NUEVO DIGITAL Internacional - Un líder musulmán denuncia la cobardía de la policía británica por no combatir con decisión los harenes sexuales de menores blancas ante el temor de ser tildada de "racista"
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Un líder musulmán denuncia la cobardía de la policía británica por no combatir con decisión los harenes sexuales de menores blancas ante el temor de ser tildada de "racista"

Un líder musulmán denuncia la cobardía de la policía británica por no combatir con decisión los harenes sexuales de menores blancas ante el temor de ser tildada de "racista"

27.03.08 • 16:27 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

En las zonas de mayor incidencia, particularmente en las ciudades del norte de Inglaterra, todo el mundo lo sabe, lo comenta, o incluso conoce algún caso, siquiera sea de forma indirecta. Pero es una especie de tabú del que sólo muy de vez en cuando se habla abiertamente en la sociedad británica ‘publicada’. De hecho, hace cuatro años tuvo que ser suspendido un reportaje de Channel 4 sobre las “cuadras” de menores -incluso de doce años de edad- donde niñas y adolescentes -blancas, siempre blancas- son dedicadas a la prostitución o a saciar los deseos sexuales de sus ‘amos’ a cambio de unas pocas pastillas de éxtasis. La policía advirtió entonces de que el reportaje podría hacer estallar una oleada de violencia racial -no blanca- y pidió su retirada. Lo que la cadena hizo. Sin embargo, la situación ha llegado a tal nivel de extensión -y degeneración- que, aunque advirtiendo de que no se trata de un tema de “musulmanes” o no musulmanes, son algunos propios líderes islámicos en el Reino Unido los que han levantado la voz alarma sobre las descontroladas dimensiones de los harenes de menores blancas montados y gestionados, generalmente, por pakistaníes.

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Cada vez parece más evidente que los propios líderes musulmanes británicos, que hasta no hace demasiado combatían la “islamofobia” y no se cansaban de denunciar “discriminaciones” y “ataques” contra su comunidad religiosa, se ven también cada vez más abrumados por una realidad -la de sus propias comunidades- que les desborda. En la inmensa olla a presión de un Reino Unido aplastado por el multiculturalismo, y, por cuya gigantesca brecha, el islam introdujo a saco todo su poder disolvente -hasta llevar al propio arzobispo de Canterbury a reclamar la sharia para el ordenamiento civil británico-, en esa inmensa y ‘diaria’ presión, cada vez son más claros los signos de que la situación ha llegado a tal nivel de corrupción que ha adoptado una dinámica propia, una grave y caótica deriva interna. Hace ya mucho que las autoridades británicas renunciaron a defender con todas las consecuencias los valores tradicionales de la democracia británica. Pero es que, ahora, son las propias élites musulmanas las que exigen mayor acción de esas mismas autoridades ante la brutalidad de una situación que también ellos ven fuera de control.

¿Exagerado calificarlo de tensión ‘diaria’? ¿Una visión demasiado complaciente la de ver a líderes musulmanes defendiendo la ‘britaneidad’? A diferencia del visceral y cerval odio que manifiestan muchos musulmanes españoles -casi en exclusiva, conversos- por cualquier símbolo o acontecimiento histórico que remotamente suene a español, los líderes islámicos británicos salían ayer en tromba en defensa de la Union Jack después de que el brutal imán Omar Bakri Mohammed atacara a un famoso boxeador musulmán por llevar la enseña británica en sus calzones deportivos o por enarbolarla al término de sus combates. En una entrevista con el Sun, Omar Bakri (ND) -máximo forofo de la "ejecución" (ND) de los dibujantes de las viñetas de Mahoma y próximo al no menos bestial clérigo Abu Hamza (el del gancho de pirata en uno de sus brazos (ND)) -declaraba al joven Amir Khan -medalla de plata en los últimos Juegos Olímpicos- como un “no buen ejemplo” y sentenciaba: “Lleva calzones con la Union Jack. Eso es pecado. No debería llevar la bandera porque la única soberanía es la de Dios. Su única obediencia debería ser al profeta Mahoma”. “La situación ideal sería la de tener un equipo musulmán no registrado en ningún estado, de forma que pudiera representar a la comunidad islámica”, concluía Bakri, quien, junto con Hamza, siempre defendió los atentados suicidas entre inauditas explosiones de odio a Occidente en sus sermones y exigencias de que los niños musulmanes “deben matar o morir” por el islam.

