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Las más brutales prácticas islámicas se consolidan en el Occidente meridional
Javier Monjas - 12/11/2012 - 08:16 AM   GMT+01:00

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Christian Martínez se había convertido al islam hace unos años. También es desgracia encontrar la luz y llamarse uno Christian. No es el único en tal tribulación (ND). Lo que no pudo cambiarse Christian fue su incontenible tendencia a embelesarse, y no precisamente con lecturas pías. Más bien era la priva y el hachís lo que ponía pío, pío. No podía seguir así, viendo las vírgenes todo el rato antes de tiempo. Merecía un correctivo. Él mismo lo reconocía. Los terapeutas coránicos llegaron de madrugada. No es fácil conseguir un látigo en Australia, salvo que lo compres en un sex shop. Lo cual no era el caso ni la perspectiva. Optaron por un cable eléctrico de los gordos. Christian Martínez había demostrado ser un hombre de luces al abrazar la verdadera religión. Le dejaron la espalda más caliente que la planta nuclear de Fukushima tras el maremoto, suficiente para enchufarle un grupo electrógeno y alumbrar a medio Sydney.

Christian Martínez tiene ahora 32 años de edad y ya lleva varios en la verdadera religión. Pero era un desviacionista. Se había desviado de la correcta senda. Es más, nunca había conseguido suficiente rectitud. Iba siempre haciendo eses. Hasta que pidió ayuda a su consejero espiritual, un místico llamado Wassim Fayad. Martínez siempre había confiado en él porque daba "buenos consejos". Pero ahora se los iba a dar con un cable de 300 amperios.

La verdad es que los terapeutas tuvieron piedad con el infractor. El Corán ordena cien latigazos a fornicador o fornicadora, y deja muy claro: "Por respeto a la ley de Alá, no uséis de mansedumbre con ellos" (24,2), que hay gente muy laxa de espíritu. Martínez estaba fornicando con las drogas y el alcohol, así que los terapeutas se permitieron rebajar el castigo coránico a los usos de la sharia consuetudinaria. La cosa quedó en cuarenta. Ni p'a ti, ni p'a mí.

Un místico no se ensucia azotando a nadie. Así que envió a cuatro fornidos verdaderos creyentes, todos en la flor de su juventud. Zakaryah Raad, de 21 años, Tolga Cifci, de 21, y Cengiz Coskun, de 22, se le aparecieron en mitad de la noche a Christian Martínez cuando este se encontraba en la cama. Pero esta vez no eran ángeles quienes le visitaban tras el porrito de buenas noches. Le sujetaron entre dos bien sujeto, y el otro se dedicó a intentar dislocarse el hombro a base de cablearle el lomo.

Al primer edicto de la sharia, a Martínez se le quitaron las ganas de penar sus culpas. Rogó que pararan. Pero una vez puestos no había ninguna razón para no terminar el trabajo. Cuarenta latigazos le sacudieron como está mandado en las Sagradas Escrituras de estos tipos. Dejaron el pobre cable con las dos fases fundidas en una. No está claro dónde terminó el cable, puesto que un cordón eléctrico así puede producir un cortocircuito, de potenciales graves consecuencias. Tampoco está claro por qué la cosa terminó en los tribunales.

Tanto el místico Fayad, como los tres ángeles justicieros, están diciendo ante el tribunal de Sydney que los juzga que fue Martínez quien pidió la sesión de terapia. Están perplejos porque se arme tanto follón. Perplejos y muy, muy cabreados. De hecho, a Christian le apretaron las tuercas al inconfundible estilo mafioso halal. Ahora ha denunciado que "personas muy poderosas" de la comunidad musulmana australiana le amenazaron con "represalias" si no retiraba la denuncia ante la policía. Además, se cazó a los tres hombres justos del bululi eléctrico robando grabaciones de circuito cerrado de televisión que les podían incriminar. Así que se llevaron el disco duro del ordenador donde estaban almacenadas (ND).

Martínez ha quedado como una babosa. Hombre de poca fe. Y como persona muy voluble e inconstante. Que si ahora necesito ayuda. Que si sí necesito un correctivo. Que si ahora me duele. Que si parad. Que si os denuncio. A ver en qué quedamos. Así no hay quién se ponga de acuerdo ni quien haga retomar la senda recta a nadie, por muchas eses que vaya haciendo. El místico dice que Martínez le respondió "Hermano, haz lo que debas hacer" cuando el otro le anunció la acción terapéutica. Nadie entiende muy bien de qué se queja Martínez ni mucho menos que las leyes infieles le amparen. Claro que qué se puede esperar de un sistema legal impuro.

Esta misma perplejidad se ha visto incrementada por otra acción judicial incomprensible, digna una vez más del capricho de estos australianos infieles. Así no es extraño que crezca el integrismo islámico en la vecina Indonesia y se ande sorprendiendo a cada vez más verdaderos creyentes preparando coches bombas al lado de consulados y embajadas de Australia, intentando un feliz remedo del histórico castigo propinado en Bali. Para unos son integristas. Para otros son hombres íntegros. O mujeres íntegras. Estas, más que a los cables de gran amperaje, le dan a la cuchilla. No terminan de aceptar que sus hijas crezcan con ese gran error de la naturaleza que tienen entre las piernas en forma de pequeña protuberancia.

Resulta que ahora otro juez anda juzgando a un 'jeque', un hombre de respeto y justicia en la comunidad musulmana -al inconfundible estilo de los predicadores islámicos de respeto y justicia-, y a una enfermera retirada que andaban cortando clítoris a niñas como quien se quita los pelos del entrecejo. Por supuesto, son las madres de las propias criaturas -de entre cuatro y diez años de edad- quienes las llevan a los cirujanos plásticos para que les sean extirpadas esos condenados granos del demonio en mitad las piernas. Puede ser que practiquen un corte, o pueden ser que corten por lo sano. Los médicos no solo advierten de las nulas condiciones higiénicas en que se practican las intervenciones, sino de que muchas veces las cirujanas aprovechan para remendar bien remendada la vagina dejando solo un pequeño agujero, del grosor de una cerilla, lo justo para permitir la salida de la menstruación. El que llegue detrás, que descosa.

Lo que ahora denuncia el juez que investiga el caso de dos niñas a las que se recortó y se recosió bien recortadas y recosidas es que se está encontrando con una amplio apoyo entre la comunidad musulmana a estas prácticas. La 'omertá' se ha corrido entre los musulmanes para ocultar, callar, despistar y mentir sobre lo que sucedió y quién lo hizo suceder. El defensor de la enfermera costurera de clítoris dice que no cree que vaya a ser procesada su defendida porque los análisis médicos no van a poder demostrar que el tajado tuviera lugar. Además dice que la enfermera sufre de diabetes y que la publicidad del caso la está provocando "un continuo y significativo estrés". Se trata de una línea arriesgada de defensa puesto que es bien sabido que a muchas mujeres la costura les relaja.

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