Muere en Londres una enfermera polaca de 26 años al ser sorprendida por el fuego cruzado entre bandas afrocaribeñas
X- La mayor cadena de supermercados del Reino Unido permitirá a sus cajeros musulmanes rechazar la atención a los clientes que adquieran bebidas alcohólicas
Ha vuelto a suceder. En realidad, en el Reino Unido hace ya tiempo que todo vuelve a suceder en la grave tensión social e interracial en que se haya inmerso el país. Ha vuelto a suceder que un peatón muere a tiros al ser cogido por el fuego cruzado entre bandas formadas por jóvenes de origen jamaicano. Y ha vuelto a suceder que, en medio de la tensión con la comunidad musulmana, grandes instituciones británicas, -esta vez, incluso privadas y comerciales- van mucho más allá en la corrección política de lo que las propias organizaciones islámicas se hubieran atrevido nunca a pensar y, mucho menos, a exigir. Sin embargo, la rueda del eterno retorno británico gira cada vez con más velocidad mientras las autoridades intentan ya a la desesperada retomar el control de una nave que hace ya tiempo flota a la deriva de las corrientes que la sacuden.
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Magda Pniewska tenía 26 años y residía desde hace cuatro en el Reino Unido. Trabajaba como enfermera en un centro para enfermos mentales y el lunes por la tarde cruzaba caminando un aparcamiento para regresar a su casa, donde residía con su novio. Hablaba con su hermana en Polonia a través de su teléfono móvil cuando comenzaron los disparos. Después de que se interrumpiera de forma brusca la conversación tras escuchar una serie de pequeñas detonaciones, la familia de Magda en Polonia estuvo durante horas intentando dar con ella. 'Too late'. La joven emigrante murió a los pocos minutos de ser alcanzada por el fuego cruzado entre los pasajeros de un vehículo estacionado y otro individuo situado sobre la acera.
"Delitos armados de negros sobre negros"
Ya hay cuatro detenidos. Tres hombres y una mujer. La policía no da detalles ni de nombres ni de procedencia étnica. Sin embargo, se sabe que la investigación está siendo llevada por la denominada Operation Trident, una unidad de la policía metropolitana de Londres especializada en los “delitos armados de bandas de negros sobre negros”, como desvela el Times de Londres. La BBC ha recorrido la zona de la estación de metro de New Cross Gate donde se produjo el incidente. Una española de 32 años llamada Verónica -que confiesa nombre pero se niega a facilitar el apellido-, es entrevistada mientras pasea a su bebé. “Estoy sorprendida porque creo que esta es una zona segura. En algunas partes de Londres no debes salir de noche, y yo no lo hago. Salgo por la tarde porque tengo un bebé”.
La de Pniewska es una muerte más que se une a las provocadas por la cultura de bandas que atenaza a la comunidad afrocaribeña del Reino Unido y que, al principio, preocupó por la mortandad que causaba entre sus propios miembros, pero, ahora, tras el asesinato no resuelto del niño de once años, Rhys Jones, ya ha comenzado a alcanzar de plano a ‘los que pasaban por allí’ en el momento equivocado, lo que está provocando que, desde hace tiempo, se haya disparado la venta de chalecos blindados para niños pequeños. Miles de jóvenes negros de origen étnico caribeño han quedado atrapados en los delirios criminales de grandeza que el rap negro alimenta para desgracia de tantas familias y para lucro de las compañías discográficas, como con mucha acritud se ha comenzado a denunciar desde el gobierno británico, con amenazas explícitas de iniciar la ofensica contra la música de la cultura de la muerte -propia y ajena-, entre dramáticas llamadas de líderes negros como Mandela, al que los receptores de las apelaciones sólo ven como "un viejo". Sin embargo, en el otro frente de guerra, en el de la tensión y el enfrentamiento entre la comunidad blanca autóctona y la musulmana emigrante, tampoco pasa día sin que se conozcan sorprendentes desarrollos de insospechables derivaciones culturales y sociales.
El derecho de los cajeros a 'no tocar' bebidas alcohólicas
Mientras en España aún no se ha apagado la polémica por la concesión del ‘derecho’ de una niña marroquí a asistir a una escuela pública con ‘hiyab’ -en lo que muchos ven, a través de los foros de Internet, como una nueva concesión a excepcionalidades culturales y religiosas que no deberían ser toleradas en un país europeo-, en el Reino Unido hace ya mucho que la nave surca aguas mucho alejadas, empantanada en un mar de los sargazos multiculturales que la corrección política no hace sino alimentar con nuevas y enrevesadas enredaderas de excepciones. La última aportación multicultural ha llegado desde la mayor cadena de supermercados del Reino Unido, cuya dirección ha autorizado a sus empleados musulmanes a que ni tan siquiera toquen una botella de bebida alcohólica si sus creencias religiosas así se lo exigen.
De esta forma, los empleados musulmanes de la cadena Sainsbury's que trabajen en las zonas de bebidas alcohólicas de los establecimientos tendrán el sorprendente derecho de negarse a colocar en las estanterías precisamente los productos con los que trabajan. Además, los cajeros y cajeras de esa confesión podrán negarse incluso a atender a los clientes que pretendan comprar bebidas alcohólicas, habilitándose un procedimiento por el que el empleado levantará la mano para que acuda alguien sin escrúpulos religiosos o morales para pasar por caja las cervezas que el infiel e impuro cliente desea llevarse a casa, a partir de ahora, tras potencialmente tormentoso y enrevesado proceso de compra.
Alarma entre las organizaciones islámicas por la 'ultratolerancia non petita'
La noticia, bien recibida y ampliamente referida en la prensa de países musulmanes, -Turquía, entre ellos-, cita a un portavoz de la cadena de supermercados asegurando que las pruebas realizadas en algunos establecimientos en el norte de Londres han sido un éxito. “Hacemos lo mejor que podemos para cumplir con los requerimientos de las religiones. No tenemos normas irrevocables”, aseguraba un portavoz. La cuestión que muchos se hacen es qué hace un musulmán incompatible con tocar siquiera una botella de alcohol trabajando, precisamente, en zonas del supermercado donde se trabajan con bebidas alcohólicas, o en unos establecimientos donde, precisamente, cajeras y cajeros se verán obligados a cobrar -y a ‘tocar’ en el proceso- productos con contenido alcohólico.
La cuestión no ha sido levantada por el etéreo fantasma de los supuestos ‘islamófobos’, sino por las propias organizaciones musulmanas, que no salen de su asombro por las concesiones no reclamadas, como sucedió con la autorización canadiense a que las musulmanas pudieran votar con burka y sin descubrirse para su identificación ante la urna. Directivos del Muslim Council of Britain recomienda a los miembros de la comunidad musulmana que busquen vacantes donde la ley musulmana les permita trabajar, todo ello con el fin de no ser vistos como un problema para el empleador en vez de como una solución. Desde el Muslim Institute se es todavía más sangriento. Tras recibir con satisfacción el deseo de Sainsbury’s de “acomodar los deseos de sus empleados”, se recrimina a la propia sociedad islámica recordando que “la culpa recae en el empleado que está explotando y abusa de la buena voluntad” de los empresarios.
De esta forma, la extrema corrección política de la ultratolerancia ‘non petita’ se adelanta a lo que las propias organizaciones de las minorías no sólo nunca pidieron -y, menos, exigieron- sino también a actitudes de rendición de los estándares sociales occidentales que esas mismas organizaciones comienzan a ver ya como un riesgo para la convivencia más que como una solución para sus reivindicaciones.
