NUEVO DIGITAL Internacional - Octavo aniversario del 11-S: Las autoinculpaciones y los ajustes de cuentas internos se unen a la ofensiva del islamismo contra las democracias occidentales
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Octavo aniversario del 11-S: Las autoinculpaciones y los ajustes de cuentas internos se unen a la ofensiva del islamismo contra las democracias occidentales

Octavo aniversario del 11-S: Las autoinculpaciones y los ajustes de cuentas internos se unen a la ofensiva del islamismo contra las democracias occidentales

10.09.09 • 05:47 GMT • Javier Monjas - Madrid Email

Ocho años después del 11-S, no sólo la política internacional se encuentra cada vez más delineada por las consencuencias de los atentados, sino que el propio gobierno estadounidense se ve cada vez más agitado por cada vez más frecuentes y violentas oleadas de una tempestad política recrudecida por el cambio de administración en la Casa Blanca. La devastación de un temporal que no amaina, entre la abierta ofensiva del mundo islámico y el vergonzante autocastigo de los países occidentales, no sólo se niega a ignorar a Bush y a sus colaboradores, sino al propio presidente Obama, que no deja de pagar facturas a su pasado radical, aquel que precisamente le apoyó en su asalto al poder de Washington y que ahora regresa como el embarazoso recuerdo de los amigos ahora por completo inoportunos.

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Con Turquía como gran valedora de la operación -la misma Turquía apoyada a muerte por Washington en sus ambiciones europeístas y que mientras se sienta en Bruselas ha abierto delegación en el Kosovo también tan querido para Washington (ND Archivo)-, la Organización de la Conferencia Islámica reclamaba hace unos días una cumbre bilateral con la OTAN. Un Anders Fogh Rasmussen que inicia su mandato como secretario general de la organización haciéndose aún perdonar su defensa de la libertad de prensa en Dinamarca cuando presidía el gobierno de ese país, acosado por la crisis de las viñetas de Mahoma, declaraba su "respeto" por el "islam" y accedía a "considerar" la posibilidad de una cumbre entre una organización militar defensiva formada por democracias civiles y laicas, y el gran conglomerado de teocracias más o menos fundamentalistas de la Organización para la Conferencia Islámica, pía congregación que lleva impreso desde el mismo nombre su sesgo de misión divina frente a los grises burócratas y los militares cívicos de los aliados occidentales (ND).

Nada de pasar página

Pero además de su constitución como bloque frente a Occidente -Obama dirigiéndose a los "musulmanes", y no a los egipcios o a los iraníes (ND)- y de la influencia conseguida a base de masacres yihadistas en un éxito histórico del islam que nunca consiguieron los socialismos panarabistas de los años sesenta y setenta, el orbe islámico no sólo ha conseguido penetrar la política internacional, sino también la de los propios países occidentales, cada vez más acosados por la ofensiva combinada de las amenazas exteriores terroristas y por las del enemigo intestino de los ajustes de cuentas interiores, bien fomentadas por los grupos de 'derechos humanos' -muchos de ellos subvencionados por dinero público- en su acción quintacolumnista probablemente 'involuntaria', como en los tiempos de las protestas 'pacifistas' alentadas por los soviéticos.

En el Reino Unido, mientras los tribunales acaban de condenar a algunos de los émulos del 11-S contra los aviones occidentales en el caso de los explosivos líquidos, el MI5 se encuentra literalmente acosado por denuncias de islamistas y ataques informáticos desde países musulmanes mientras se investiga su infiltración por Al Qaeda (ND) en un país cada día más asombrado por los oscuros y bochornosos pactos de gobierno en el intercambio de terroristas por petróleo. Sin embargo, en Estados Unidos las cosas no van mucho mejor. Más bien al contrario. Allí, el intento declarado de Obama de 'pasar página' se está enfrentando a un virulento recrudecimiento de los ajustes de cuentas contra Bush y contra la CIA, pero también contra los propios colaboradores del radicalismo negro e izquierdista que llevó en volandas a la Casa Blanca a un hoy presidente cada vez más impopular incluso entre sus votantes.

