Mugabe proclama una ley de "indigenización" de Zimbabwe para forzar la toma del control de las empresas del país por parte de ciudadanos negros
X- Zimbabwe, inflación 2007, datos oficiales: 66.212,3 por ciento; subida de precios en alimentación: 79.412 por ciento
- NUEVO DIGITAL - ARCHIVO-SELECCIÓN - ZIMBABWE: DEL 'GRANERO DE ÁFRICA' DEL RACISMO BLANCO DE RHODESIA, AL 'APOCALYPSE NOW' DEL RACISMO NEGRO DE ZIMBABWE
En la Unión Europea andan muy preocupados por el hecho de que sus observadores no hayan sido invitados a vigilar las próximas elecciones en Zimbabwe, lo que lleva a las esponjosas mentes sobre las mullidas moquetas de Bruselas a mostrar su “preocupación” por la potencial “amenaza para (la celebración de) unas elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas”. Es una forma de decirlo. Otra manera alternativa es constatar que todo está previsto para que Mugabe vuelva a arrasar. Pero más allá del folklórico tipismo local de encerrar un mes en la cárcel a un ciudadano que se atrevió a romper un póster electoral del líder -delito inmediatamente delatado por los concurrentes-, lo cierto es que el presidente del país ha vuelto a depositar en la urna preelectoral la misma y segura papeleta de siempre: el odio al blanco. Incluso cuando el blanco es tan ciudadano del país como cualquier negro. Y eso, le volverá a otorgar el apoyo aplastante de un país en una situación de calamidad bíblica que traspasa al ‘europeo’ la culpa de un infortunio ya mítico.
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Le dio resultado en 2000, cuando confiscó las grandes plantaciones de tabaco controladas por blancos (ciudadanos de Zimbabwe desde hacía generaciones) en medio de un no menor despliegue de coloridos chantajes, corruptelas y asesinatos que desplomaron en meses la principal fuente de divisas para el país y arruinaron los cultivos, con las turbas machete en mano saqueando lo que pudieron y, después, dejando para el recuerdo la alta productividad de unas explotaciones en la vanguardia del negocio internacional. Y todo ello, en medio del patético espectáculo de unas broncas matrimoniales entre Mugabe y su explosiva cónyuge que provocaban que los numerosísimos séquitos de esposo y esposa se persiguieran por los hoteles de lujo de medio mundo, mientras, en casa, en su pueblo natal, el líder se hacía construir un museo de 4 millones de euros para perpetuo albergue de la memoria de su, sin duda, irrepetible personalidad (en ND).
El indígena dedo de Mugabe
Ahora, Mugabe vuelve a jugar la misma carta del odio al blanco, pero esta vez va más allá. El invento se denomina en esta ocasión Ley para la Potenciación Económica e Indígena, y la clave está en la palabra ‘indígena’, puesto que se considera como tal al ciudadano negro, y no al blanco, por mucho que indígenamente haya nacido en el país. Según informaba la prensa local -por supuesto, controlada férreamente por el gobierno-, “los zimbabuenses indígenas deberán poseer al menos el 51 por ciento de las acciones de toda compañía cotizada o de otros negocios”. Ninguna reestructuración, fusión o escisión se autorizará a menos de que los “zimbabuenses indígenas” controlen la parte reservada para los ciudadanos “locales”. O sea, según titulaban algunos medios internacionales de postín con inusitadamente descarnada efectividad, “los negros controlarán las empresas”.
Según los medios oficiales y semioficiales del país africano, las nuevas disposiciones suponen el “envío de un claro mensaje en el sentido de que el camino a la prosperidad llegará a través de la potenciación de las personas indígenas de este país”. Algunos analistas financieros internacionales habían preferido ver todo el asunto en una mera clave electoral, de forma que la realidad post electoral al final desdibujara el indigenismo potenciador. En este sentido, y en buenista interpretación, se deseaban analizar los agujeros legales abandonados en el texto aprobado, de forma que, también supuestamente, tales imperfecciones neutralizarían las vitriólicas intenciones del mencionado indigenismo potenciador.
Pero no. De hecho, pronto esos mismos analistas se dieron cuenta de que, además de agujeros, la ley tenía grandes y aparatosos recursos de acción discrecional del gobierno que permitirían a Harare escoger qué grandes empresas internacionales caerían bajo el indigenismo potenciador. De hecho, los grandes medios financieros internacionales temen ya por la suerte de las pocas multinacionales que quedan en el país, desde la minera Río Tinto a la tabaquera British American Tobacco, pasando por la bancaria Barclays. En este sentido, las nuevas normativas no han hecho más que terminar de asustar a los escasos inversores que resisten una situación legal económica que no hace más que reflejar la asfixia de una población en situaciones sociales derivadas de datos macroeconómicos imposibles.
La "revolución" y "los medios de producción"
Imposibles incluso en la ficción, pero posibles en Zimbabwe, donde, según datos oficiales de la propia administración de Harare, la inflación media de 2007 se cerró en un espectacular 66.212,3 por ciento, aunque la subida en los alimentos y en las bebidas no alcohólicas llegó, para el mismo periodo de tiempo, al 79.412 por ciento. Algunas fuentes occidentales inciden en que, en realidad, las autoridades han maquillado los auténticos datos de las subidas de precios, de forma que la inflación habría sobrepasado el 100.000 por ciento, unos datos que harían palidecer los récords de la República de Weimar. Con esta realidad, y con la nueva oleada de pánico levantada por el afán indigenista potenciador, el ministro del ramo -es decir, del indigenismo potenciador en sí mismo, pues esa denominación lleva su ministerio-, aparecía ayer en rueda de prensa para intentar tranquilizar al personal no indígena afirmando que “no todos los negocios tendrán que tener un 51 por ciento de propiedad indígena”, sino que “el gobierno lo decidirá en función de la inversión de capital y de los niveles de empleo”.
Es decir, lo que se temía: que todo quedará en manos del dedo de Mugabe para apuntar qué empresa (de blancos, ciudadanos o no de país) deberá vender la mayoría de su capital a ciudadanos (negros) de Zimbabwe. En otras palabras, y viendo el desenlace de las anteriores aprehensiones de propiedades a blancos, lo que se decidirá es en dónde se establecen los más coloristas y espectaculares niveles de corrupción en el reparto del botín. Remontándose a los tiempos coloniales, Paul Mangwana, ministro de Potenciación e Indigenización, afirmaba que “los negros no tenían permitido abrir cuentas corrientes o iniciar negocios. Ha llegado el momento en corregir eso. La revolución no estará completa hasta que los zimbabuenses no controlen los medios de producción”. Con esta medida, el maoísmo racista negro de un Mugabe que estudió Economía en la London University vuelve a sus revolucionarias teorías de regeneración económica, que le han llevado en los últimos años a imprimir dinero de forma compulsiva porque, en su opinión, eso debería mantener los precios bajos.
