Hasta Irán han llegado los rumores de que los miembros de la familia real en Dubai han tenido más que palabras entre ellos. De hecho, se especula con el que el heredero de la corona hirió a su padre durante un intercambio de impresiones a golpes. El caso es que los carteles callejeros que mostraban al emir con sus dos hijos, uno de ellos el heredero, han sido reemplazados por otros donde sólo aparece el dolorido progenitor. La interpretación ‘a la soviética’ de esta clase de indicios con el fin de saber qué sucede en Dubai convive con un capitalismo salvaje basado en un no menos enloquecido negocio inmobiliario que ahora se desploma por semanas, una caótica situación donde miles de coches yacen abandonados en el aparcamiento del aeropuerto por los extranjeros que han abandonado el país a la carrera ante un súbito colapso de la economía del, hasta hace unos pocos meses, ‘emirato milagro’.
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No había rico occidental de los deportes o el espectáculo que no se hubiera metido en la compra de alguno de los espectaculares desarrollos urbanísticos de Dubai. Los nombres de David Beckham o de Michel Schumacher han estado unidos a la adquisición de lujosos apartamentos en el proyecto emblemático de Dubai, Palm Jumeirah, el complejo residencial y comercial con forma de palmera que se construye ganándole terreno al mar.
Cucarachas por los grifos del lujo
Pero los rumores en Dubai no sólo hablan de cómo los miembros de la familia gobernante solucionan a puñetazos sus diferencias sobre el reparto del poder, sino de cómo las islas de Palm Jumeirah se estarían hundiendo, y de cómo de los grifos de sus casas y apartamentos no sale agua cuando son abiertos, sino cucarachas.
Los precios de las propiedades en la megaurbanización se han desplomado más de un 60 por ciento en los últimos meses. Atrás quedan los tiempos en que se inauguró el Hotel Atlantis, con sus 1.539 habitaciones y un tanque de un millón de litros donde nada un tiburón ballena, en una fiesta donde la élite internacional de los negocios y el espectáculo se apretó 1,7 toneladas de langosta y un millar de botellas de Veuve Clicquot. Dentro del clima de pánico generado ahora en Dubai, un nuevo proyecto de ley castiga hasta con un millón de dirhams (unos 272.000 dólares) a quienes dañen la reputación de la economía del país.
Los cadáveres inmobiliarios del desierto
Pero los medios internacionales hablan de 3.000 coches abandonados por sus propietarios extranjeros en el aparcamiento del aeropuerto del emirato en su huída de los plazos de viviendas y automóviles que ya no pueden afrontar y en un entorno de falta de empleo generalizada tanto para los trabajadores de cuello blanco, como para los de mono y mandil. La mitad de los proyectos urbanísticos en Dubai han sido paralizados y el paisaje ya está dominado por enormes rascacielos abandonados a medio construir en medio de la nada que se pensaba ganar al desierto.
Aunque, dentro del ultracapitalismo proteccionista de Dubai, el negocio inmobiliario está vetado a los extranjeros, estos solían asociarse con nacionales para los desarrollos. Sin embargo, con la debacle, esos extranjeros han comenzado a caer en desgracia con el amparo de un sistema judicial que favorece a los súbditos del emirato en la última y desesperada rapiña de salvar lo que se pueda en el naufragio.
"Good bye, Dubai"
Casos como el del iraquí Shahram Abdullah Zadeh han merecido la atención de las organizaciones de derechos humanos, preocupadas por la persecución a que es sometido por sus antiguos socios en el negocio inmobiliario, miembros de la convulsa, extensa y enriquecida familia gobernante, ahora obviamente amparados por el sistema político y judicial del país en medio de la bancarrota.
Pasar de conducir un Bentley blanco y comer con la realeza a ser un caso abierto por las organizaciones de derechos humanos resume la esquizofrenia en que ha caído un emirato cuyo ‘milagro’ ahora se desvanece en medio de un general y sonoro ‘Good bye, Dubai’ que termina con el sueño del más agresivo y occidentalizado capitalismo islámico.
