¿Debe ser gratis hablar con un periodista?: La propietaria del Washington Post cancela su plan de 'alquilar' a sus redactores en cenas 'patrocinadas' por el diario a cambio de entre 25.000 y 250.000 dólares
XLa crisis muerde. El desplome de lectores muerde también. Y la pérdida de credibilidad, aun más. Pero nada muerde más que las dentelladas de la competencia, hundida también en el desplome pero con suficientes fuerzas como para humillar en su lecho del dolor. "Teóricamente, no puedes comprar a los periodistas del Washington Post, pero los puedes alquilar", escupía un vitriólico columnista del New York Times junto a otro compañero aun más sarcástico en su envenenado "La charla previo pago se desinfla en el Washington Post": "Durante generaciones, el WP ha sido un escrupuloso guardían del acogedor mundo de las redes de los contactos del poder en la capital (de Estados Unidos). Durante un breve periodo, casi se ha convertido en el anfitrión de la red en sí misma".
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A Katharine Weymouth, la nueva propietaria del diario 'progresista' en la capital federal y antigua referencia de 'periodismo de calidad', se le ocurrió la idea de organizar "salones" en su propia casa. Se trataba de reunir sobre el mismo mantel a periodistas del diario y a líderes políticos y empresariales con ganas de 'vender' algo. Claro que, y aquí está la idea 'genial' de Weymouth, la cosa no era gratis. Para acceder a esas mesas del poder entre periodistas 'independientes', y lobbistas de todo tipo y condición, estos últimos debían desembolsar entre 25.000 y 250.000 dólares, en el primer caso para una única reunión, y, en el segundo, para toda una 'serie' de encuentros donde los interesandos pudieran embuchar a los reporteros del diario con toda clase de 'off-the-records' interesados.
Los pecados de un dios caído
La 'idea' se vendió a congresistas, políticos de todos los niveles -siempre con el adecuado 'nivel' de desembolso- y potenciales lobistas empresariales, una 'idea' que iba bien explicada en un folleto a todo color como los destinados a vender coches o la última hamburguesa de McDonald's. Pero esta vez, el reclamo eran periodistas del diario que durante décadas se erigió en guardián de la profesión informativa en medio de un apocalipsis de libros de estilo, y normas éticas y deontológicas acompoñadas de abrumadoras descargas de moralina sobre la rectitud o no rectitud -esta última, en general de políticos conservadores o republicanos- de quienes caían bajo su implacable mirada más allá del bien y del mal.
El daño ha sido tremendo, devastador. De hecho, la estupefacción en los propios diarios de la competencia llevaba a que esta vez nadie se atreviera a ponerle el afamado sufijo "gate" que cualquier escándalo recibe desde que el propio Washington Post se lanzara con el Watergate a dictaminar sobre la decencia o indecencia de cualquier cosa bajo el sol.
"Todos se venden"
"¿Pero en qué estaban pensando?" al ocurrírsele a la propietaria semejante idea, se pregunta un articulista del propio Washington Post, que, como también suele ser habitual, intenta calmar el escozor interno con la consabida estrategia del 'todos hacen lo mismo'. "El (Washington) Post no es el único. Casi todos los periódicos del mundo, la mayor parte de las revistas e incluso los sitios web te venderán una parte de sí mismos si sabes a quién preguntar", repartía el mismo columnista del diario.
Como recordaba el extremadamente agrio artículo -y algo así como editorial oficioso- del New York Times -descargando esta vez sin miramientos el rencor y la frustración de todos sus agobiantes problemas de supervivencia-, Katharine Weymouth "no es precisamente una ingenua dirigiendo una empresa" que no conoce. Es abogada, pasó por la Harvard School of Business y trabajó para el propio Washington Post durante los últimos doce años antes de tomar las riendas empresariales del diario.
"No ofrecemos acceso a la redacción por dinero"
Además, Weymouth, como nieta de la ya mítica Katharine Graham -la editora del diario durante las dos décadas 'gloriosas' que se iniciaron con el Watergate y la inspiradora del personaje de Margaret Pynchon en 'Lou Grant'-, pasó por las universidades de Oxford y por la no menos elitista Stanford Law School. Pero, sobre todo, como nieta de quien es nieta, y como hija de la hija de Katharine Graham, debió haber mamado desde la cuna lo que es un periódico y, sobre todo, lo que debe representar un diario que dicta la moral y la ética a todo el universo desde sus posiciones 'liberales', esto es, 'progresistas', según el argot político en el inglés de Estados Unidos.
Según los jefes editoriales, la redacción no tenía conocimiento del plan y los periodistas "nunca habrían participado" en las cenas que promocionaban los alegres folletos de la editora. El director (periodístico) del diario se declaró "horrorizado" con la idea. "Sugiere que el acceso a los periodistas del Washington Post está disponible para su adquisición. No ofrecemos acceso a la redacción por dinero", afirmaba Marcus Brauchli en una información de la competencia 'conservadora' de Fox News, la que más ha recibido las invectivas de ética y moral del Washington Post.
Un folleto para congresistas
Un congresista demócrata ya había aceptado la 'invitación' pensando que se trataba de "una oportunidad de bajo perfil para intercambiar ideas sobre política sanitaria y otras cuestiones públicas". Otro congresista, este republicano, también recibió el famoso folleto, pero declinó la invitación, actitudes que se produjeron, en ambos casos, antes de un descarnado aquelarre de brujos y brujas -"La reputación de íntegridad del Washington Post, sacudida por un escándalo de acceso-por-dinero", titulaba sin piedad el Times de Londres- que ha llevado a Katharine Graham a cancelar abruptamente su plan en medio de una nueva y asoladora crisis de credibilidad de la 'gran prensa' establecida, ahora disolviéndose en su propia cocción de elevadas normas dictadas contra los demás, aunque generalmente sólo aplicables a sus enemigos.
