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Mientras Islamabad advierte al presidente de Estados Unidos si extiende sus medidas inmigratorias
El tercer partido de Pakistán pide a Trump la imposición de visados a su país
Dicen los epígonos del multiculturalismo que el islam asesina a más musulmanes que a no musulmanes. Tienen razón. Por ejemplo, en Pakistán, sometido a un alucinado y apocalíptico baño de sangre casi diario por la ancestral guerra de exterminio mutuo entre sunitas y chiítas (Pakistán es el segundo país con más seguidores de esta última secta islámica tras Irán). Las restricciones inmigratorias puestas en marcha por el presidente Trump han decepcionado en los sectores más avanzados y laicos del país. Pero no por su existencia, sino por no haber incluido al propio Pakistán en la lista negra.

En Pakistán, los muertos y heridos por los coches bomba se miden por cientos, día sí y día no. Junto con su vecino Afganistán, el odio intraislámico tiene a Pakistán como una de sus principales sedes. Las crónicas ya califican de "rutinario" el permanente baño de sangre en el país que, de vez en cuando, se extiende a los magnicidios.

Aunque Pakistán comparte con Afganistán la constante carnicería islámica, es su relación con su vecino del otro lado la que siempre preocupa al mundo. Ambos ejércitos dotados de arsenal nuclear y enemigos a muerte, Pakistán e India mantienen sordos y muy peligrosos choques de baja intensidad que -estos sí- ponen en vilo a los mejores informados del planeta. Documentos de la CIA conocidos ahora desvelan que India pudo haber bombardeado en 1984 instalaciones nucleares en Pakistán, y que solo la inoperancia de las fuerzas armadas del país de mayoría musulmana evitó un peligrosísimo contragolpe.

Pero lo que más alarma en el planeta no es el botón de disparo del gobierno pakistaní, sino el carácter de inagotable paridero del yihadismo internacional del país, un paridero que un día pudiera extenderse al uso del armamento nuclear en vez del socorrido camión bomba en el mercado de fatídico turno.

Sujetos de la calaña de Hafiz Saeed pudieran hacerse un día con el control de armamento no convencional y utilizarlo contra los infieles en cualquiera de sus manifestaciones. Ya utilizó el convencional en el sanguinario atentado de Bombay, cuando los bravos soldados de la yihad asesinaron en un hotel de la localidad india a más de 160 personas. Este lunes, Saeed ha sido puesto en arresto domiciliario por las autoridades de Islamabad por su participación en la carnicería india. Mientras el sujeto, líder de un grupo musulmán que se califica de "pacífico", asegura que su arresto se debe a una "conspiración internacional" para castigar el independentismo cachemir, el gobierno pakistaní se prepara para las inevitables consecuencias -no precisamente 'pacíficas'- que la medida contra Saeed pudiera acarrear.

Incluso quienes atacan las medidas inmigratorias restrictivas de Donald Trump reconocen que estas no tienen sentido sin incluir en ellas a Arabia Saudí y a Pakistán, el primero, el inagotable surtidor financiero de los yihadistas que, en su mayoría, suministra el segundo, el auténtico nido de víboras del islamismo. Las razones para excluir a ambos países poco tienen que ver con la socorrida acusación de cuñao progre respecto a los negocios privados de Trump en ambos, y sí con más altos intereses geoestratégicos de aliados vitales -y mutuamente 'compensantes'- en ambos lados del infinito y agresivo horror planetario fundado por Mahoma.

Algunas informaciones de última hora sugieren que, con todo, la Casa Blanca podría estar meditando la extensión de las restricciones inmigratorias a Pakistán. Desde lWashington, se recuerda que Trump solo ha certificado los países ya incluidos en la lista negra elaborada por Obama, y que su ampliación necesita tiempo, estudio y apoyos políticos.

Por supuesto, el islamismo en el gobierno de Islamabad ha puesto en el grito en el cielo, poniendo la cabeza como un bombo no solo a las vírgenes, sino también a la Casa Blanca, a cuyos nuevos inquilinos se amenaza con una revisión del -supuesto- apoyo del país a la lucha contra el islamismo. Pero hay otras cabezas en el país que piensan de forma muy diferente.

Imran Khan es el líder del tercer partido de Pakistán por representación en el parlamento. Moderado y centrista, Khan no solo reconocía en las últimas horas su apoyo a las medidas inmigratorias de Trump, sino que, además, pedía su extensión a su propio país. Al hilo de las informaciones que afirman cómo Pakistán podría entrar en la lista inmigratoria de Estados Unidos, Khan declaraba: "Rezo para que Trump también paralice los visados para los pakistaníes puesto que creo que eso ayudará a desarrollar a nuestro propio país".

La sorprendente afirmación de Khan tiene que ver más con la infinita emigración de talento pakistaní hacia Estados Unidos que con la infinita emigración de criminales yihadistas al planeta. Si se veta la inmigración desde Pakistán, los ingenieros y arquitectos que sueñan con escapar a uña de caballo del infierno patrio se verán forzados a quedarse y a hacer algo por su nación. "Tenemos que arreglar Pakistán, y el día que decidamos que esta es nuestra casa y que tenemos que arreglarla, no pediremos prestado de Estados Unidos y del FMI", declaraba Khan.

¿Es Khan la quintaesencia del patriota o un traidor a su pueblo? El debate ha sido abierto en Pakistán, pero el hecho es que la declaración de Imran Khan de aprovechar la coyuntura para convertir a su país en una cárcel de la que el talento no pueda escapar ha llevado al desarrollo de un inaudito punto de vista, que las humillantes restricciones inmigratorias en realidad suponen una oportunidad para que, además de horror, el país puede comenzar a aprovechar sus recursos humanos en algo más que en la miserable ingeniería de los coches bomba.





Publicado por Javier Monjas en Nuevo Digital Internacional - http://www.nuevodigital.com
31/01/2017 - 11:55 AM   GMT+01:00