Un mes después de la inauguración del edificio más alto del mundo: Cierra de forma indefinida el Burj Dubai tras un gravísimo incidente en los ascensores acallado por el gobierno del país
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El plan era -y sigue siendo- construir una mezquita en el piso 158 del Burj Dubai. No sólo el islam triunfante habrá colocado entonces el minarete más alto del mundo para humillar a rascacielos occidentales y a catedrales cristianas, sino que, además, Alá será adorado en el lugar de culto más elevado del planeta, un hito más en esa más bien acomplejada carrera islámica por superar los logros de los infieles que lleva al supremacismo musulmán a exigir -y a conseguir- para el Corán el lugar más alto en las estanterías de las bibliotecas europeas para que ningún libro se encuentre por encima del único sagrado (ND). Sin embargo, como antes el panarabismo socialista, el neocalifato capitalista se hunde ahora en una apocalíptica hecatombe de desastres, el último de ellos -mujer barbuda, aparte-, la homicida rebelión de los ascensores santos en su ingrata y quizás blasfema tarea de subir turistas infieles al techo del islam, el que se quiso, el techo del mundo.
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Es muy difícil escapar a la tentación de referir la maldición bíblica de la Torre de Babel. Pocos periodistas occidentales debe haber en el mundo que no hayan sucumbido al fácil juego de comparaciones, soberbias y castigos en torno al intento de Dubai por retar a los perdedores fantasmas del islam. De hecho, las tópicas y renqueantes retóricas periodísticas occidentales sobre castigos divinos fueron precedidas por las oleadas de muy entusiastas y sinceras argumentaciones de periodistas y clérigos musulmanes que vieron en el 11-S un tan duro como merecido ajuste de cuentas de Alá con el orgullo infiel simbolizado en sus torres neoyorquinas, en el centro del mal. En este contexto, Dubai estaba destinado a poner respetabilidad de capitalismo islámico en la nueva era de supremacía post-andalusí, esta vez, realmente universal. Pero todo se torció.
Dubai: "A callar"
A diferencia de lo que sucede en los países de economías consolidadas, donde los indicios avisan de las catástrofes, en Dubai primero se abatió el cataclismo generalizado y sólo después han comenzado a flotar, como tristes cadáveres tras el naufragio, las ya inútiles cuberterías del lujo que iban a servir, en su propia salsa, entre gloriosos motivos de arquitectura islámica y altas tecnologías diseñadas y construidas por empresas, arquitectos e ingenieros occidentales, las derrotas infieles para mayor revancha de los humillados creyentes desde la pobreza de sus países, ansiosos por emigrar y ser recibidos en los abundantes territorios de la blasfemia. Y así, semana y pico después de que el iracundo jeque Mohammed Rashid Al Maktoum mandara "callar la boca" a los analistas occidentales que habían dudado de la solvencia de Dubai (y lo hizo precisamente durante una reunión con analistas occidentales (ND)), el gobierno del país se veía obligado a anunciar que el emirato no podría cumplir con los pagos de su gigantesca deuda externa.
Ahi quedó sancionado el desplome financiero después tras el cataclismo inmobiliario en los meses anteriores (ND) que Dubai había negado, como después también negó que las finanzas del país se encontraran en crisis, estableciendo incluso un bien surtido fondo para financiar querellas en los tribunales de cualquier lugar del mundo para quien osara dudar del buen nombre económico del santo emirato. Al menos quedaba el Burj Dubai, denominado para el planeta como Burj Khalifa para dejar bien claro el rango simbólico del que iba a ser el edificio más alto del mundo. Pero en días, también el sueño califal de acero y cristal se esfumó en una alucinada pesadilla digna de los infieles guionistas de la irreverente industria de Hollywood.
