Al Ándalus, en retirada de su propia fábula como salvación de una Europa medieval en tinieblas: Un nuevo libro publicado en Francia insiste en desmontar el mito de la deuda de Occidente con el islam
X, XLe Monde: “Contrariamente a lo que se repite en un ‘crescendo’ desde los años 60, la cultura europea, en su historia y en su desarrollo, no debería gran cosa al islam. En todo caso, nada esencial”. Le Figaro: “Felicitamos al Señor Gouguenheim por no haber temido recordarnos que hubo un crisol cristiano medieval, fruto de las herencias de Atenas y de Jerusalén”, mientras que “el islam apenas presentó su conocimiento a los occidentales”. Estos son algunos de los comentarios que ha merecido "Aristote au Mont Saint-Michel", el reciente libro de Sylvain Gouguenheim, profesor de historia medieval de la Escuela Normal Superior de Lyon. Ruptura de tópicos y lugares comunes, y valentía -también en sentido físico-, son las dos cualidades que la trompetería de la gran prensa francesa ha destacado de un ensayo que viene a coincidir en su salida con otro estudio en el mismo sentido publicado en España por Rosa María Rodríguez Magda (ND 1 y 2) “Inexistente Al-Andalus. De cómo los intelectuales reinventan el islam”. Cómo estarán las cosas que, en caso insólito, en el mismo acto en el que un destacado jurado concedía a la autora el Premio Jovellanos de Ensayo, ese mismo jurado pedía disculpas a quien pudiera sentirse ofendido por el contenido del libro, mientras destacaba cómo, a pesar de haber sido concedido el galardón “por unanimidad”, ese hecho no implicaba que “se esté de acuerdo con el contenido del ensayo”.
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Qué hay de pánico físico a ponerse en el disparadero de los sabios del martirio contemporáneo que exigen pleitesía a la luz del islam con cinturones explosivos, y qué hay de miedo intelectual a ser tachado de reaccionario e inculto por el ‘establishment’ de la ‘nomenklatura’ cultural occidental es algo que los timoratos y contradictorios miembros del jurado ovetense podrían o deberían aclarar. En todo caso, la percepción sobre la escasa, si no nula, aportación del islam a la cultura medieval europea era un gran lugar común que, a mediados del siglo XX, se convirtió en un asunto puramente ideológico en sentido contrario. Entre la liviana hojarasca del catecismo ‘progresista’, cuando no ‘revolucionario’, comenzó a tomar relevancia la moda de conceder un papel primero relevante y después imprescindible a una recuperación de la tradición greco-latina entre los sabios andalusíes que habría permitido salir a Europa de ‘la Era de las Tinieblas’ y lanzarla hacia el esplendor del Renacimiento.
La hiperinflación de la luminaria islámica
Decir lo contrario, era, simplemente, ser un ‘reaccionario’, cuando no un ‘fascista’, a pesar de que fuera precisamente un fascista en su más pura expresión -un falangista- como el español Ignacio Olagüe quien, en trabajo desacreditado por la historiografía universal hace décadas, pero constantemente reivindicado por la guardia mora conversa española, más defendió la idea de una península visigoda bárbara y de un pueblo hispano explotado que recibió a los musulmanes con los brazos abiertos para librarse del yugo germano. De esta forma, al no haberse producido 'técnicamente' una conquista musulmana, la Reconquista no fue más que una especie de guerra imperialista de agresión, es decir, un “genocidio”, según la machacona cantinela islámica e islamo-conversa del rechazo a la tradición occidental española, una cantinela que se extiende incluso a América, puesto que habrían sido los musulmanes los que habrían hecho posible el hallazgo europeo del nuevo continente (ND), si es que no fueron ellos mismos los que llegaron antes que Colón, como con evanescente y gaseosa pseudociencia, el tutti-frutti izquierdo-islamista de rencores históricos estrella una y otra vez contra la tradición judeocristiana occidental, con la (re)conversión musulmana española dándole el trono del mérito, no ya a los vikingos, sino incluso a los chinos con tal de negárselo al vasallo de Isabel la Católica.
En meses pasados, la teoría de que Occidente no existiría sin el islam se hizo verbo, carne y fotos en una exposición titulada “1001 inventos. Descubra la herencia musulmana de nuestro mundo”, ocasión de triunfalismos aparentes, pero, sobre todo, de explícitos resentimientos de los medios islámicos por el hecho de que “las contribuciones del islam a Occidente (sigan) sin ser reconocidas” (ND). Esa exposición se basó en una hiperinflación de “inventos” islámicos, como el del cordobés Abbas Ibn Firnas, quien en el siglo IX se habría convertido en “el primer musulmán, quizás la primera persona, en realizar un intento real de vuelo”, a pesar de que, con su traje de plumas y seda, terminara estrellado con la columna rota, en autonegación de la supuesta y crucial importancia del ‘vuelo’ para que hoy el mundo disponga de aviones que estrellar contra rascacielos. La obsesión islámica por tener algún sentido en el Occidente contemporáneo no sólo ha llevado a un permanente fuego graneado de paternidades reivindicadas, sino al intento de oficializar contribuciones mucho más actuales y accesibles que la de los oscuros sabios andalusíes, con el último conato en la fracasada entronización de Zidane como símbolo de la 'concordia' árabe y musulmana con Europa, que el jugador de fútbol se encargó de arruinar a cabezazos en su último partido (ND).
