NUEVO DIGITAL Internacional - En la mente del 'asesino por honor'- Abdel-Qader Ali, parricida: "Lo que hizo mi hija era inaceptable para cualquier musulmán que honre a su religión"
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En la mente del 'asesino por honor'- Abdel-Qader Ali, parricida: "Lo que hizo mi hija era inaceptable para cualquier musulmán que honre a su religión"

En la mente del 'asesino por honor'- Abdel-Qader Ali, parricida: "Lo que hizo mi hija era inaceptable para cualquier musulmán que honre a su religión"

12.05.08 • 03:06 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

“Es posible que los occidentales estén impresionados, pero nuestras chicas no son como sus hijas, que pueden acostarse con cualquier hombre que quieran, y, a veces, incluso quedarse embarazadas sin casarse. Nuestras hijas deberían respetar su religión, a sus familias y a sus cuerpos”. Son palabras del chiíta iraquí Abdel-Qader Ali, de 46 años, padre de Rand, de 16, a la que asesinó en un ‘romeo y julieta’ iraquí donde ni había ‘romeo’ ni había ‘julieta’. Rand no era de la Verona donde gobierna la Liga Norte (ND), sino de la brutal Basora de las 'milicias islámicas contra el vicio'. Romeo ni tan siquiera era un ‘romeo’, sino un soldado británico de 22 años llamado Paul que simplemente dirigió algunas palabras cariñosas a Rand (ND). Fue suficiente. “Para una chica iraquí, recibir palabras bonitas sobre su belleza y su inteligencia bastó para que ella se enamorara”, dicen en su entorno. Sus amigas insisten en que no hubo nada físico. Cuando la madre de Rand vio a su marido con el pie en el cuello de su hija, llamó a gritos a sus otros dos vástagos, poco mayores que la sucia. Pero los dos hermanos se unieron a los golpes y cuando terminaron de estrangularla, acuchillaron el cadáver a placer mientras los tíos escupían sobre el amasijo de sanguinolientos despojos. Abdel-Qader ha hablado ahora para la prensa occidental, libre y orgulloso como un héroe delante de su jardín, tan cuidado como las floridas praderas del paraíso donde le espera la recompensa por haber contribuido a mantener el mundo limpio de inmundicia.

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“La muerte es lo mínimo que se merecía. No me arrepiento. Tenía el apoyo de todos mis amigos que son padres como yo, y saben que lo que ella hizo era inaceptable para cualquier musulmán que honre a su religión”, dice Abdel-Qader, aun sin comprender por qué fue detenido durante dos horas por la policía local, entrenada por el ejército británico. Dos horas fueron demasiadas para un simple acto de justicia que los agentes entendieron y apoyaron. “Son hombres, y saben lo que es el honor. Los agentes siempre estuvieron de mi lado mientras estuve allí, felicitándome por lo que había hecho”, desvela, satisfecho, Abdel-Qader, un funcionario que trabaja para el gobierno iraquí nacido de la ‘misión cumplida’. Basora no es, desde luego, la Europa donde los musulmanes son brutalmente oprimidos por unos occidentales cuyos tribunales obligan a las niñas creyentes a bañarse con el resto de sus compañeros, a pesar de la oposición de los padres por que el cuerpo de su hija sea visto en público. Acaba de suceder en el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia, aunque los progenitores ya han advertido de que apelarán el caso que ellos mismos judicializaron. El abogado de la ultrajada familia islámica advierte de que la sentencia no supone un procedente en la descarnada ‘guerra de las piscinas’, lanzada por la carne musulmana por mantenerse alejada de la infiel en su propia tierra y en su propia agua.

"Dios me bendice por lo hice"

Pero en Basora no hace falta ni ponerse un bañador para morir. Mientras en Verona, como en el resto de Italia, se reciben las furiosas amenazas de Libia tras el nombramiento como ministro del hombre de la Liga Norte que un día se puso una camiseta con una viñeta de Mahoma, en Basora, la ‘julieta’ iraquí sólo recibe las mismas palabras de desprecio que el resto de la treintena de mujeres asesinadas ‘por honor’ en la ciudad desde enero. Esa es la muy pequeña proporción de los casos que se conocen frente a los que suceden en realidad, tras las paredes familiares donde padres, hermanos y tíos, en letal combinación, ejecutan las limpias que, en las calles, culminan las milicias contra el vicio con las que se escapan de las justicias domésticas. “De ahora en adelante sólo tengo dos hijos. Esa chica fue un error de mi vida. Sé que Dios me bendice por lo que hice, asegura Abdel-Qader. “Si hubiera sabido en lo que se convertiría, la habría matado en el mismo momento en que su madre la dio a luz”, concluye.

En esta ocasión, y a diferencia de lo que sucede en otros muchos casos, la madre se opuso al asesinato, lo que también la ha convertido a ella en la misma clase de prostituta que su hija. Furcias las dos, la cosa debe ser genética, o eso cree el desgraciado padre y esposo, para quien “los malos genes fueron pasados a su hija por mi esposa”. Leila Hussein está ahora escondida, después de recibir una brutal paliza por ponerse del lado de Rand. Tras divorciarse de su marido, la madre recuerda cómo su hija juraba que sólo había conversado con el soldado británico porque era la única que hablaba inglés, estudiante de ese idioma como era en la universidad local. Rand trabajaba como voluntaria ayudando a personas desplazadas por la guerra. Y Paul, del que no mucho más que su nombre y su edad se sabe, coincidió con ella mientras repartía agua a los campamentos. No hubo más. “La crié de una forma religiosa y nunca salía sola hasta que fue a la universidad y, después, cuando comenzó su ayuda humanitaria”, asegura la madre. Leila se encuentra ahora oculta, bajo la protección de las organizaciones que ofrecen refugio a las fugitivas del ‘honor’. “No podían aceptar que hubiera dejado a mi marido”, añade Leila, en referencia a su familia. “Cuando le abandoné, me fui a la casa de un primo, pero todos los días me dejaban notas diciendo que era una prostituta y que merecía la misma muerte que Rand”, asegura. Ahora intenta reunir dinero para salir del país.

"Fuimos lo suficientemente hombres"

Mucho más fácil lo tienen los asesinos por honor. Las propias autoridades de Basora han pedido a Abdel-Qader que se marche una temporada a Jordania, hasta que escampe la tormenta que, inexplicablemente, se ha montado en torno a su caso. En realidad, según los testimonios recogidos en la zona, tanto en este caso como en otros similares, políticos locales dan dinero a los asesinos para que desaparezcan hasta que sus justicias sumarias se vayan olvidando. De esa forma, políticos, policías y milicias islámicas se unen para que nada pase a pesar de los absurdos escándalos montados por la prensa occidental sobre las bien merecidas carnicerías que intentan mantener limpia la ciudad de la corrupción que consentirían los ocupantes “cristianos”. Las personas relacionadas con el caso indican que el soldado ni tan siquiera debía estar enamorado de Rand, sino que sólo fue amable y cariñoso con ella. Fue suficiente para convertirla en una prostituta al servicio de los infieles. Sentado frente a su pulcra casa y su pulcro jardín, Abdel-Qader se siente reconfortado: “Mis hijos están de mi lado. Dicen que fueron suficientemente hombres como para ayudarme a terminar con la vida de alguien que nos había traído la vergüenza”.



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