NUEVO DIGITAL Internacional - José María Marco, autor de 'La nueva revolución americana', a NUEVO DIGITAL 1/2: "La guerra contra el islamofascismo será muy larga y continuará, porque la han declarado los yihadistas, sea cual sea la posición de Estados Unidos"
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José María Marco, autor de 'La nueva revolución americana', a NUEVO DIGITAL 1/2: "La guerra contra el islamofascismo será muy larga y continuará, porque la han declarado los yihadistas, sea cual sea la posición de Estados Unidos"

José María Marco, autor de 'La nueva revolución americana', a NUEVO DIGITAL 1/2: "La guerra contra el islamofascismo será muy larga y continuará, porque la han declarado los yihadistas, sea cual sea la posición de Estados Unidos"

14.02.08 • 16:09 GMT • Javier Monjas - Madrid Email
  • "La corrosión de los valores occidentales ya se ha producido y ahora estamos en la fase terminal de la crisis, en los estertores de la agonía"
  • "La democracia norteamericana es, por su constitución moral y política, la mejor preparada para combatir el totalitarismo religioso"
  • "Los hispanos pueden terminar encerrados en un ghetto por la búsqueda de clientela de los demócratas o por algunos núcleos católicos que mezclan indigenismo con búsqueda de fieles"

Y Ronald Reagan se levantó en loor de multitudes. Y también entre el olor de la multitud de candidatos a la nominación presidencial en Estados Unidos. En el bando republicano, codazos por ver quién era más espiritualmente reaganiano. En el demócrata, Barak Obama reconociendo públicamente su admiración por el ex presidente, en medio de las agrias e impotentes recriminaciones de una Hillary Clinton a quien se le va poniendo lacio el cardado ante los espectaculares, visionarios y reaganianos discursos de su archienemigo competidor. La propia e hiperprogresista CNN emtía un especial conducido por Larry King en el que una turbamulta de sorprendentes personajes pugnaban por encontrar los adjetivos más mayestáticos para el anteriormente descrito como estúpido cowboy de la Casa Blanca. Un año antes, José María Marco había publicado 414 páginas explicando lo mismo, pero en profundidad, y haciéndoselo entender de paso a los europeos, y, más en concreto, a los españoles. A medio camino entre el ensayo en profundidad, el apasionante artículo sobre la lenta maduración política del más activo de los pueblos contemporáneos, y el socorrido manual al que acudir para saber de una maldita vez qué es un neocón, quien acuda a las páginas de “La nueva revolución americana” terminará entendiendo, también de una vez por todas, “por qué la derecha crece en Estados Unidos y por qué los europeos no lo entienden".

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En la siguiente entrevista, el escritor, articulista y profesor, José María Marco, no sólo extrae las consecuencias prácticas de la lenta pero implacable evolución estadounidense hacia la derecha, sino que las aplica a la raquítica situación española. Y, por añadidura, ofrece algunas recomendaciones de consumo interno cuya audacia sólo tiene equivalencia en el coraje de quien primero las planteó al otro lado del Atlántico, en tiempos no muy alejados en forma y fondo del radicalizado y trasnochado izquierdismo contra el que la alta política de Estados Unidos quedó ya vacunada hace tres décadas.

PREGUNTA. Usted describe varias clases de antiamericanismo, en primer lugar, el obvio de izquierdas, que usted considera una “reciclaje del socialismo” en el progresismo antiamericano. ¿Ve usted una evolución en esa postura o considera que continúa anclada en las posiciones de los años sesenta en Europa y de los setenta en España?

RESPUESTA. El antiamericanismo es, efectivamente, un “reciclaje del socialismo” derrotado en el 89. Lo que ocurre es que en Europa, en líneas generales, no hemos hecho el trabajo de reconstrucción de valores y principios, tanto sociales como políticos, que se ha venido haciendo en Estados Unidos desde la crisis de los años setenta. Así que el antiamericanismo conecta con naturalidad a esta nueva izquierda con las corrientes “contraculturales” de entonces. Ahora, en vez de hablar de “contracultura”, que pacería un término poco respetuoso con la corrección política, se habla de “multiculturalismo”. El antiamericanismo, por otro lado, se ha popularizado. En los años setenta era una cuestión élites. Ahora parece haberse convertido en un instrumento de manipulación que permite que quienes antes adherían –aunque fuera vagamente- a un ideario de izquierdas, más o menos socialdemócrata, acepten una política antioccidental, antinacional, antiliberal y en el fondo, antiespañola.

