NUEVO DIGITAL Internacional - Del delito callejero al fraude organizado de los servicios sociales: El tráfico de miles de niños nigerianos y gitanos rumanos se convierte en una masiva industria criminal dentro de la Unión Europea
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Del delito callejero al fraude organizado de los servicios sociales: El tráfico de miles de niños nigerianos y gitanos rumanos se convierte en una masiva industria criminal dentro de la Unión Europea

Del delito callejero al fraude organizado de los servicios sociales: El tráfico de miles de niños nigerianos y gitanos rumanos se convierte en una masiva industria criminal dentro de la Unión Europea

28.01.08 • 03:11 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Un niño nigeriano se vende por unos pocos miles de euros. Pero la inversión bien merece la pena. El rendimiento que se le sacará a cada cabeza tendrá varios ceros a la derecha sobre lo invertido. Se pueden comprar unos pocos niños para montar una ‘start-up’ o se pueden comprar en cantidades industriales, como el traficante de Lagos que compravende más de quinientos al año. Los menores gitanos rumanos salen más baratos. Se pagan entre 200 o 400 euros a las familias, y después se explotan al menudeo del pequeño robo o la mendicidad, generando ingresos de cientos de millones que son reenviados a Rumanía a través de los servicios de transferencia de dinero o, simplemente, en maletas reventadas de billetes. España, Francia y el Reino Unido son paraísos que mezclan leyes criminales superblandas con normativas sociales ultragenerosas. Desde el atraco directo hasta la consecución de miles de viviendas sociales gratuitas para toda una catropea de ‘niños de paja’ y sus ‘famiglias’ de realquiladores inmobiliarios, existe otra yihad contra Europa: la de los masivos pequeños fraudes y las pequeñas delincuencias de explotación a gran escala que, lejos de la espectacularidad de los grandes atentados, también están corroyendo por su base a las comprensivas y despreocupadas democracias occidentales.

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Aprovechan la suavidad de las legislaciones occidentales europeas en torno a los delitos cometidos por menores. En unos casos, como en el Reino Unido, un menor ya es penalmente responsable a los diez años. En España, sin embargo, la impunidad llega hasta los dieciocho e, incluso, hasta los veintiuno para delitos “sin violencia o intimidación en las personas ni grave peligro para la vida o la integridad física de las mismas”. Estas disposiciones, junto con la extremada generosidad de los sistemas de servicios sociales para la asistencia de “menores desprotegidos o en situación de riesgo” -extendida con fervor a sus familias-, han convertido a los niños en simple “commodity”, es decir, una mercancía con la que se comercia y trafica -como el petróleo, la electricidad o el oro-, y que genera miles de millones en ingresos para las mafias, y miles de millones en pérdidas para los estados que sufren el fraude, sin contar el padecido por los ciudadanos que, involuntariamente, como sujetos de robo o atraco directo, o como contribuyentes de los servicios esquilmados -o como ambas cosas-, se convierten en las víctimas últimas del océano de delincuencia refugiada en la infinita -y cómplice- tolerancia de las sociedades occidentales europeas.

Niños nigerianos: de vivir en la esclavitud a morir en el exorcismo

Una investigación del Telegraph con periodistas camuflados ponía ayer cifras a la compra de menores nigerianos en origen: dos niños de tres y cinco años por 5.000 libras (6.700 euros) ambos, o por la mitad cada uno por separado. Adolescentes aún embarazadas ya ponen en el mercado a sus nasciturus incluso por menos de 1.000 libras (1.350 euros). En el caso de los nigerianos, la compraventa directa se mezcla con las promesas de “una vida mejor” para los menores en el Reino Unido. Pero una vez en tierra de blancos les espera convertirse en poco más que ganado explotado como esclavos al servicio de familias africanas. También sirven como hijos putativos de bandas organizadas en el saqueo de las prestaciones sociales, con miles de viviendas entregadas a lo que no son humildes familias en busca de asilo, sino enormes redes organizadas de agentes inmobiliarios negros en negro que las realquilarán con márgenes de beneficio del cien por ciento. Por supuesto, la explotación sexual o su papel como “niños ancla”, utilizados por adultos para permanecer en el país y resistir potenciales órdenes de expulsión, son también destinos probables del pequeño oro negro que enriquece a sus compatriotas más oscuros o que calma a los dioses más sombríos en los sangrientos exorcismos rituales de las "iglesias africanas".

