NUEVO DIGITAL Internacional - Conmoción en Estados Unidos por la creciente y sádica violencia mostrada por chicas jóvenes tras la brutal paliza propinada a una adolescente por sus propias compañeras para ser difundida a través de YouTube
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Conmoción en Estados Unidos por la creciente y sádica violencia mostrada por chicas jóvenes tras la brutal paliza propinada a una adolescente por sus propias compañeras para ser difundida a través de YouTube

Conmoción en Estados Unidos por la creciente y sádica violencia mostrada por chicas jóvenes tras la brutal paliza propinada a una adolescente por sus propias compañeras para ser difundida a través de YouTube

14.04.08 • 04:29 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Es uno de los motivos de broma más recurrentes entre periodistas que han cubierto conflictos violentos en general, y bélicos en particular. Frente a los lugares comunes de fofo pacifismo de absurdo gineceo feminista sobre ‘si-las-mujeres-gobernaran-el-mundo-se-terminarían-las-guerras’, la experiencia sobre el terreno muestra cómo son ellas, en realidad, metidas en faena. Este periodista recuerda las grandes risotadas de una, por otra parte, encantadora, dulce y amable mujer bosnia, al describir cómo los vecinos de una etnia rival salían medio ardiendo de su casa recién incendiada durante los ajustes de cuentas entre los residentes de una pequeña localidad entre Mostar y Jablanica, puesto avanzado entonces de las tropas españolas en la 'carretera de la muerte' hacia Sarajevo, en plena guerra civil en Bosnia y Herzegovina a comienzos de los noventa. Sin embargo, en los países occidentales, la experiencia de este mismo periodista sobre violencia entre mujeres se reducía a alguna esporádica y espontánea pelea presenciada en algún no siempre recomendable bar estadounidense, que, lejos de las brutales, sangrientas y muchas veces armadas peleas entre hombres, generalmente era recibidas por la concurrencia con un malamente reprimido grito festivo de ‘Cat fight!!!’, y que solían solucionarse con unos pelos de menos y unos arañazos de más, entre mucho chillido propio, precisamente, de ‘pelea de gatos’. Hasta ahora.

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Para empezar, no es necesario ni residir en Estados Unidos, ni tan siquiera viajar allí para pasar largas semanas en los bares americanos si se desea tentar la esperanza de presenciar una genuina ‘cat fight’ a la americana. Basta con acudir a YouTube, introducir términos de búsqueda como ‘girl fight’ o el más familiar de ‘cat fight’ y, en escasos segundos, aparecerán decenas de tentadores vídeos dispuestos para ser degustados por el oculto aficionado a presenciar las volátiles peleas entre mujeres. Su un tanto gaseosa agresividad, unida a los bajos niveles de daños mutuos inflingidos, terminaron por convertirlas en espectáculo institucionalizado en su acepción de peleas en el barro, lejos de las feroces y salvajes luchas entre hombres, muchas veces con armas de por medio, preparadas o improvisadas, y cuyo solo recuerdo revuelve el estómago al más sádico de los gourmets de la violencia humana, por mucho que también terminen con frecuencia en Internet.

Potencial cadena perpetua por "secuestro"

Y mucho gourmet de la violencia ajena debe haber por el mundo habida cuenta de que los vídeos de ‘cat fights’ acumulan muchos cientos de miles de visitas cada uno, con algún que otro sitio web dedicado en exclusiva a su recolección y exhibición. Sin embargo, las imágenes grabadas y distribuidas a través de YouTube la semana pasada sobre la agresión en una localidad de Florida a una adolescente 'cheerleader' por parte de sus amigas y compañeras han desarmado los tópicos sobre las tradicionales peleas entre chicas por reconcomidos y fermentados celos o por absurdos piques de concierto con demasiado alcohol en las venas, y han pasado a la categoría de asalto premeditado, secuestro, y difusión masiva por medio público. Los ochos adolescentes -seis chicas y dos chicos- que a finales de marzo, prepararon, participaron y grabaron en vídeo una paliza ‘de escarmiento’ a su compañera Victoria Lindsay -de 14 o 16 años, según versiones-, van a ser juzgados como adultos y no como los menores que son, con edades también comprendidas entre los 14 y los 18 años. De hecho, con acusación pública de “secuestro” y bajo las leyes para adultos, se arriesgan a la cadena perpetua.