La yihad interna quintacolumnista

Bush se enfrenta a las traiciones de algunos miembros de sus equipos de gobierno que, como Tom Ridge, el primer máximo responsable del Departamento de Seguridad Interior durante su administración, acusan a John Ashcroft y a Donald Rumsfeld, por entonces fiscal general y secretario de Defensa, respectivamente, de haberle exigido elevar el nivel de alerta de seguridad nacional justo en los días anteriores a las elecciones presidenciales de 2004 con el fin de agitar el espectro terrorista con fines electorales.

A su vez, el propio Ashcroft se enfrenta a una potencial oleada de demandas por parte de antiguos detenidos en el marco de la lucha antiterrorista después de que un tribunal federal de apelaciones considerara "repugnante a la Constitución y un doloroso recuerdo de algunos de los más ignominiosos capítulos de nuestra historia nacional" la práctica de las detenciones de personas como "testigos materiales", pero sin la declaración de cargos concretos contra ellas. Este proceso judicial fue seguido hasta el éxito final por un converso estadounidense al islam apoyado por la siempre activa ACLU, ahora envuelta en una campaña "contra la tortura" en la que participa el mismo Oliver Stone convertido estos mismos días en el Festival de Cine de Venecia en el devoto embajador en Occidente de Hugo Chávez y en el hombre que manda "callar" al Rey de España mientras califica de "muy malo" a Aznar por "ayudar a planificar el golpe de estado en Venezuela".

'Rojo, negro y verde'

Tampoco amaina en el ajuste de cuentas interno en Estados Unidos el caso de los informes sobre supuestas torturas inflingidas por la CIA, en realidad, según todos, unos métodos más o menos enérgicos de interrogatorio -aunque también más o menos efectivos, según otros muchos- para debilitar la resistencia de, esta vez sí, auténticos carniceros de Al Qaeda. En este sentido, el actual fiscal general, Eric Holder, ha nombrado a un fiscal especial para que se encargue de examinar los casos de supuestos interrogatorios abusivos llevados a cabo por la CIA y bien documentados por el informe ultrasecreto -hasta que fue hecho público por el Departamento de Justicia ya con Obama en Washington- de la propia agencia sobre sus métodos para conseguir información. El presidente estadounidense se negó a abrir una 'causa general' contra la CIA de la era Bush -o contra las grietas que ésta abrió en las garantías legales de los detenidos y que habrían permitido 'de facto' las "cárceles secretas" de la agencia, según se desvela ahora-, pero aunque manternía abierta la puerta a la acción judicial y política contra casos concretos en denuncias a maltratos de prisioneros.

Pero el propio Obama tampoco ha podido escapar del increíble poder corrosivo del 11-S a pesar de su voluntad de 'pasar pagina' e intentar escapar así de sus abrasivas consecuencias, incluso para quienes, como él mismo, aún no disponían de poder de gestión directa por entonces. La 'resurrección' de un manifiesto en el que se acusaba a Bush de haber organizado los atentados del 11 de Septiembre terminaba con la dimisión de Van Jones, uno de sus firmantes en 2004, y hasta ahora el 'zar' ecologista de Obama llevado al poder de la lucha contra el 'cambio climático'. El caso Van Jones desvelaba el pasado -y, para algunos, el presente- radical de un hombre que también jugó con el racismo negro contra los blancos y que constituía un ejemplo del inquietante conglomerado "negro, rojo y verde" en la base del propio Obama, un conglomerado radical izquierdista que ahora, ya en la Casa Blanca, y a pesar de que la 'gran prensa' -siempre de querencia 'progresista'- se empeña en ignorar, le pasa una factura, una de tantas posibles en un horizonte donde el humo de la Zona Cero aún ciega los ojos de los Estados Unidos y de sus aliados, acorralados todos por las yihads externas e internas.



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