Los roces entre cuerpos de seguridad y el doble juego de musulmanes supuestos colaboradores de la ley envenenan la persecución del terrorismo islamista en Estados Unidos
X, X- NUEVO DIGITAL (10/09/09) - Octavo aniversario del 11-S: Las autoinculpaciones y los ajustes de cuentas internos se unen a la ofensiva del islamismo contra las democracias occidentales
Barack Obama felicitó el sábado a la policía de Nueva York por el desbaratamiento de un potencial plan terrorista contra el transporte público de la ciudad. Pero los jefes de la policía neoyorquina debían tener la cabeza en otra parte. No se ha tratado de una desarticulación más de otro complot islamista más urdido por supuestos probos ciudadanos que, como en este caso, en sus ratos de ocio, en vez de pintar acuarelas, acumulaban bombonas de gas para mecheros y documentación sobre cómo convertir un cajón de botes de laca en un IED (Dispositivo Explosivo Improvisado, según sus siglas en inglés).
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Esta vez, la modesta pero voluntariosa imitación de la sanguinaria y letal eficacia de los IEDs de los hermanos mujaidines de Irak y Afganistán (ND), pero también de Líbano, -donde, por cierto, España llegó a pedir ayuda a Irán para su neutralización, siendo precisamente Irán el principal acusado de suministrar materiales para las bombas de carretera de Irak (ND)-, esta vez, no sólo ha habido roces graves con los hermanos mayores del FBI, sino que ha terminado de disolverse -si es que alguna vez se solidificó- la confianza de los agentes respecto a los 'buenos ciudadanos' musulmanes. Años de untuosas estrategias para ganarse la confianza de la comunidad islámica e intentar que colabore en la denuncia del yihadismo intestino se han venido abajo ante el doble juego de supuestos probos imanes que, de autoproclamados americanos ejemplares, han pasado a pasearse con un brazalete de seguimiento electrónico, para desesperación de otros musulmanes que escriben encendidas y emotivas cartas a "Mi querida América".
Demasiados incidentes
Un día antes de la felicitación del sábado, entre dos mil y ocho mil musulmanes -según las distintas versiones- se concentraban en el Mall frente al Capitolio para la oración del viernes y exclamar, como lo hizo el imán que dirigió el culto, que "somos musulmanes decentes, (que) trabajamos y (que) pagamos impuestos". "Somos musulmanes que realmente amamos a este país", concluyó.
Pero hay amores que matan y los manifestantes cristianos que se concentraron en los alrededores de la 'zona musulmana' no dejaron de pregonarlo mientras gritaban contra la "islamización de América" intentando sobreponerse a los gritos de "Alá es el más grande" de sus vecinos de césped. Incluso los enviados de Fox News calificaban a los cristianos activistas como "conservadores", adjetivo que, sin embargo, ni estos informadores, ni mucho menos los de la competencia 'progresista', aplicaban a los manifestantes musulmanes, separados rígidamente entre hombres y mujeres en su día de oración al aire libre.
Los intentos de acercamiento de Obama a la comunidad islámica mundial no se están desarrollando precisamente en un buen ambiente en los propios Estados Unidos. Cuando la Casa Blanca parece tener decidido ya el ultrabúnker penitenciario al que va a trasladar a los 'mártires de Guantánamo', se acaba de conocer que el 10 de noviembre será el día en que será ejecutado John Allen Muhammad, el estadounidense converso al islam que se dedicó a matar al azar a sus conciudadanos y que, además de justiciero francotirador contra infieles -y para que no falte de nada en su perfil criminal-, ahora resulta que también era un maltratador doméstico, según acaba de contar su ex esposa en un libro de rentabilización de vida conyugal no demasiado sana.
Sediciosos y sedicentes
A tiempo llegaron los investigadores en la desarticulación del plan terrorista contra Nueva York que pretendía conmemorar a la muy personal manera de ciertos creyentes el 11-S. El problema es que, según algunos, llegaron demasiado a tiempo. Por ejemplo, según agentes del FBI, que acusan a la policía de Nueva York de haber desbaratado una operación de más alto alcance al preguntar a un imán de la ciudad por Najibullah Zazi, el afgano encargado de los festejos alternativos del octavo aniversario del 11 de Septiembre en el metro de la ciudad. En este sentido, los investigadores federales acusan a los servicios de inteligencia de la policía neoyorquina de haber levantado la liebre demasiado pronto al preguntar por Zazi a Ahmad Afzali, otro afgano, imán de una mezquita de Brooklyn.
Pero para la policía de Nueva York incluso las tensiones con sus colegas federales son cosa relativamente menor frente a la traición de Afzali, el probo ciudadano musulmán que había venido prestando supuesta colaboración en la persecución del extremismo terrorista o filoterrorista y que ahora, según habían descubierto todos, locales y federales, había advertido a Zazi de que las fuerzas de seguridad le tenían bajo vigilancia. Liberado bajo una fianza de 1,5 millones de dólares y portando en la muñeca un brazalete electrónico que comunica en todo momento su situación a las autoridades -incluyendo los traslados autorizados a su negocio de servicios funerarios-, Afzali afirma en su defensa: "Esta es mi tierra, este es mi país, amo este sitio".
"Han venido preguntando por ti"
Sin embargo, y por mucho amor que exude, los agentes le grabaron a Afzali una conversación telefónica con su feligrés Zazi, a quien advirtió de que se encontraba vigilado. El imán no dice nada sobre esa llamada telefónica ni de por qué engañó a los investigadores en su doble juego, engaño que ha servido para que la fiscalía ejecutara el artículo del Código Legal Federal de los Estados Unidos que se ha convertido en la más potente -y polémica- arma contra el terrorismo islamista intestino (ND). Mientras la comunidad afgana de Nueva York manifiesta sentirse sorprendida por la detención del hombre de fe Afzali, su defensa asegura que las llamadas a Zazi pretendían precisamente localizarle en favor de los investigadores que andaban tras sus pasos.
Por el contrario, toda la política de los servicios de seguridad de Nueva York de granjearse la confianza de la comunidad islámica, de pasar la mano por incontables lomos con el fin de conseguir fuentes fiables de información contra los malos, de convertir al cerrado mundo islámico en una escena donde entrara el aire libre de la cooperación con la ley como en cualquier otro ámbito social o religioso, todo eso ha saltado por los aires con el descubrimiento de lo que la policía considera sin ningún género de dudas como el doble juego de quien creían un honrado y fiel colaborador en la persecución de los iluminados de la yihad.
La llamada telefónica en la que el imán advertía al hombre de los explosivos de que los investigadores "han venido para preguntarme por tu personalidad" no es sino otro dato desvelado en una ecuación maldita en la que ambos lados de la operación se calculan y a veces se odian aunque ninguno de los dos lo diga mientras rumían la desconfianza mutua entre tazas de té ardiente y falsas sonrisas de educada ciudadanía malamente compartida.
