NUEVO DIGITAL Internacional - Espías y delatores en el "genocidio" de los 'asesinatos por honor': Los teléfonos móviles se convierten en la peor pesadilla de las mujeres musulmanas en Irak
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Espías y delatores en el "genocidio" de los 'asesinatos por honor': Los teléfonos móviles se convierten en la peor pesadilla de las mujeres musulmanas en Irak

Espías y delatores en el "genocidio" de los 'asesinatos por honor': Los teléfonos móviles se convierten en la peor pesadilla de las mujeres musulmanas en Irak

05.05.08 • 04:09 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Organizaciones activistas occidentales hablan ya abiertamente de un auténtico “genocidio de mujeres” en Irak. En torno a los denominados ‘asesinatos por honor’, “cientos, quizás miles de mujeres” doblan la rodilla cada año bajo los golpes, piedras, cuchillos o balas de padres, maridos, hermanos o novios. Bandas de militantes islamistas, autoinvestidos como “Propagadores de la Virtud y Prevención del Vicio”, al estilo de la ‘policía de la modestia iraní’, se han unido a una implacable carnicería de degollaciones, palizas y violaciones. O de ‘suicidios por honor’, donde la mujer decide autoinmolarse en un último acto de sacrificio para no implicar a los familiares, acosados por las invasoras leyes de los derechos humanos occidentales. La tecnología, que tanta libertad ha dado a las mujeres occidentales, en el orbe musulmán se ha convertido en el más traicionero de los delatores. Los teléfonos móviles, con sus cámaras, agendas de números y registros de llamadas son ya la principal prueba de cargo que, en segundos, convertirá un pícaro mensaje de coqueteo en la antesala de una degollación, una lapidación o una mortal paliza previa al descuartizamiento.

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Detened el genocidio de las mujeres en Irak” es la campaña lanzada por la Organización para la Libertad de las Mujeres en Irak (OWFI, por sus siglas en inglés) que, desde Occidente, intenta hacer público el lado más ignorado de la Guerra contra el Terrorismo, aquél que, en secreto, aúlla en silencio tras las paredes de los domicilios familiares, terminando la justicia divina con los restos de la maldita en un vertedero. Según los datos oficiales de la policía de Basora, unas quince mujeres de media mueren cada mes, tan sólo en esa ciudad, como consecuencia de la violencia ejecutada contra las mujeres "en el nombre de la religión". Aunque no de cualquier religión, sino de la religión islámica.

Los observadores consideran que esa cifra es tan sólo la espuma del sanguinario y subterráneo hervidero mortal de la ciudad. Conductores de ambulancia son contratados para ‘limpiar’ las calles cada mañana de los cadáveres que la noche justiciera dejó en la limpia de la honra. La OWFI ha lanzado una campaña para pedir la formación de brigadas de “Protección de Mujeres” que patrullen las ciudades, -24 horas al día, 7 días a la semana- para proteger precisamente a las mujeres de los desmanes de los escuadrones virtuosos.

Rand y Paul, la historia maldita del soldado británico y la joven iraquí

Según qué fuentes y qué organizaciones se atiendan, la situación es más grave en el sur, o en el norte, en la zona kurda. Casi cada día aparece una nueva historia rescatada del anonimato para convertirse en la efímera línea de una noticia, pronto olvidada junto con sus estremecedores y devastadores detalles más allá del límite de la condición humana. La última en hacerse conocida en medios de todo el mundo es la de Rand Abdel-Qader, una estudiante de inglés de 17 años en la Universidad de Basora que se hizo amiga -sólo amiga- de un soldado británico de 22 años, del que sólo se sabe que se llama Paul. Se conocieron mientras mientras ella trabajaba en apoyo de las familias desplazadas por la guerra. Él regaló a su amiga iraquí un muñeco de peluche.

Pero, como en el caso del oso blasfemo, lo que en Occidente es una muestra de ternura, en muchas tierras islámicas puede convertirse en una sentencia de muerte o en la exigencia de castigo, justificado, entre otras, por las organizaciones islámicas de la democrática España (ND) que denunciaban en sus medios -subvencionados con dinero público (ND)- "la falta de respeto" cometida contra el profeta (ND). En todo caso, y tres meses después de dejar de coincidir con su amigo el soldado británico, Rand -guapa, muy guapa, y orgullosa de su virginidad, según sus amigos- sucumbió ante su propio padre, quien, tras descubrir el peluche, primero la golpeó hasta casi matarla, después la ahogó para rematar la faena, y más tarde la descuartizó con un cuchillo, todo ello en presencia de unos enfervorizados tíos que, mientras tanto, escupían sobre el cuerpo de la impura.

