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El Vaticano da marcha atrás y apoya ahora la despenalización internacional de la homosexualidad

El Vaticano da marcha atrás y apoya ahora la despenalización internacional de la homosexualidad

22.12.08 • 03:08 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

¿En cuántos atolladeros diplomáticos se ha metido la Santa Sede en las últimas semanas? Sólo en relación al proyecto de despenalización de la homosexualidad presentado por Francia ante las Naciones Unidas, el Vaticano se manifestó primero en su contra porque “se crearían nuevas e implacables discriminaciones” contra países que no reconozcan tal despenalización; después tuvieron que salir en tromba los portavoces vaticanos a matizar la oposición ante el estremecedor alineamiento en que se había colocado a sí misma la antes extremadamente hábil diplomacia vaticana, para, a finales de la semana pasada, dar un nuevo giro y apoyar de plano la descriminalización de las homosexualidad, en esta ocasión con las previsibles y tradicionales reservas de la jerarquía católica a las potenciales derivaciones implícitas de una propuesta amplia en su lenguaje, básicamente en relación al denominado ‘matrimonio entre homosexuales’. Sin embargo, esta es sólo una parte de la inestable tectónica de las religiones, cuyas placas se reajustan día a día con insospechadas -y hasta hace prácticamente meses, insospechables- derivas y nuevos realineamientos entre bloques.

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Por ejemplo, mientras la Santa Sede se reúne amigablemente con inquietantes jerarcas musulmanes de variado pelaje y las curias nacionales se abren a la defensa del islam en sus respectivas naciones (ND), el Papa y sus popes sienten escalofríos ante su progresiva pérdida de influencia en la Europa tradicionalmente católica, y no sólo ante el desolador espectáculo de las iglesias vacías o del desmarque de practicantes y no practicantes en temas como contracepción o divorcio. No se trata ya sólo del radicalismo izquierdista al estilo de la ofensiva anticatólica del gobierno español, sino, por ejemplo, del sorpresivo reavivamiento del jacobinismo laico francés de derechas, con Nicolás Sarkozy exacerbando aun más la santa separación francesa entre iglesia y estado. En este contexto cabe situar la reciente decisión de la cadena pública francesa TF1 de no retransmitir este año la Misa de Nochebuena para programar en su lugar un espectáculo de variedades y un concierto.

Sakozy, contra la Misa de Nochebuena

La decisión sobre un simple, aunque muy significativo cambio de programación televisiva, ha merecido la atención de los portavoces vaticanos, que se han empleado con dureza contra ella. Federico Lombardi, el mismo hombre que tenía que salir en pleno revuelo de sotana a ‘desmentir’ que el Vaticano esté a favor de la pena de muerte contra los homosexuales -como se derivaba de su dantesco alineamiento ‘de facto’ con los más brutales regímenes musulmanes que la ‘castigan’ precisamente con la ejecución-, ese mismo hombre se veía obligado a salir ahora con el mismo o similar revuelo de ropajes para calificar la reprogramación de TF1 de “un signo no positivo”. O sea, en lenguaje diplomático, algo así como una muestra de hostilidad contra “la cultura y las tradiciones religiosas de una vasta parte de Francia”, según recordaba el portavoz vaticano.

La nueva ‘afrenta’ de Francia se producía por parte del mismo país y del mismo presidente que había promovido, desde su presidencia de turno de la Unión Europea, la propuesta de despenalización mundial de la homosexualidad ante las Naciones Unidas, de muy difícil digestión para el Vaticano pero también para las decenas de países en todo el mundo que la castigan de forma oficial y legal, entre ellos, muchos de mayoría no musulmana. De hecho, Estados Unidos, no sólo el país creador y promotor de los derechos de los homosexuales, sino el lugar donde también se ha legalizado el ‘matrimonio homosexual’ -con sus más y sus menos en la California gay y con el pastor elegido por Obama para su oración inaugural-, también se negaba a rubricar el jueves pasado la declaración de las Naciones Unidas, en este caso, arguyendo etéreas reservas de potenciales conflictos constitucionales que el texto podría provocar entre las jurisdicciones federal y estatal, pues, en pocas palabras, es Washington quien firma, pero son los estados los que aprueban o no las uniones civiles entre personas del mismo sexo.

Estados Unidos tampoco se apunta

Entre las organizaciones gays, el desmarque de Estados Unidos ha causado la habitual excitación de condenaciones y execraciones en un movimiento masivamente izquierdista en todo el mundo, y, además, antiamericano en el exterior de los propios Estados Unidos. Sin embargo, no era menos etérea y sí mucho más aparatosa la marcha atrás del Vaticano desde su inicial posición contraria a la despenalización para no crear “discriminaciones” entre los países que se nieguen a reconocerla, por mucho que las razones para tal actitud sean bien concretas y se puedan resumir, precisamente, en la oposición al matrimonio homosexual.

En su nota del viernes por la mañana, tras la sesión de las Naciones Unidas del jueves por la tarde, según horarios europeos, el Vaticano se mostraba ahora abierto a “condenar toda forma de violencia contra las personas homosexuales”, pero también “urgía a los estados a tomar las medidas necesarias para terminar con todas los castigos penales contra ellos”, en posición ahora muy lejos de los sorprendentes alineamientos de primera hora en coincidencia con los más despiadados y brutales regímenes islámicos. Sin embargo, “al mismo tiempo, la Santa Sede nota que la redacción de esta Declaración va mucho más allá del arriba mencionado y compartido intento”.

Vaticano: Sí, pero no con esas palabras

En las matizaciones sobre las palabras utilizadas en la propuesta francesa, el Vaticano objetaba expresiones como “orientación sexual” e “identidad de género”, que, según recuerda, “no encuentran reconocimiento, o una clara y consensuada definición en la ley internacional”. “Si (esas expresiones) van a ser tomadas en consideración en la proclamación de derechos fundamentales, crearían graves incertidumbres en la ley, así como minarían la capacidad de los estados de hacer cumplir nuevos y existentes convenciones y estándares de derechos humanos”, afirmaba la nota del Vaticano, recogiendo afirmaciones del arzobispo Celestino Migliore, el mismo hombre de la Santa Sede en las Naciones Unidas de la primera y muy polémica toma de posición.

Ahora sí que el Vaticano acertaba con sus propias palabras al denunciar cómo, a través de las de la Declaración, superando la “legítima condena de todas las formas de violencia contra las personas homosexuales”, el documento, “cuando se considera en su integridad”, va “más allá de su objetivo y, en su lugar, levanta incertidumbres en la ley y desafía a las existentes normas de derechos humanos”.



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