NUEVO DIGITAL - Internacional
Eliminación de visado para los turcos a cambio de sellar la frontera con Grecia
@JavierMonjas - 21/02/2011

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Ya sabemos qué había tras las repentinas y masivas oleadas de inmigrantes ilegales que Turquía lanzó en la última mitad del año pasado contra la Unión Europea a través de su frontera con Grecia. Bruselas debió enviar entonces fuerzas de intervención de Frontex en un intento de sellar la enorme vía de penetración tolerada -y auspiciada- por Ankara. Y Grecia anunció la construcción de un muro de contención 'Gaza style'. Bien, ahora sabemos cuál era la intención de Erdogan. Siempre adalid de una política exterior marrullera -denunciada incluso por una parte de sus diplomáticos (ND)-, el primer ministro turco provocó una desmedida alarma con el fin de vender su conclusión. Y así, Erdogan volvió a ganar.

Una de las obsesiones de Turquía en su asalto al codiciado fortín europeo es la de conseguir la eliminación de los visados exigidos a sus ciudadanos que entran en cualquiera de los países del continente con intenciones declaradas de visita turística. Sin embargo, tanto las capitales europeas como las autoridades de la Unión saben que Turquía debe ser tratada en ese sentido con similares criterios restrictivos a los aplicados a países del Magreb, del África negra, de Hispanoamérica o de la práctica totalidad de Asia. Las entradas turísticas no son más que una puerta abierta de par en par para no regresar al país de origen y permanecer como inmigrantes ilegales que, tarde o temprano, conseguirán su regularización mientras recargan los servicios sociales de todo tipo a que se les da derecho.

Caen Alemania, Holanda... y la UE

La ofensiva turca en los últimos meses ha sido extremadamente agresiva en ese sentido y simultánea en varios frentes. Uno de ellos se ha situado en las demandas ante los tribunales de países europeos, por supuesto, bien seleccionados estos de acuerdo a los intereses turcos. La primera en caer fue, como no podía ser de otra forma, Alemania. Un tribunal de Múnich garantizaba a los turcos su derecho a entrar en ese país -y, por tanto, en la Unión Europea- sin necesidad de visado, siempre que el fin declarado del viaje fuera el turismo y la estancia no superior a tres meses.

El segundo país en sucumbir -sólo tres días más tarde que Alemania- fue Holanda, donde otra corte, esta de Haarlem, fallaba en el mismo sentido que sus colegas alemanes. En ambos casos, los tribunales confirmaban una sentencia previa en el mismo sentido, esta vez, dictada por la Corte Europea de Justicia, la cual rechazaba la exigencia de visado a ciudadanos turcos en visita turística a Europa, una sentencia que los gobiernos europeos han combatido y se han negado a implementar con el fin de evitar la apertura de una gigantesca brecha de entrada de inmigración ilegal.

En Holanda se piensa en apelar la decisión judicial, según confirmaban los ministros de Inmigración y de Exteriores, aunque la prensa turca se jacta de que muy probablemente los tribunales de segunda instancia "también se volverán de nuestra parte". En Alemania, la sentencia de su tribunal causó estupor y un primer bloqueo de reacciones, aunque en poco tiempo comenzó a filtrarse que, digan lo que digan los jueces, Berlín no piensa cambiar su política de admisiones de turcos, vengan o no de 'turismo'.

El chantaje, a las claras

Pero con las dos sentencias en el bolsillo, el ejecutivo de Ankara quitó las fundas a la artillería pesada y decidió el ataque final. El ministro de Exteriores del país, Ahmet Davutoglu, no sólo exigió a Bruselas un acuerdo que sancione el "derecho" de los turcos a entrar en Europa sin necesidad de visado si afirman que acuden en visita turística, sino que advirtió con la habitual crudeza de la diplomacia de Ankara que tal acuerdo estaba ligado directamente al otro que se negociaba en un intento de que Ankara readmita a los inmigrantes ilegales que entran en Europa a través de su frontera limítrofe con la griega.