P. Por cierto, hablando de antiamericanismos, usted analiza también el antiamericanismo norteamericano, es decir, aquel que surge como consecuencia de la radicalización izquierdista del Partido Demócrata desde los años sesenta y que ataca los valores tradicionales americanos con que un demócrata como Kennedy había impulsado la explosión del país precisamente en los años sesenta. ¿En qué medida acompaña esa radicalización izquierdista demócrata a la gran crisis estadounidense de los setenta?

R. Es una de sus claves. La expansión de los programas de bienestar en los años sesenta (la Gran Sociedad de Johnson, entre ellos), coincide con el principio de la puesta en crisis de los valores que habían sostenido esa forma norteamericana de Estado de bienestar que fue el “New Deal” de tiempos de Roosevelt. Así que los nuevos programas de bienestar no sólo provocan un incremento descontrolado del gasto, sino que se van poniendo en marcha sin el consenso moral que sostuvo al New Deal. Esto abre una brecha política e ideológica en la sociedad norteamericana y dentro del Partido Demócrata. La presidencia de Carter fue un aparte, un intento de recomponer el Partido Demócrata alejándose de los radicalismos. Pero estos habían llegado demasiado lejos, hasta el punto de hacer suyos elementos de antiamericanismo, en particular a finales de los sesenta y con la Guerra de Vietnam como pretexto. La reacción tenía que venir de otro sitio. Llegó de la mano de Reagan.

Antiamericanismo de derechas

P. Permita que hablemos por último de otro antiamericanismo, entre los menos obvios y conocidos: el antiamericanismo de derechas o liberal. Por una parte, usted menciona en su libro cómo Ortega, por citar una referencia histórica absoluta en ese sector de pensamiento, influye con ‘La rebelión de las masas’ en un cierto “conservadurismo estadounidense”, pero también habla de un cierto rencor histórico europeo liberal y de derechas hacia la hegemonía de Estados Unidos, que termina con la europea y que, por otra parte, el propio Ortega admira. ¿Qué queda de todo aquello? ¿Continúa existiendo hoy un cierto desprecio ‘aristocrático’ liberal a los Estados Unidos, como la diplomacia estadounidense se ha encargado de personificar, precisamente, en algunas frases de Ortega (en ND)?

R. Me parece que no. Lo que todavía existe, sobre todo en Francia y en algunos círculos influidos aún por las posiciones francesas, es una conciencia de inferioridad (en riqueza, poder e influencia) disimulada tras un falso complejo de superioridad. En España, esa franja social es pequeña y tiene poco de ilustrada: se reduce a un cierto mundo de “la cultura” y de la universidad que repite, muchas veces sin saber su origen, los motivos ideológicos elaborados por la nueva izquierda norteamericana de los años sesenta y setenta. En cuanto a un cierto norteamericanismo sociológico, de derechas y de izquierdas, de matiz muchas veces católico, me parece residual.

P. Hablemos de actualidad inmediata. Uno puede detectar un cierto sentimiento antiamericano reciente en sectores conservadores y liberales en las presiones de Estados Unidos (en ND) para implicar a Europa en dos asuntos extremadamente peligrosos para la Unión: la independencia de Kosovo y la incorporación de Turquía a la Unión Europea (en ND). Más allá de las tópicas teorías de la conspiración progre-izquierdistas, comienzan a vislumbrarse también algunas teorías de la conspiración antiamericanas en sectores tradicionalmente americanistas que interpretan esas presiones de Washington como un intento de debilitar a la Unión, metiéndola en avisperos de abrasivas consecuencias para la ‘Vieja Europa’. ¿Qué opina usted en este sentido?