Precisamente desde África, las cosas se ven exactamente de la misma forma, aunque con el mayor dramatismo ofrecido por los testimonios de los niños sobre el terreno. “We are human, not commodities”, dicen a los periodistas de los medios de referencia nigerianos que investigan las minas de donde se extraen tantos niños que la extracción está llevando a comunidades enteras “al borde de la extinción”. Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, el tráfico de personas es al tercera industria más lucrativa del mundo tras las drogas y las armas, con ingresos de entre 5.000 a 7.000 millones de dólares anuales, y con hasta cuatro millones de mujeres y niños contrabandeados cada año desde el Tercer Mundo. Pero también el Primer mundo genera su propio tráfico interno. La policía británica acaba de detener a una banda de rumanos que habían introducido más de mil niños en el país para explotarlos como carteristas por sus “modernos Fagins”, según la muy arriesgada figura literaria empleada por el Times de Londres y que encarna a los modernos mafiosos traficantes de niños en el extremadamente pérfido personaje del ‘Oliver Twist’, el judío literario más famoso de Dickens pero, a la vez, uno de los símbolos históricos del antisemitismo cultural europeo.

Mil niños rumanos, introducidos por tan sólo una red

Francia, España, Italia y el Reino Unido son los paraísos de las bandas de niños gitanos rumanos que asolan los centros de las grandes ciudades con una delincuencia a pequeña escala que quedará por completo impune, mientras genera lo que policías británicos y rumanos consideran al alimón no menos de más de 100 millones de libras (135 millones de euros) en beneficios para sus “amos”. Utilizados como ladrones al descuido o como muñecos vivientes en la mendicidad explotada a gran escala, miles de niños rumanos son, además de explotados, convertidos en un grave problema para el barullo de legislaciones europeas que obligan a la asistencia social de los menores a la vez que impide su expulsión a los países de origen. Mientras tanto, la industria criminal internacional formada por nigerianos asombra por su extensión y volumen. En España tan sólo son conocidos por las redes de estafa a través de Internet o por sus conexiones con el tráfico de drogas, pero en otros países con grandes colonias nigerianas, el recelo que levantan es sólo comparable al recelo que depositan en otros países vecinos africanos.

Según informa la prensa nigeriana recogiendo informaciones de la policía alemana, nada menos que el 90 por ciento de los liberianos que viven en Alemania son, en realidad, nigerianos con pasaportes falsos. El propio servicio postal nigeriano intercepta en un trimestre escaso no menos de 2.500 pasaportes ilegales y 4.000 cartas de invitación falsas, lo que indica la enormidad del tráfico ilegal no detectado, con un fraude que llega a las propias oficinas de expedición. Estados Unidos y Canadá acaban de expulsar de forma conjunta a más de un centenar de nigerianos acusados de tráfico de drogas, tras agotar todos los recursos legales de apelación habidos y por haber. Mientras, de vez en cuando, un caso ‘humanitario’ surge providencialmente para rebotar la culpabilidad hacia la ‘crueldad’ de las sociedades occidentales. Las enormes campañas montadas para evitar la deportación de familias nigerianas en situación ilegal en el Reino Unido -en ocasiones, con parlamentarios locales llevando el tema a Westminster y masivas movilizaciones estudiantiles- desemboca en un apocalipsis de acusaciones de “racismo” que son aprovechadas como coartada en la cobertura involuntaria de la criminalidad a gran escala.

Los escasos testimonios en los periódicos de lectores que aclaran que, incluso en el caso de una familia no delincuente, la deportación tiene que ver con el cumplimiento de la ley y no con el color de la piel, se desvanecen ante el autocastigo que ampara a quienes aprovechan esa cobertura social y legal para continuar con su imparable y desbocado cometido criminal de la explotación industrial del comercio a gran escala de niños, esa inagotable materia prima.



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