El chantaje quedaba así bien claro y tan armado como un cañón dispuesto a ser vuelto a disparar si era necesario. Bastaba cualquier tipo de negativa o renuencia en la Unión en torno al asunto del visado para que Ankara volviera a abrir la puerta para inundar Grecia, y, por tanto, Europa, de miles de inmigrantes ilegales, especialmente provenientes de los ahora más que nunca explosivos países del norte de África y del Medio Oriente. Una extorsión de ese calibre debía ser acordada cuanto antes.

Para esta misma semana está previsto que se firme en Bruselas el acuerdo de readmisión de los ilegales en Turquía, en el bien entendido de que, si no se cumple la contrapartida de eliminar el visado para turistas turcos, quedará en papel mojado. El Zaman, periódico en la órbita del partido islamista de Erdogan, titulaba el asunto bien a las claras: "Turquía presiona con mayor dureza a la Unión Europea para conseguir la eliminación del visado después del acuerdo sobre inmigración". En otras palabras, Turquía consigue sus objetivos a cambio de cumplir con su obligación.

El agradecido alivio griego

Es bien conocida la estrategia negociadora: ahoga bien el cuello de tu rival para que cuando le aflojes la presión, este te lo agradezca y se sienta en deuda contigo. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Grecia. El anuncio del pacto de readmisión de inmigrantes entrados ilegalmente por su frontera desde Turquía ha causado tanto alborozo en Atenas que el gobierno griego se ha lanzado a la euforia. En realidad, a algo más que la euforia.

El primer ministro griego, George Papandreu, se descolgaba la pasada semana con una solemne declaración en la que prometía redoblar las medidas necesarias "para estar seguros de que la minoría musulmana no está sujeta a discriminación". Henchido de agradecimiento y de la nobleza que da el alivio, Papandreu declaraba su intención de que "los ciudadanos griegos de distintas religiones y orígenes vivan en armonía y compartan una visión común para el futuro de Tracia", la región donde vive en su mayor parte la comunidad turco-griega, considerada en Grecia como una "quinta columna" de Turquía en su propio país. Y para dejar claro qué estaba agradeciendo en realidad, el jefe del gobierno griego saludaba el acuerdo de readmisión como "un buen ejemplo" de cooperación entre dos países vecinos.

Por supuesto, Turquía sólo suele aflojar la presión un poco, no demasiado, lo justo para conseguir las lágrimas de agradecimiento del ahogado. En medio, el ministro de Exteriores turco, Zafer Caglayan, jugaba la constante carta del victimismo al declarar que la Unión Europea "desprecia los intereses económicos de Turquía". Además, no sólo reafirmaba en Bruselas la inquebrantable voluntad de su país de "convertirse en un miembro de pleno derecho" de la Unión, sino, que volvía a echar en cara -a los mismos a quienes exige de socios- los supuestos "dobles estándares" que la organización supranacional estaría aplicando a Turquía.

Matonismo cotidiano

En paralelo a sus presiones, chantajes y victimismos, Turquía también juega con las mismas armas, pero esta vez, cargando el arma con una de las peores pesadillas de Europa y de Occidente en general. Era el mismo Caglayan, también al cargo del comercio exterior, quien declaraba la intención de Ankara de "triplicar" el intercambio comercial con Irán en el mismo acto en que hacía pública la negativa del gobierno al que pertenece de tomar cualquier tipo de medidas contra las empresas turcas denunciadas por Estados Unidos como suministradoras del plan nuclear de los ayatolas (ND).

Esa es otra parte de la agria y muy agresiva estrategia diplomática de Turquía contra el bloque occidental, la del acercamiento a lo peor del bloque islámico (ND), -incluyendo la muy exitosa mediación dentro de la OTAN a favor de Siria y el propio Irán (ND). Todo ello con el fin de meter más terror en el cuerpo de las temblorosas diplomacias europeas y estadounidenses, siempre temerosas de provocar cualquiera de los incidentes que, para Turquía, son, sin embargo, las herramientas de matonismo político y diplomático de cada día.