La crisis financiera internacional golpea con fuerza a los países musulmanes mientras se recrudecen los intentos de presentar a la sharia como el mejor "regulador" de los mercados
X- NUEVO DIGITAL (01/10/08) - La banca islámica promete el paraíso en medio del infierno de Wall Street mientras el Arzobispo de Canterbury proclama que "Marx tenía en parte razón"
Un conocido e influyente clérigo saudí emitió a comienzos de mes una fatua por la que ordenaba que las mujeres no sólo se sigan cubriendo con el 'niqab' o velo completo, sino que, además, éste las tape uno de los ojos para evitar la “seducción” de ir con ambos a la vista, por otra parte, la única parte de su cuerpo visible desde el ‘exterior’. Sin embargo, ni que las mujeres vayan como espectrales fantasmales negros -ahora, además, potencialmente tuertos- parece calmar a unas alturas que se están comportando con los mercados financieros de los países islámicos con la misma dureza que con los infieles donde las mujeres llevan a la vista bastante más que un ojo. Es más. Los mismos problemas de abuso en la vivienda se dan en la Arabia Saudí santa que en los abrasados mercados inmobiliarios de la Sodoma y Gomorra inmobiliaria occidental. E idéntico castigo en los índices bursátiles. Por mucho que se recrudezca la campaña para presentar a la banca islámica como una equilibrada alternativa a los impíos mercados occidentales de la especulación.
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Y es que en los países musulmanes -con Arabia Saudí a la cabeza-, una cosa es mirar con un ojo a las mujeres para tapárselo y así guardar la decencia ordenada por su visión islámica, y otra muy distinta es no apartar la mirada de donde bulle el dinero de verdad, según las normas de los mercados bajo los que las mujeres van por ahí con ambos ojos descubiertos. El famoso estadounidense -renegado (ND)- Adam Gadahn, unido a las filas de Al Qaeda, era -casualmente- uno de los primeros en relacionar directa y abiertamente el apocalipsis financiero en Estados Unidos y Europa con un castigo divino contra “los enemigos del islam” que les enfrenta a una “aplastante derrota”. “Una crisis cuya causa primera -además de las insostenibles y fracasadas cruzadas que mantienen contra Afganistán, Pakistán e Irak- es dar la espalda a las leyes reveladas por Alá, que prohíben las transacciones (financieras) con intereses, la explotación, la codicia y la injusticia en todas sus formas”.
Especulación inmobiliaria en un país vacío y rico
En la Arabia Saudí de las mujeres-pirata del desierto, la sharia llega a todas partes menos a sus infinitos príncipes y hombres de negocios, los cuales invierten según las normas de Occidente, y en todas y cada una de las opciones de altos rendimientos y entrada a saco en los consejos de administración que se les presentan a este lado de La Meca. Y al otro también, con unos saudíes de a pie para quienes conseguir una casa en un país tan inmenso como vacío de edificaciones y repleto de petróleo es tanto o más prohibitivo que en cualquier otra nación occidental, con unos precios inmobiliarios disparados respecto a los salarios, una especulación a tumba abierta y una retracción del crédito que se compensa con masivas y crecientes inyecciones artificiales de capital desde Riad que no sólo no alcanzan a calmar la enorme ansiedad de los mercados, sino que, además, están provocando una inflación que se sitúa ya en el entorno del 10 por ciento.
En este contexto, el último ‘lunes negro’ de las bolsas internacionales también golpeaba con recrudecida fuerza en la bolsa saudí, que se dejaba un 10 por ciento, en uno de los peores días de la historia financiera del país, y en el que todos y cada uno de los 124 valores del mercado se desplomaron en cifras cercanas a ese 10 por ciento. La carrera hacia el hundimiento en las arenas del desierto financiero sólo pudo ser detenido porque, precisamente, ese 10 por ciento es el máximo de flotación autorizado en la bolsa del país árabe y una cifra redonda que empieza a considerarse como maldita al ser compartida por desplomes bursátiles y rampantes índices de inflación.
