciones y, ahora, sin agrias acusaciones de racismo- el tsunami humano que llega del vecino del norte, en medio de la habitual mezcla de situación crítica humanitaria e incremento de la criminalidad y la delincuencia asociada a situaciones fuera de control. Pero no sólo la Sudáfrica de los gobiernos negros dejan a los granjeros paramilitares blancos que hagan el trabajo sucio que ellos no pueden o no desean hacer a plena luz del día, como abiertamente reconocen los policías fronterizos (negros) sudafricanos. La preocupación no es menos grave en la vecina Zambia, donde el gobierno no sólo admite abiertamente los problemas de seguridad causados por las avalanchas inmigratorias legales o ilegales, sino su potencialmente letal impacto sobre los centros de turismo del país, el primero y más grave por el que amenaza el paso de Livingston, próximo a las Cataratas Victoria.

El círculo se cierra con Botswana, a donde llega también la hecatombe del león africano de Zimbabwe que está dilapidando el equivalente a cuatro millones de euros en un museo dedicado a sí mismo, en medio de los desorbitados gastos que llevan al matrimonio Mugabe a seguir sus peleas conyugales persiguiéndose por medio mundo, con enormes séquitos tras ellos, y discutiendo sus cuitas amorosas en los hoteles más lujosos, quizás encontrando inspiración para seguir diseñando nuevos billetes con cada vez más ceros -a pesar de los seis o siete que se les quitaron hace unas semanas-, emitidos por un banco central que a veces ni tan siquiera dispone de papel moneda o de tinta para seguir dando a la manivela que imprime el incalculable, el infinito número del desastre de Zimbabwe.



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