La condena del boxeador renegado

“(Amir) es un boxeador enormemente exitoso, orgulloso de ser musulmán y británico. Puedo entender que eso pueda molestar a Omar Bakri, pero para 200.000 musulmanes británicos, Amir Khan es un modelo maravilloso”, declaraba casi de inmediato un alto directivo del Consejo Musulmán del Reino Unido. Hasta dónde los líderes islámicos comparten el orgullo nacionalista británico que demuestra el joven boxeador musulmán, o hasta dónde intentan que no se convierta en objetivo a abatir por las manadas de Bakri o de Hamza -que han debido tomar nota de la explícita equiparación del deportista a un “kuffar” o “infiel”- es difícil de determinar. Como también es difícil de determinar -en caso equiparable a España- por qué le molesta tanto al clérigo musulmán la bandera británica, pero tan poco las 300.000 libras (casi 400.000 euros) del fisco -igualmente británico- que él y sus seis hijos recibieron durante veinte años en beneficios sociales, según descubrieron investigaciones periodísticas.

Mientras tanto, y en una nueva demostración de la superación a la que se están viendo sometidas las anteriormente vitriólicas organizaciones islámicas, era una de ellas bien conocida, la Ramadhan Foundation, la que denunciaba cómo la policía británica era “excesivamente cautelosa” al investigar a las bandas de pakistaníes que prostituyen a niñas y adolescentes blancas a cambio de droga. Con el 'Verano de la Violencia' aún fresco en la memoria (ND), y tratando el mismo tema que llevó a la ‘prohibición’ del reportaje de Channel 4 hace cuatro años por miedo a un estallido de 'cólera' étnica, Mohammed Shafiq declaraba ahora en un reportaje de la BBC: “Creo que la policía es excesivamente cautelosa al no tratar abiertamente este tema porque teme que se la etiquete de racista, y yo creo que eso está mal. Son delincuentes y deben ser tratados como delincuentes. No son delincuentes asiáticos (pakistaníes, en el lenguaje políticamente correcto británico). No son delincuentes musulmanes. Son delincuentes, y deben ser tratados como delincuentes”, decía Shafiq. Es curioso, pero hace menos de tres meses, el mismo Mohammed Shafiq de la Ramadhan Foundation exigía que la Iglesia de Inglaterra adoptara “acciones contundentes” contra el obispo Nazir-Ali -nacido pakistaní- por declarar, precisamente, cómo en el Reino Unido el islam se está imponiendo a base de amedrentar a los no musulmanes, y cómo ya hay zonas “vetadas” a los "kuffar" donde la población islámica impone su ley -y sus bandas (ND).

El mercado de las potras infieles

Ahora, en esta ocasión, el propio director de la Ramadhan Foundation se autorreconocía como el único líder musulmán en el Reino Unido que habla abiertamente contra esta clase de 'disfunciones' sociales, entre otras cosas porque él mismo tiene dos hijas, "y no me gustaría que les pasara a ellas". Pero Shafiq puede estar tranquilo. Nunca les pasará este tipo de cosas a sus hijas. Les pasa a menores blancas, seducidas por las drogas y la vida alocada de la ‘liberación’ sexual juvenil que ahora alarma a los mismos psicólogos que anteriormente la defendieron (ND), niñas y adolescentes -la inmensa mayoría procedente de los confiados hogares de clase media- que terminan pasando de mano en mano -es un decir- dentro de las bandas de pakistaníes que, a cambio de unas pastillas de éxtasis, sacian sus ansias sexuales con las ‘furcias’ blancas, mientras, además, ganan un buen dinero con la carne bien fresca puesta en el mercado. Según informaba NUEVO DIGITAL el año pasado (ND), y según confirma ahora el reportaje de la BBC, la inmensa mayoría de los ‘comerciantes’ de la más fresca carne blanca está compuesta por pakistaníes que operan en las ciudades del norte de Inglaterra, aunque en las Midlands son afrocaribeños, y, en otras zonas, blancos (del Este de Europa), turcos y kurdos.

Pero siempre material de primera en el negocio: blancas de incluso doce años y menores en todo caso que consiguen sus dosis de cielo discotequero a cambio de un infierno terrenal en el que hasta la policía tiene pánico de meterse, y no por la peligrosidad de los sujetos -muy crecidos por su impunidad-, sino por la posibilidad -cierta- de ser tildados los agentes de “racistas”, “xenófobos” o “islamófobos”, incluso por quizás los mismos que, dentro y fuera del gobierno, exigen ahora detener de una vez por todas las cada vez más extendidas cuadras de las sucias potras infieles.



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