En Estados Unidos, en tertulias en los medios y en informaciones de prensa en general, se constata cómo, al final, el vídeo terminó en YouTube por un camino más retorcido de cómo habían previsto los adolescentes, las seis chicas que dieron una brutal paliza a su compañera, y los dos chicos que, manteniéndose al margen de la acción, presenciaron y grabaron en vídeo lo que sucedió en la casa de Lakeland, en el estado de Florida. Fue la misma policía la que, amparándose en que se trataba de un documento público de difusión obligada, facilitó a los medios una copia de una parte de la grabación, la menos cruenta, copia que, al final, terminó no sólo en YouTube, de la misma forma en que la ‘producción’ había sido concebida, sino también en las pantallas y sitios web de prácticamente todos los medios de todo el país, por mucho que Google Video o el propio YouTube terminaran retirando las 'versiones en bruto'.

"¡Cuidado con la vitrina!"

Al cierre de esta información, tanto el perfil como la propia página de Victoria Lindsay, con edad falsificada, se encontraban aún disponibles en MySpace. Al parecer, Victoria ‘Tori’ Lindsay había escrito en esa misma página de la red social algunos comentarios sobre sus amigas que poco gustaron a quienes, en días, se confabularon para darle un escarmiento que recordaran los siglos -vía YouTube. En la parte conocida del vídeo, una enfurecida April Cooper, de 14 años, golpea con una inaudita y fría brutalidad a Tori Lindsay mientras le pregunta a gritos por qué no le gustaban sus amigas, cada pregunta reforzada por una lluvia de golpes en la cara. Sin embargo, el fragmento del vídeo conocido está precedido por muchos más minutos. De hecho, al comienzo de la grabación hecha pública, Tori aparece en posición fetal en un sofá intentando resguardarse de una de las frecuentes lluvias de golpes de aquella larga tarde del 30 de marzo. En ese sofá había permanecido inconsciente varios minutos después de que sus agresoras la golpearan la cabeza contra una pared, y mientras las mismas vengadoras aguardaban a que se despertara para continuar con el escarmiento, que es la parte que el público ya conoce, incluidas las advertencias de no golpear la vitrina ("Don't hit the show!, don't hit the show!") junto al rincón en que fue acorralada Tori cuando se la impidió abandonar la casa de la encerrona (Vídeo - En inglés).

Según declaraba Frank Green, el director ejecutivo de la organización Keys to Safer Schools (Claves para unos Colegios más Seguros), “por un parte, las chicas siempre han sido más despiadadas que los chicos. Su violencia es de naturaleza personal”. En opinión de Green, mientras los chicos tienen en general un objetivo concreto cuando mantienen una pelea, “las chicas quieren causar dolor y hacer que la otra chica (agredida) se sienta mal”. En otras palabras, y frente a la violencia abierta y ‘limpia’ de los hombres, la retorcida venganza de humillación, castigo y ensañamiento de las chicas, algo que el inglés americano describe con la palabra “bitchy”, y que en el español de España tiene una equivalencia aproximada en el “malas” aplicadas a unas mujeres que muestran un grado de perversión y crueldad refinada de las que los hombres carecerían, absortos en la pura violencia causante de daños físicos. Es, en cierta forma, la experiencia bosnia de este periodista compartida al comienzo de este artículo, con una apacible mujer degustando la humillación y el dolor inflingidos en sus odiados vecinos de otra etnia a través de los hombres, los brazos ejecutores del hecho violento en sí mismo, desprovisto, bajo su feroz destructividad, de la enorme carga de sordo rencor que la parte femenina de la tragedia estaba degustando. Según datos oficiales, correspondientes a 2003 y, por tanto, sin duda muy superados por el tiempo transcurrido, un 25 por ciento de las adolescentes de Estados Unidos en edad de instituto se habían visto envueltas en episodios violentos de combate físico durante el año anterior, con un 40,5 por ciento en el caso de sus compañeros masculinos.