R. Es posible, y hay mucha gente con ganas de tomarse la revancha, pero no creo que a Estados Unidos le interese una Europa tan extremadamente debilitada. Hay formas más sencillas de explicarlo. Para Estados Unidos la independencia o no de Kosovo, y sus consecuencias, son un asunto de orden estrictamente europeo. No intervendrá en un nuevo frente, que además le colocaría de nuevo contra una población musulmana. En el caso de Turquía, los norteamericanos parecen convencidos que su futuro ingreso en la Unión Europea es un factor de estabilización del país. Si los países europeos tuvieran autonomía defensiva, podrían oponerse a esa posición con claridad, y sin perjudicar la estabilidad de Turquía. Somos rehenes de nuestra debilidad.

'Eurabia', una amenaza para Estados Unidos

P. En vista de los casi caóticos -o, en todo caso, fuera de control- casos de Irak y Afganistán, el desafío a cara de perro de Irán y del eje bolivariano, y la alianza con regímenes como el wahabbista saudí y todos sus emiratos satélites, ¿son los Estados Unidos una potencia creíble y con garantías de éxito en el desafío al islamofascismo (en ND) como lo fue frente al socialismo y al comunismo o ‘ya no mete miedo’?

R. La capacidad militar –por hablar sólo de eso- de Estados Unidos no es ilimitada. Siempre tendrá que recurrir a alianzas con indeseables, igual que hizo contra el totalitarismo nazi y contra el comunismo. Lo importante son dos cosas. Una, no retroceder allí donde se ha declarado un conflicto (casos de Irak y Afganistán; y apoyo a Uribe). Dos, mantener la capacidad de movilización interna. La guerra contra el islamofascismo será muy larga, y continuará, porque la han declarado los yihadistas, sea cual sea la posición de Estados Unidos.

P. Ahora, punto de vista contrario. Son muchos los analistas y políticos conservadores estadounidenses que no sólo consideran que Europa está a punto de convertirse en una “Eurabia” técnica -tan amenazante como lo fue la Europa nazi- (en ND), sino que, Europa es ya un peligro directo para la propia seguridad de Estados Unidos (en ND), una especie de base desde donde parten terroristas y no terroristas, pasados y presentes, en su infiltración yihadista en Estados Unidos. ¿De qué forma se ha minado no ya la imagen, sino la propia confianza de Estados Unidos respecto a una Europa que ven fuera de control?

R. De dos maneras, y las dos han sido inducidas por los propios países de Europa. En primer lugar, por la situación de las propias sociedades: baja natalidad (excepto entre los inmigrantes, precisamente); incapacidad de integración o asimilación de los inmigrantes; elogios al multiculturalismo y al diálogo de civilizaciones; y falta de voluntad para defender los valores propios, los de las sociedades abiertas, democráticas y liberales, en última instancia judeocristianas. En segundo lugar, por seguir empeñados, incluso después de la declaración de guerra que fue el 11-S, en seguir parasitando el esfuerzo en seguridad y defensa norteamericano. Es lógico que se nos vea así del otro lado del Atlántico. En cualquier caso, estoy convencido de que si los países europeos quisieran, podrían dar un vuelco a estas tendencias. Tienen recursos y capacidad suficiente. Y la población musulmana que vive en Europa, si percibiera con claridad unas posiciones nuevas, no estaría tan proclive a sucumbir al chantaje en que hoy la mantiene el radicalismo.

'Corrosión' de los valores occidentales

P. Se lo preguntaré ahora de forma más concreta, y, por favor, añádale usted un punto de ‘realpolitik’: ¿Tienen los Estados Unidos actuales fuerza moral y liderazgo práctico suficiente como para encabezar un movimiento contra la rendición de las democracias occidentales tal y como lo hicieron en la época de Reagan frente al comunismo y con toda la ‘Vieja Europa’ en su contra, con excepción del periodo de Margaret Thatcher en el poder, y de la paralela demolición de Juan Pablo II?

R. Por ahora sí. Recuerde usted que Estados Unidos contó en los ochenta con tan pocos aliados como ahora. Pero esa posición se debilitará pronto si los europeos no se toman en serio la yihad. ¿Por qué van a seguir liderando a países que ni aceptan ese liderazgo, ni comparten sus objetivos y que, aun así, quieren seguir viviendo bajo el paraguas militar norteamericano? El factor nuevo, hablando de realpolitik, es la emergencia de Rusia como futura potencia no democrática. Esa es la baza de los europeos para seguir a Estados Unidos.