Terror en los ascensores del califa del mundo
Han pasado ya varios días desde que el Burj Khalifa quedara cerrado por tiempo indefinido a los visitantes que deseaban asomarse a sus miradores en el techo del mundo, y la página web oficial del edificio aún refleja como último acontecimiento su triunfal inauguración hace un mes. Ni una palabra del repentindo 'shutdown'. Oficialmente se dijo que todo se debía al "inesperado y elevado tráfico de visitantes" y a "problemas técnicos relacionados con el fluido eléctrico". Esa fue la versión que circuló en la prensa del país, para la que no existe ningún problema serio en el califa de todos los edificios del mundo. Pero esa versión, como el resto de fachadas de Dubai, también terminó desplomándose.
El mismo reportero de Gulf News que hace un mes "observaba a Dubai desde el piso 124" el día de la inauguración, era el primero en difundir, según algunas versiones, que el repentino y sumario cierre del Burj Khalifa se debía a algo más que a problemas con la carga de electricidad. En realidad, esa fue el origen de un episodio que los medios más templados en sus titulares no se resisten a calificar de "terrorífico".
El sábado de la semana pasada, los quince pasajeros de un ascensor que ya bajaban del observatorio del piso 124 se quedaron atrapados nada más iniciar el descenso. Primero escucharon como una pequeña explosión, después un ruido como de cristales rotos y, de forma inmediata, el ascensor se detuvo mientras una especie de polvillo comenzaba a filtrarse en la cabina. Estuvieron 45 minutos atrapados en el ascensor, entre dos pisos, a 124 pisos de altura, mientras los empleados del edificio insistían en que no sucedía nada anormal. Sólo después de esos tres cuartos de hora, la puerta del ascensor fue abierta y alguien desde el piso de arriba deslizó una escalera de mano por la que escaparon los aterrorizados turistas.
Las joyas arrebatadas a Occidente, en venta
Por si fuera poco, las 60 personas que se encontraban en el observatorio y que habían presenciado el horror de los prisioneros 124 pisos por encima de la superficie terrestre, también quedaron cautivos en el mismo y maldito mirador, sin mayores explicaciones de unos guardias de seguridad que insistían en la normalidad de la situación. Al final, todos fueron evacuados en un montacargas y pudieron besar por fin el tan añorado suelo firme. Aún hoy, los turistas no pueden creerse que los responsables del rascacielos ni tan siquiera reconocieran el "incidente". La versión oficial insistió horas después en que el Burj Khalifa se cerró por "tareas de mantenimiento y mejora" debido al "inesperado alto tráfico" del edificio.
El colapso interno del techo islámico del mundo es sólo otro indicio del fin del sueño de Dubai. El emirato necesita de forma desesperada dinero contante y sonante con que afrontar la desmesurada deuda de 14.000 millones de euros, y ya se plantea la venta de sus pequeñas y grandes joyas arrebatadas a Occidente, enormemente simbólicas del poder que una vez quiso acaparar de forma ávida. En el mundo financiero se da como casi seguro que Dubai pondrá en venta el Queen Elizabeth II, durante decadas el más grande y -aún hoy- el más mítico transatlántico del mundo, y el Cirque du Soleil, el más grande y más mítico de los espectáculos contemporáneos, ambos algunas de las mayores y más míticas conquistas del lujo viajero y artístico occidental.
El fin de la revancha
Por el momento, las ventas han comenzado en activos no tan emblemáticos, conquistados a base de hoy marchitos dólares inmobiliarios en un Occidente al que se veía como próximo a la rendición de unos musulmanes triunfantes en sus raids de furia capitalista. Pero las fantasías se desvanecieron entre los gritos de unos turistas atrapados en la propia pesadilla de Dubai, un país sobrecogido en el fracaso de sus sueños a la mayor gloria revanchista de un islam que "había sido dejado atrás en la carrera por el progreso y la prosperidad", como se escribió en el orbe islámico entre los fuegos artificiales, hoy fatuos, de la inauguración del califa de todos los edificios del mundo fiel e infiel.