MySpace y el Anticristo

Sin embargo, en esta ocasión, como en otras anteriores en las que jóvenes españoles -en este caso, casi siempre masculinos- tampoco se quedaron atrás con sus frías y calculadas grabaciones de agresiones para ser distribuidas por Internet, el factor que ha terminado de envenenar el debate se llama YouTube, en este caso, además con el reforzamiento de una afrenta que había comenzado con comentarios considerados insultantes en otro sitio web de bandera y polémica constante como MySpace. Patrick Lindsay, padre de la agredida Tori, lo exponía de forma muy gráfica en una entrevista de televisión: “Por lo que a mí respecta, MySpace es el Anticristo para los chicos”. ¿Son las redes sociales por Internet la causa o el efecto de la extremada violencia demostrada por las dulces y guapas adolescentes que comparecían con la cabeza gacha desde la cárcel por videoconferencia ante la juez, pero que, antes de declarar, reían a carcajadas y bromeaban sobre su irónica impresión de que no iban a poder ir a la playa durante las vacaciones de primavera?

Como era de esperar, los psicólogos y otros ‘expertos’ se han volcado con renovado furor sobre el episodio. Una psicóloga destacaba cómo, con sus bromas al ser detenidas, las chicas mostraban una “desconexión entre sus acciones y sus pensamientos”. En una nueva demostración de análisis basados en unos pocos lugares comunes, la psicóloga Susan Lipkins añadía: “Ellas (las agresoras) creen que toda la sociedad lo está haciendo, y creen que es divertido. Así que lo ponen en YouTube. Y no creo que esperaran herir a nadie en serio. Y no creo que esperaran ser cogidas ellas mismas”. Tori terminó con los dos ojos morados, más golpes y arañazos por varias partes del cuerpo. Las familias de las agresoras han pedido ahora protección policial porque están recibiendo decenas de llamadas insultantes, muchas de ellas, con amenazas de muerte, reforzadas con las pertinentes versiones online del acoso en la forma de más vídeos ‘ad hoc’ en YouTube. Incluso algunas familias ajenas al asunto, pero que cuyos miembros comparten nombre y apellidos con alguna de las agresoras, están recibendo amenazas, y se encuentran atemorizadas ante la tensión acumulada en torno a tan insólito caso de estéril violencia, esta vez femenina.

YouTube y los medios, ¿responsables?

Desde reputados centros de educación y análisis para periodistas, como el Poynter Institute, se insiste en que ni YouTube ni los medios pueden ser culpados por su papel de repetidores, y, quizás, indirectos y necesarios instigadores, que llevaron a estos y a otros niños, adolescentes y jóvenes a su efímera gloria. Para estos analistas, el vídeo “cuenta más sobre la verdad de lo que pasó que cualquier otra forma de información podría haber contado” y, por ello, debe ser dado a conocer. Otros analistas de la comunicación destacan la hipocresía pública en el sentido de que es precisamente el público el que está prestando atención a tanta violencia gratuita. “No hay nada que obligue al público a prestar atención” a estos hechos, decía un profesor de comunicación de la Universidad de Illinois en Chicago. Entre la repulsa y la atracción, al final, los chicos de Lakeland consiguieron sus minutos de fama mundial, aunque el escarmiento global también se los llevará por delante, con ellos mismos de protagonistas en decenas de vídeos por todo YouTube ante el mismo tribunal que les podría condenar, ante la dureza anunciada por la acusación pública, a largos años de cárcel, si no a cadena perpetua.



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