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Organizaciones islámicas, Amnistía Internacional y grupos de 'derechos humanos' consiguen atemorizar a los políticos
@JavierMonjas - 18/10/2014

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Se trataba de, al menos, vigilar la inflamatoria prédica de los pasajes más brutales del Corán, promotores del odio y del exterminio de los infieles. Se trataba de, al menos, controlar a los "combatientes extranjeros" que se entrenan en las masacres del Medio Oriente para después regresar a 'casa' con el fin de poner en práctica lo aprendido. Se trataba de, al menos, eliminar la enorme y costosísima maraña de "prestaciones sociales" de las que se benefician los yihadistas y sus parentelas, parasitarios de la nación que, a la vez, desean destruir con toda la fuerza de su bendita y luminosa fe.

Pero el gobierno australiano del liberal Tonny Abbott se ha topado con el liberalismo del Consejo Nacional de Muftís de Australia y con el de otros consejos islámicos variados y surtidos, apoyados todos por Amnistía Internacional y otros "grupos de defensa de los derechos civiles". Y ello a pesar de que el ejecutivo había rodeado su intentona de parar la impunidad del yihadismo con la infinita equidistancia habitual en las impotentes democracias occidentales.

Ni una palabra se decía del yihadismo y del musulmanismo. Sin embargo, el parlamento recibía el proyecto de manos del fiscal general -equivalente al ministro de Justicia en España- con un título bien descriptivo: "[El proyecto de ley] enmienda 22 leyes para responder a la amenaza representada por los australianos comprometidos en, y retornantes de, conflictos en estados extranjeros, mediante la provisión de poderes adicionales para los organismos de seguridad; reforzando las medidas de seguridad en las fronteras [y] cancelando los beneficios sociales para las personas relacionadas con el terrorismo", entre otras que intentaban evitar el regreso, con todos sus derechos y libertades occidentales, de los guerreros de Alá.

Sin embargo, una campaña conjunta de los liberales muftíes de Australia y de una pléyade de grupos y grupúsculos islámicos´-cuarenta y tres, nada menos-, reforzados con el progresismo de Amnistía Internacional y los activos y siempre bien financiados "defensores de los derechos humanos y civiles" consiguieron dar la vuelta a la tortilla.

En comparecencia pública, los muftíes señalaron que no solo el Corán incluye imaginería violenta, sino que también lo hace la Biblia, y citaron el Salmo 137 que amenaza a los babilonios y bendice a los que los estrellan contra las rocas, y que, por tanto, también los cristianos y los judíos podrían ser perseguidos por la nueva legislación.

Por increíble que parezca, este argumento funcionó en Australia, aunque lo tendría difícil en España, donde los babilonios son y siempre han sido admirados hasta el mareo, por lo que sería extraordinariamente difícil que nadie arrojara a uno contra las rocas. Sin embargo, de lo que sí hay ejemplos casi diarios -en España y en Australia- es de yihadistas moderados y radicales que se toman muy a pecho el exterminio de cristianos y judíos predicado hasta la náusea en el Corán.

De hecho, la policía había lanzado en septiembre su mayor operación antiterrorista hasta la fecha, y no precisamente deteniendo babilonios. De pronto, emergía todo el horror subterráneo de auténticas redes de preparación y envío de 'australianos' a combatir en Siria, Irak y otros santos lugares ya liberados a sangre y fuego de los odiados cristianos. La redada fue recibida por los mismos grupos de musulmanes y defensores de los derechos civiles como un injusto y "racista" señalamiento de la comunidad islámica.

La agresiva acometida de las organizaciones islámicas, auxiliadas por los defensores de los "derechos humanos", tuvo un inmediato éxito que Abbott intentó inútilmente neutralizar, con la inmensa mayor parte de los medios en su contra.

El temor a "atacar a los derechos democráticos" ha llevado a un comité parlamentario bipartidista a pedir la retirada de todas y cada una de las medidas que, en efecto, pretendían al menos vigilar a los viajes de los musulmanes más exaltados en la observancia de su religión.

Con una insistente campaña en contra del proyecto de ley promovida desde los medios de comunicación, y con el miedo de los políticos de todos los colores y colorines a ser tildados de racistas, no se espera ningún recorrido a las medidas del antiterrorismo islámico en Australia. En consecuencia, la democracia volverá a triunfar contra las fuerzas del mal que siempre andan urdiendo su derrota. Y los yihadistas del islam más puro podrán estar bien seguros de que sus derechos y libertades serán bien respetados en el país de su ciudadanía.