La Penny Lane de los Beatles sucumbe ante el violento rap de las bandas negras: El Reino Unido busca una salida a la 'multicultura' de la muerte
XEn la noche del sábado, tan sólo dos días después del asesinato del pequeño Rhys Jones, las calles de Liverpool volvían a cubrirse de sangre. Esta vez no era cualquier calle sino Penny Lane. Dos porteros del club latino Alma de Santiago eran tiroteados por desconocidos. Al cierre de esta información, uno de los heridos se encontraba en estado crítico. Penny Lane se encuentra ya muy lejos de la idílica imagen pop inmortalizada en la canción de los Beatles, "bajo los azules cielos de las afueras". Penny Lane, Liverpool, Londres -con más letales tiroteos entre adolescentes-, y, en general, todo el Reino Unido, despiertan a una pesadilla donde la extensión del islam radical, sus periódicos intentos terroristas (consumados o no), el ya incontrolable cáncer de las bandas (principalmente formadas por descendientes de emigrantes afrocaribeños), y hasta la extendida explotación de adolescentes blancas para los harenes sexuales de pakistaníes adultos se mezclan en el caótico panorama de un país en plena corrosión de 'minorías', y donde las recriminaciones a la multiculturalidad y a los relativismos morales ya brotan de las mismas comunidades cuyos hijos mueren víctimas de una tan homicida como suicida autoafirmación racial/racista de raza y 'cultura', mientras la policía debe rellenar infinitos papeles y formularios, y reunir decenas de testimonios antes de llevar a un solo sospechoso de asalto armado ante un tribunal.
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Lejos de los tipos presentados por los sectores 'progresistas' como severos e intransigentes ultraconservadores blancos, ahora ya son los líderes de las propias comunidades negras quienes reconocen que "los chicos negros necesitan modelos de comportamiento y no raperos". La 'glamourizacion' del delito, de las armas y de la cultura de las bandas están provocando un 'contagio' a Europa del guetto negro de ciudad estadounidense y, como consecuencia, la contaminación del "entorno tóxico" donde los chicos se ven "atrapados". En Londres, Liverpool o Manchester, los hijos de la emigración afrocaribeña y 'afroafricana', se abandonan a los brutales roles del racismo negro glorificado por un rap importado desde Estados Unidos, donde muy pocos negros de ese país -quizás simbolizados por las agrias críticas lanzadas de vez en cuando por Bill Cosby- se rebelan contra el victimismo de la autoafirmación y prefieren seguir la senda marcada por sus no menos tóxicos líderes de la 'discriminación positiva' y la culpabilización a toda costa del supuesto racismo blanco.
La guerra contra los "cocos" con alma de blanco
Sin embargo, entre críticas de altos cargos políticos a unas discográficas que se enriquecen con el rap de la muerte y la violencia, o hacia grandes portales en Internet, como YouTube, que permiten la exhibición de todo el "grotesco desfile" de la parafernalia de armas, lenguaje y vestuario de las bandas, en medio de toda una supuesta cultura que una vez fue descrita como una 'revolución juvenil' por las privilegiadas mentes del multiculturalismo progresista, son ahora las propias comunidades de las minorías las que se ven atrapadas en "muros de silencio", donde el miedo a las represalias se mezcla con una supuestamente orgullosa cultura de negar la colaboración a la 'policía de los blancos', por muchos policías negros que se destinen a las zonas calientes para intentar hacer ver que la cosa no debería ir de razas.
Pero va. En un fenómeno popularizado por la cultura del rap e importado de los guettos 'afroamericanos' en Estados Unidos, los chicos negros que intentan escapar del 'entorno tóxico' -estudiando, haciendo deporte, creando- son tachados por sus iguales de "cocos" ("coconuts") colaboracionistas con los blancos, que quieren estudiar lo que ellos estudian, y que, por tanto, deben ser despreciados, si no asesinados, por quienes han recibido el sagrado encargo de ejecutar la justicia negra contra los negros con alma de blanco. ¿La culpa? Para cada vez más observadores de toda condición y extracción idelógica, la culpa la tiene una sociedad "liberal" que ha permitido que la raza se convierta en un problema retroalimentado, como reconocía estos días el autor de un libro de próxima aparición titulado, de forma elocuentemente agria, "How a Guilty Liberal Lost His Innocence".
¿Quién mató -y por qué- a un niño blanco de once años que jugaba al fútbol? ¿Ritual de iniciación de bandas? ¿Sonado aniversario de una de ellas? ¿Error fatal en la identificación del 'target'? Con todo ello se está especulando, pero la tempestad de fondo ya ulula con el reconocimiento de que la sociedad británica está "enferma, si no muerta". Desde los editoriales de los periódicos anteriormente abandonados al 'progresismo multicultural británico' se exige ahora que "la policía recupere las calles", mientras, desde entornos del liberalismo más o menos clásico, se reclama un endurecimiento de las fronteras para evitar el caos inmigratorio, y desde los sectores conservadores se acusa al gobierno de encubrir lo que ya es una abierta "epidemia" de jóvenes armados en el Reino Unido, todo ello en medio de ya abiertas culpabilizaciones a la "fractura de la familia" y a "los padres (hombres) que escapan de sus responsabilidades y no se quedan para dar a sus hijos la disciplina que necesitan".
El fin de la amable Penny Lane de un confiado Reino Unido
Y, mientras todo esto ocurre, la cada vez más desesperanzada sociedad británica de clase media -que huye del país en cuanto puede y tiene posibles para ello, en una nueva e incipiente masiva "huída blanca" similar a la que vació los centros de las ciudades en Estados Unidos- ve con estupor casos como el de Chindamo, donde el asesinato pandillero de un director de centro educativo penado con cadena perpetua se resuelve no sólo con doce años de cárcel y libertad condicional para el asesino, sino con miles y miles de libras de sus impuestos que ahora irán destinadas a la permanente protección de un hombre para quien ya se diseña una nueva identidad, una nueva dirección protegida, y equipos de hombres que vigilen su integridad y la de su familia, en ejecución de la orden de protección de sus "derechos humanos" sentenciada por la High Court inglesa.
Pero, ¿quién guarda la integridad de un niño blanco de once años que juega al fútbol en un parque público? ¿Y la de un adolescente negro que quiere estudiar pero debe demostrar un comportamiento antisocial para ganarse la confianza -y la propia integridad física- respecto a sus pandilleros compañeros negros 'de verdad'? Nadie tiene la respuesta de por qué las cosas están funcionando al revés de como era previsible que debían funcionar. Lejos, muy lejos, queda la ingenua estampa de una Penny Lane amable bajo "los azules cielos de las afueras", y donde los barberos, los empleados del banco, los bomberos y las enfermeras ya hace mucho que escaparon de la canción de los Beatles para encerrarse en sus domicilios, temiendo el próximo asesinato de unas bandas que, sin duda, despreciarán la insípida y estúpida canción de los blancos.