El terrorismo islámico, a la recuperación de la Al Ándalus renegada
De hecho, las graves mentes pensantes de la Unión Europea, siempre en la vanguardia de las trivialidades más en boga para justificar las rendiciones de su propio continente, recomendaron de forma oficial hace cuatro años que los manuales escolares concedieran un papel más preponderante al islam como forjador de la Europa contemporánea. Sectores izquierdistas, islamistas e islámicos en todo el mundo, con especial contumacia y acritud en Occidente, no dejan de exigir que Europa reconozca formal y hasta oficialmente (ND) la supuesta contribución musulmana a su 'renacer' medieval (ND), en una confusa mezcla de complejos de inferioridad mal asumidos y establecimientos de deudas históricas que no se dan por descontadas.
Según denuncia Rodríguez Magda en su ensayo -vergonzantemente premiado por el jurado del premio Jovellanos y por una editorial que resume de forma no menos azorada el contenido del estudio-, estas inquinas islámicas sobre la falta de reconocimiento occidental al islam están justificando no sólo la occidentalofobia de la quinta columna flageladora y autoflageladora en Occidente, sino el que grupos terroristas y filoterroristas musulmanes de todo pelaje reposten legitimidad a mansalva para ‘castigar’ no sólo a unos infieles que, en el caso español, además de renegados de la luz mahometana que un día les iluminó, son también unos desagradecidos, con unos niños árabes adoctrinados en el Oriente Medio más incendiario para "recuperar" Al Ándalus [Al-Fateh (ND), Hermanos Musulmanes (ND), Hamas (ND)].
Pero no. Según Gouguenheim, recogidas sus conclusiones también por la gran prensa internacional de referencia en inglés, ni el islam fue más permeable a la cultura griega de lo que lo son hoy los talibanes; ni las afamadas y recurrentes primeras traducciones de los maestros grecolatinos fueron realizadas por musulmanes, sino por arameos y por árabes cristianos; y ni tan siquiera el primer Aristóteles medieval fue recuperado en la protoEspaña musulmana, sino que, medio siglo antes, los monjes de Saint-Michel ya habían comenzado el trabajo. De ahí el título del libro, y de ahí también la enconada y virulenta reacción que ha suscitado entre la falange filoandalusí de guardia, que ha lanzado una no menor trompetería de escándalo al grito de ‘anatema’ y ‘herejía’.
El "revisionismo" de un aliado de la "islamovigilancia"
En el mismo Le Monde cuyas páginas habían dado triunfal cobijo a la revuelta contra la fabricación de la deuda histórica de Occidente con el islam, dos profesores de historia medieval especializados en la historia andalusí, Gabriel Martínez-Gros y Julien Loiseau, se erigían de forma harto agria en los defensores de los feraces huertos filosóficos y científicos de Al Ándalus como la base de un Occidente que no habría accedido al Renacimiento si alguien no los hubiera recolectado para sembrar el supuesto yermo europeo medieval. Para ello, en sutil ofensiva connotativa, los dos escandalizados profesores utilizaban en su refutación términos como “revisar” y “revisión”, en un intento de relacionar al trabajo con el malditismo del concepto de “revisionismo”, de graves asociaciones para la historia contemporánea occidental. A pesar de no entonar de forma explícita el socorrido mantra de la “islamofobia”, los dos expertos no dejaban de relacionar el trabajo de Gouguenheim con sitios en Internet de “islamovigilancia” que alertan “sin rodeos” sobre cómo “antes de que termine el siglo, los musulmanes serán mayoritarios” en Francia.
Arabistas como Serafín Fanjul también han adoptado en los últimos años un papel casi militante en el desmontaje de tópicos y lugares comunes en la construcción islamo-supremacista de la inferioridad de Occidente respecto al islam que, como en el caso del ensayo de Rodriguez Magda, no sólo son explotados por los líderes de la ofensiva islamo-islamista en Europa y los sometidos “dhimmis” que la secundan -en calificativo coránico del propio Fanjul-, sino por -literalmente- quienes se explotan a sí mismos y hacen explotar a otros, en el convencimiento de que la luz de Al Ándalus aún ilumina su legitimidad para recuperar el paraíso hispano-andalusí a golpe de metralla.
