NUEVO DIGITAL Internacional - La otra gran ruta de la emigración clandestina africana: Cientos de muertos y desaparecidos en la brutal travesía desde Somalia a las costas árabes por el Golfo de Adén
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La otra gran ruta de la emigración clandestina africana: Cientos de muertos y desaparecidos en la brutal travesía desde Somalia a las costas árabes por el Golfo de Adén

La otra gran ruta de la emigración clandestina africana: Cientos de muertos y desaparecidos en la brutal travesía desde Somalia a las costas árabes por el Golfo de Adén

19.09.07 • 03:31 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Deben pagar entre 70 y 150 dólares por cabeza, una pequeña fortuna para los habitantes de la región. En África, los contrabandistas imponen orden a garrotazos y puñaladas. En las barcas siguen las palizas y algunos son arrojados vivos por la borda, entre agonizantes por asfixia, deshidratación e, incluso, ataques con ácido. Al llegar a la costa árabe, otros más se ahogan al desembarcar en aguas profundas, y los que sobreviven son recibidos a tiros por el ejército yemení, que reconoce que dispara, aunque sólo a los traficantes, sin que conste cómo distingue a unos de otros. Los viajeros huyen de la guerra, los asesinatos indiscriminados, la sequía y la miseria que azotan a Somalia, Sudán y Etiopía. No es una odisea, sino la ilíada y la odisea juntas, el viaje de Jasón y todos los vellocinos juntos reencarnados y enfurecidos. Es la tierra en la que Rimbaud traficó con armas y esclavos mientras experimentaba lo que era pasar años -y no sólo una temporada- en el infierno.

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A pesar de las periódicas y dramáticas hecatombes humanas al dios de los 'éxodos ilegales', la emigración pseudoclandestina y pseudoilegal del Magreb y del África negra occidental que rompe en las costas canarias, andaluzas y hasta valencianas, hace parecer un cruecero medianamente seguro, con gran recibimiento en tierra, cuando se la compara con la que acontece al otro lado del continente, en la zona más oriental de África donde se agolpan varios de los países más miserables y fracasados del mundo. No son las únicas válvulas de escape para un continente sometido a su propia explotación de políticas extraordinariamente corruptas, ineficaces y siempre victimistas. Al sur, el sifón relaja la presión de la intolerable situación de la catástrofe autoinflingida por Mugabe a su propio pueblo en las tierras de Sudáfrica, donde el paso ilegal de la frontera de los desdichados fugitivos de Zimbabwe es repelido por escuadrones paramilitares formados por granjeros blancos, esta vez, en cerrada alianza con la policía negra del negro gobierno de Pretoria que se defiende como puede de la avalancha de sus hermanos de raza, ahora también considerados indeseables invasores.

La pasada semana, las Naciones Unidas informaban sobre el fallecimiento de casi sesenta africanos que intentaban cruzar el Golfo de Adén. Si siempre es violenta la muerte por ahogamiento, hambre o sed, en esta ocasión, el Alto Comisionado para los Refugiados informaba sobre palizas o asesinatos por rociamiento de ácido en el cuerpo de los frustrados pasajeros de los cruceros malditos. Con septiembre comienzan los viajes clandestinos desde la costa africana a la árabe en una temporada que se prolongará hasta el próximo mes de junio, cuando se interrumpirá de nuevo para evitar las tormentas del verano. Hasta el momento, unas 10.000 personas habrían llegado este año a Yemen en 103 barcos. Siempre según cifras de las Naciones Unidas, al menos 282 habrían perecido mientras otras 160 se encontrarían desaparecidas, el inevitable eufemismo que precede a su declaración de víctimas muertas y bien muertas. En todo caso, estos datos no son considerados sino la parte documentada de unas muertes y desapariciones que podrían ser muy superiores.

Como en el caso de los tímidos esfuerzos realizados para mostrar a la emigración africana occidental los graves riesgos físicos de la emigración clandestina hacia España, en Somalia, el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas prepara panfletos y cuñas de radio para advertir sobre lo que les espera a los viajeros en la costa africana, en la asiática y en el mar que hay entre ellas. El puerto somalí de Bosaso es el cuello de botella de la miseria del África oriental. Las crónicas que llegan desde allí hablan de hileras de inocentes comercios sin apenas movimiento que no son más que las tapaderas del gran negocio de la región, el del contrabando a gran escala de personas. También de forma idéntica a lo que sucede con España, los expulsados de Arabia Saudí o de los emiratos meridionales aseguran que lo volverán a intentar una y otra vez hasta que consigan su objetivo de permanecer en La Meca de sus sueños, esta vez, la del trabajo y la de la paz. En medio, no sólo les espera desafiar de nuevo a las distancias y los elementos, abrasados por las tórridas y secas climatologías de la región, sino la brutalidad de las “torturas” de unos traficantes que tratan a los individuos de su negocio como cautivos a los que castigar o matar, una vez que ya han abonado el viaje de incierto destino, a uno u otro lado de los dos continentes, a uno u otro lado de la vida y la muerte.



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