P. Usted liga crisis económica y crisis moral en las democracias occidentales durante los setenta, en un escenario dominado por la derrota estadounidense en Vietnam, la humillante crisis de los rehenes de Irán, la creciente presión e influencia de la Unión Soviética en el Tercer Mundo y en la Europa del Este, etc. Cambie la Unión Soviética por el islam, y cambie Vietnam por Irak y Afganistán. ¿Estamos en un escenario similar en el que se producirá -o se está produciendo ya- similar corrosión en los valores democráticos occidentales desde dentro?

R. Esa corrosión ya se ha producido. Estamos en la fase terminal de la crisis, en los estertores de la agonía. Hay signos que permiten esperar que se ha iniciado una recuperación, como la movilización social contra la nueva izquierda de Rodríguez Zapatero en España. Y como he dicho antes, hay recursos suficientes. Lo que resulta más difícil es la articulación política de esa reacción: demasiados años de dictadura de corrección política, demasiados avances en una mentalidad postcristiana, desplome de valores morales básicos, como el simple reconocimiento del esfuerzo y del trabajo.

P. Un Reagan que repetía cómo “el futuro no pertenece a los tibios, sino a los valientes”, demostró el dicho interviniendo de forma abierta, activa y hasta armada en cuanto conflicto o rebelión pudiera minar la influencia de la Unión Soviética. ¿Tiene o tendrá margen la política estadounidense -sea cual sea el partido y candidato que salga de las elecciones de noviembre- para demostrar similar contundencia en el combate de los expansionismos bolivarianos y satélites, e islamistas y satélites, ambos, por otra parte, coaligados?

R. Todavía sí. Si mantiene una posición firme, podrá mantener sus actuales aliados e incluso sumar alguno nuevo. La economía norteamericana, a corto y medio plazo, puede seguir manteniendo la hegemonía militar. Otra cosa es que quiera. Pero eso es precisamente lo que se dilucida en estas elecciones. No hay muchas razones para sentirse optimista.

'Hispanos en un ghetto' por iglesias católicas y demócratas

P. Los Estados Unidos se manifestaron absolutamente decisivos y letales en el combate de totalitarismos políticos y morales, desde el nazismo al comunismo. ¿Está preparada la democracia estadounidense, desde su propia esencia constitucional, para combatir con igual contundencia el totalitarismo religioso que ha declarado abiertamente la guerra a Occidente en su conjunto? Es decir: ¿la democracia y la sociedad estadounidenses disponen de armas y rango de acción moral suficiente como para combatir a gente que quiere morir matando con todo lo que ello representa?

R. La democracia norteamericana es, por su constitución moral y política, la mejor preparada para combatir el totalitarismo religioso. Es la raíz religiosa de la nación, el hecho de que la religión no haya sido nunca expulsada de la vida pública, la vivencia religiosa de buena parte de la población, lo que le ha convertido al mismo tiempo en el principal blanco del ataque y el bastión de resistencia más fuerte. Eso es así dentro del país, como lo demuestra la ausencia de atentados e incluso la capacidad de asimilación de las minorías musulmanas. Y también lo es fuera, como lo demuestra la voluntad –hasta ahora- de plantar cara a la yihad que le han declarado (y al resto de Occidente, de paso).

P. Hablemos ahora del futuro de Estados Unidos como nación en sí misma. Algunos grandes teóricos americanos, como el propio Samuel Huntington, ven en la masiva inmigración hispana un factor inasimilable para la mentalidad ‘wasp’ que hizo grande al país (en ND), en explícito contraste con lo que sucedió con las colonias francesas y españolas. Huntington cree que los mexicanos y otros grupos hispanos de inmigración reciente se han mantenido y se mantendrán fuera del ‘melting pot’ clásico americano (en ND), como, por otra parte, ya confirman los estudios demográficos, por no hablar de los datos del censo (en ND). Y ello, sin olvidar fenómenos de reivindicación directa y agresiva de territorio estadounidense, como en el caso del movimiento Aztlán (en ND). ¿Considera usted, como Huntington, que la inmigración hispana, y, especialmente la mexicana, disolverá la unidad cultural, nacional y hasta política de los Estados Unidos en un país donde los blancos son ya minoría mayoritaria?