De la 'alternativa ética' al 'refugio seguro'
Pero lejos de la bolsa saudí, y del resto de los estados del Golfo que siguieron el mismo y fatídico destino en pleno “pánico” de lo que sucedía en Occidente, miles de kilómetros hacia el oriente, donde acaba la Umma en el país donde se concentra la mayor población islámica del mundo, las cosas no iban mejor. Ni mucho menos. En Indonesia, la bolsa de Yakarta se dejó nada menos que otro 10 por ciento en su reinicio tras las festividades que marcaron el fin del Ramadán, con un atracón de pérdidas tras el purificador ayuno musulmán. El presidente del país, Susilo Bambang Yudhoyono, se encomendaba a las alturas para, “Dios lo quiera”, rogar por que “no vuelva la crisis de hace diez años”, la “pesadilla de 1997”, según la calificó, cuando la economía del sudeste asiático se disolvió bajo un tifón de quiebras.
Y es así, cuando los mercados especulativos golpeaban por igual a infieles que ganan dineor como infieles y a fieles que ganan dinero también como infieles, cuando la denominada banca islámica veía la oportunidad de hincar el diente con mayor fiereza en el apetecible mercado occidental, lejos de las genuflexiones de la tierra madre santa donde se compartía con Occidente la desbandada por el ‘sálvese quien pueda’ después del ‘tonto el último’ a la hora de la rapiña especulativa. Y es que, antes del inusitado recrudecimiento de la agonía financiera internacional, la banca de la sharia se presentaba como una “alternativa ética” a inversiones en sectores mal vistos por la ley islámica, con el tabaco, las armas y el juego en el punto de mira, y por mucho que en los países musulmanes se den los mayores índices de tabaquismo del mundo, donde conseguir el mejor alcohol es sólo cuestión de poseer el mejor dinero, se armen sus gobiernos hasta los dientes, y sus fortunas rueden tras las bolas de las ruletas en los mejores casinos del mundo, ninguno de ellos, por supuesto, en la sagrada tierra del islam.
La sharia, el mejor regulador... también de los mercados
Sin embargo, en las últimas semanas, el enfoque de ‘inversión santa’ ha sido cambiado por el de ‘refugio frente a la tormenta’. En un esquema en el que el interés especulativo estaría prohibido, la banca islámica es para algunos un puerto seguro frente a las turbulencias de los mercados internacionales. Así se está vendiendo en el Reino Unido, por mucho que, según datos manejados allí, el volumen internacional de ‘fondos islámicos’ se espera que sólo llegue al billón de dólares en 2010 y cuando en el Reino Unido, donde se concentra una gran parte de la ofensiva con una creciente población musulmana, en la actualidad no superen los depósitos de la sharia los 500 millones de libras. Dos grandes conferencias internacionales sobre banca islámica van a coincidir en el tiempo, una que se celebrará en Estambul, y la otra en Kuala Lumpur, en dos centros bien significativos del mundo islámico.
Cuando se está poniendo de moda resucitar a Marx incluso desde los altos púlpitos que viven de resucitar a Jesucristo -aunque jamás mencionen a este último en sus testimonios públicos (ND)-, la otra tendencia es mostrar al islam como una garantía frente a la “excesiva complejidad y especulación”, es decir, “precisamente lo que los reguladores están buscando para el mundo en la nueva era en la que estamos entrando”, como decía el responsable de uno de estos congresos de banca acorde con la sharia. Sin embargo, en este clima tan esperanzador de una ‘regulación islámica’ de los mercados, hay quien, desde Estados Unidos, recuerda que el ‘bailout’ estadounidense, financiado por el infiel de los ciudadanos del Gran Satán, va a contribuir al rescate de sociedades a punto del desplome que también tienen productos islámicos en su cartera, unas inversiones que muchos comentaristas no ven como “inocentes inversiones en el libre mercado del capitalismo”, sino como un “negocio con una misión”, el de servir de punta de lanza para el islamismo militante en su penetración en un Occidente también a través de los balances bancarios y sus supuestos productos financieros acordes con los deseos de una divinidad justa y buena.