Policía: "Las mujeres deben vivir bajo las leyes religiosas"

El Observer, la edición dominical del Guardian, levantaba la historia hace justo una semana. En su reportaje incluía las declaraciones de un jefe de la policía de Basora, preguntado por las razones de la liberación del padre tras sólo dos horas después de su detención. “No se puede hacer mucho cuando nos llega un ‘asesinato por honor’, decía el sargento policial Ali Jabbar. “Estamos en una sociedad musulmana y las mujeres deberían vivir bajo las leyes religiosas”. En otro caso muy reciente, Du’a Khalis Aswad, de 17 años, residente en Nínive, fue apedreada hasta la muerte por una multitud de unos 2.000 hombres, que la acusaron de haberse enamorado de un chico de otra tribu. En esta ocasión, era el padre el que estaba perplejo: “Mi hija no hizo nada malo. Se enamoró de un musulmán y no hay nada malo en eso”.

Sí lo había. “No pude protegerla porque mi hermano y toda la tribu me estaban amenazando. Insistían en que nos iban a matar a todos, y no sólo a Du’a, si ella no moría. Fue mutilada, y su cuerpo tirado como basura”. Antes de terminar desfigurada y troceada en el vertedero, Du’a también tenía una bonita cara. Como la tenía igualmente la kurdo-iraquí Sara Jaffar Nimat, de 11 años. También guapa con su incierta cara de medio niña, medio adolescente. Y también apedreada hasta la muerte. De ellas sólo quedaron los despojos y unas fotografías que reproducir en los medios occidentales, desde donde ya siguen, con sus enormes ojos negros, la marcha de la Alianza de las Civilizaciones.

Mujeres, muerte y teléfonos móviles

Pero en la zona kurda, las cosas están incluso peor. Hay una sorda y tácita competencia entre organizaciones por ver dónde se produce mayor ferocidad, por el cetro de la brutalidad y la barbarie. Y, en efecto, la región kurda iraquí está escalando muchas posiciones. Uno de los testimonios recogidos por periodistas y organizaciones en la zona es el de Salma. Tiene 28 años y se consideraba lo suficientemente adulta como para charlar libremente con su novio sobre “romance, amor e, incluso, sexo”. Pero cuando se negó a casarse con él, el ofendido caballero pasó las conversaciones que la había grabado con su teléfono móvil a la habitual y letal combinación de padres, tíos y hermanos de la mujer.

La paliza duró tanto que se desmayó varias veces, sólo para despertarse y comprobar que todos seguían golpeándola. Hoy vive en un refugio para mujeres y habla con un nombre supuesto, el de Salma. La policía de su ciudad, Sulaimaniyah, reconoce que, tan sólo el año pasado, 350 mujeres fueron víctimas de la violencia provocada tan sólo por incidentes relacionados con teléfonos móviles. Por supuesto, las cifras reales deben ser muy superiores, habida cuenta del secretismo con que se llevan a cabo las 'ejecuciones', con la colaboración -por acción u omisión- de las policías locales.

'¿De quién es ese número de teléfono?'

Un reportaje de Alternet, la red informativa internacional sobre "derechos humanos, libertades civiles y justicia social", desvelaba, al hilo del dramático caso de Rand, las oleadas de decapitaciones, descuartizamientos y lapidaciones que alcanzan incluso a niñas de ocho años, en el caso de que alguna escape a un matrimonio forzado (ND). En muchas ocasiones, el detonante de la muerte es un número desconocido guardado en un teléfono móvil que la joven no puede explicar. Es lo que le sucedió a Shawbo Ali Rauf, de 19 años y también de Basora, acribillada a tiros por su familia política en una zona de pic-nic.

Los jóvenes graban en muchas ocasiones las conversaciones picantes de sus amigas, o los escarceos físicos de ellas con sus amigos, o cómo van vestidas de un modo indecente, tras haberse despojado del decente vestuario islámico al salir de casa, y después distribuyen los vídeos o las grabaciones de conversaciones tomadas con un teléfono que parecía estar sólo en espera de llamadas. Pero que estaba grabando. Más tarde, muchos de estos testimonios terminarán en manos de padres y hermanos que ejecutarán la reparadora venganza del honor familiar.

Comunicación interior: El burka con Bluetooth

En realidad, tras toda tragedia siempre se esconde una tragicomedia. En Alemania se ha presentado muy en serio un burka con conexión Bluetooth para que, sin romper las normas islámicas, según dice su inventor, la mujer alicatada de pies a cabeza pueda enviar fotos y mensajes a teléfonos móviles alrededor a través del dispositivo de conexión inalámbrica. Ello permitirá a las mujeres del burka “decidir por ellas mismas dónde quieren exponerse de forma virtual”, según el desarrollador del caparazón islámico, ahora electrónico.

Hay quien piensa que algún caso se dará, el de una mujer que, dentro de la pesada jaula de tela, lo utilice para emitir una clandestina demanda de ayuda a los teléfonos con Bluetooth en su radio, como el náufrago que arroja al mar, a la desesperada, un mensaje dentro de una botella, por si alguien lo recoge, o el astrónomo que envía una señal al espacio por si existe vida más allá del negro manto que a todos nos envuelve, aunque a unos más que a otros.



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