R. No. La inmigración hispana es cristiana y occidental, por mucho que Huntington se empeñe en pensar que la América española o América Latina no pertenece a Occidente. Entiende bien los valores de la sociedad norteamericana y los aprecia. Otra cosa es la evolución de las posiciones políticas e ideológicas dentro de la sociedad norteamericana. La vuelta al nativismo –es decir, la ortodoxia nacionalista, entre étnica y cultural-, a la reivindicación de la identidad cultural norteamericana supuestamente en peligro, puede retraer a los hispanos. Y de ella se aprovecharán quienes fomentan políticas de identidad, a veces teñidas de antiamericanismo.

El peligro está más en la actitud de algunas minorías blancas, como los grupos de izquierda que buscan la clientela hispana para el Partido Demócrata y que pueden acabar encerrando a los hispanos en un ghetto, o como algunas iglesias, en particular algunos núcleos católicos, que mezclan fomento del indigenismo y búsqueda de fieles. Por otro lado, y por salir un poco de la cuestión de los hispanos, me parece sumamente peligroso, también para el futuro de la nación norteamericana, el intento de dividir el electorado el grupos identitarios automáticamente relacionados con una reivindicación planteada en términos de reparación histórica, desagravios y de supuestos derechos. Es lo que ha ocurrido con la “comunidad gay”. Resulta siniestro.

El ciclo liberal, en posible crisis

P. Por cierto, ¿por qué el odio generalizado estadounidense contra Bush -más o menos radical de Venezuela a Argentina o de México a Bolivia- cuando no ha habido muchos presidentes más defensores que él de los emigrantes hispanos -legales e ilegales- en Estados Unidos, hasta el punto de jugarse su poder contra su propio partido en una ley como la de emigración que el presidente no puso sacar adelante en un escenario de abierto enfrentamiento con su propio partido?

R. La presidencia de Bush coincide con dos fenómenos. Uno es el resurgimiento del populismo en determinadas zonas de América Latina donde las políticas 'neoliberales' no lograron estabilizar las instituciones democráticas, ni garantizar la seguridad, ni ampliar la base de la prosperidad. El otro es la decisión de Bush de responder en términos bélicos a la yihad, lo que lleva a la movilización del patriotismo norteamericano, con todas las connotaciones históricas que eso tiene en América Latina, tan fáciles de manipular. Por otra parte, la administración Bush no ha tenido como prioridad América Latina y su diplomacia has estado muy lejos de ser la “diplomacia militante” o “proactiva” que preconizó en algún momento. El Departamento de Estado, los propios diplomáticos e incluso los propios cargos elegidos por Bush –usted citaba antes las torpezas de Karen Hugues (en ND)- han jugado en contra de la política del presidente.

P. Permítame que hablemos ahora de política interna. A juzgar por los graves fracasos de Bush a la hora de sacar adelante destacadas leyes a las que se opuso su partido parece que el peor enemigo del presidente ha sido y será el propio Partido Republicano, que usted describe con una deriva ‘lobbista’ y encastillado en intereses egoístas frente al republicanismo moderado y social de Bush, en la tradición de su familia y de otros presidentes republicanos anteriores. ¿Hacia dónde camina el republicanismo estadounidense?

R. Está por ver. Se habla mucho de reconstruir la coalición de tiempos de Reagan, la “Reagan coalition”. Pero habrá de ser reconstruida sobre nuevas bases, en las que las cuestiones morales que se han puesto encima de la mesa durante la presidencia de Bush (desde la respuesta contra la yihad al liderazgo de Estados Unidos, y desde la situación de la escuela pública o el estado de la sanidad hasta el matrimonio entre personas del mismo sexo) tendrán que tener un papel relevante. Es posible que haya entrado en crisis el ciclo liberal, tal como lo hemos conocido, y que el republicanismo se haya vuelto definitivamente más conservador, más intervencionista. El éxito de McCain y de Huckabee, empujados por las propios votantes más que por el aparato del Partido Republicano, así lo indican. Por otra parte, no se sabe cómo los republicanos van a reaccionar a la ola de “renovación”, encarnada por Barack Obama- que parece barrer la sociedad norteamericana después de treinta años de hegemonía liberal-conservadora.



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