NUEVO DIGITAL - Internacional
La guerra del trapo en la cabeza recrudece su ofensiva en Occidente
@JavierMonjas - 04/06/2012

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Quitaos esos turbantes y poneos la gorra reglamentaria del servicio municipal de transportes de Nueva York para el que trabajáis y que os paga. No, nos lo prohíbe nuestra religión. Bueno, entonces dejaos los turbantes, pero poneos al menos en ellos el anagrama de la empresa. No, tampoco. Nos los prohíbe nuestra religión. Bueno, entonces dejaos los turbantes sin anagrama, pero desempeñad servicios que no requieran la uniformidad exigida de cara al público. Menos todavía. Sois unos racistas y unos islamófobos, y vais a ir a los tribunales. Han ganado. Y con casi 200.000 dólares de indemnización que se repartirán ocho de ellos por los terribles daños morales sufridos durante la persecución religiosa.

Finalmente, la Metropolitan Transportation Authority (MTA), el organismo del ayuntamiento de Nueva York que regula el transporte público de titularidad municipal, terminó doblando la rodilla.

Una década de pleitos en la que trabajadores de la MTA sijs y musulmanes han exigido su "derecho" a portar los turbantes que, según dicen, son exigidos por su religión. Han terminado ganando y, además, han conseguido 184.500 dólares en indemnización que se repartirán entre ocho trabajadores actuales o antiguos de la MTA que se negaron a ser discriminados en base a sus creencias religiosas. Y el Departamento de Justicia de Estados Unidos se puso de su lado puesto que en 2004 había llevado a la MTA a los tribunales por esta cuestión.

Todo comenzó antes de los atentados del 11 de Septiembre. Ya entonces, empleados de la MTA de religión sij y musulmana se estaban negando a llevar en la cabeza la preceptiva gorra reglamentaria como conductores de tren o autobús, o como empleados de los servicios de atención al público. Decían que su religión les exigía llevar un turbante.


Calzoncillos, 1; gorras, 0

De siempre se había sabido que a los sijs -que practican una extraña amalgama de islam e hinduismo-, los gurús fundacionales de su fe habían instituido varios artículos de vestuario como obligatorios, sin los que, al parecer, los verdaderos creyentes no irán al cielo ni nada parecido. Así que, desde entonces, los sijs nunca jamás deben renunciar a llevar el pelo largo, recogido con un turbante, a portar su puñal ritual, una especie de pulsera, además de -y eso es lo menos conocido- unos calzoncillos tipo 'boxer', sin los que tampoco podrán entrar en el paraíso, aunque este aspecto levanta asombrosos abismos de análisis teológicos sobre qué deben llevar las mujeres para su propia salvación. No obstante, lo que no se sabía es que los musulmanes puros tampoco pudieran entrar en el cielo y conseguir sus vírgenes si aceptaban conducir los autobuses y los trenes de Nueva York con la gorra del uniforme. Pero ahora, ya se sabe.

Ciertamente, ¿quién se arriesgaría a la condenación eterna por llevar una estúpida gorra de conductor de autobús ideada por un montón de infieles? Tras producirse los atentados del 11-S, la MTA requirió a sus empleados sijs y musulmanes que al menos se pusieran en los turbantes el anagrama de la empresa, tal y como lo llevan las gorras de los uniformados que, sin duda ninguna, terminarán en el infierno por llevarlas. Se negaron. Ni gorras, ni anagramas. No, no y no. Somos sijs. Somos musulmanes. Y, por tanto, llevamos turbantes sin anagramas de estúpidas empresas, pesados son estos tipos...

Los ejecutivos de la MTA aceptaron una vez más la nueva negativa, pero entonces pensaron que, si no se uniformaban como los demás, deberían de desempeñar trabajos fuera de la atención al público. Se lo dijeron. Les mantenían todos los beneficios salariales y laborales en general. Solo que, si no iban uniformados, deberían trabajar en empleos de oficina o almacén. Hasta ahí podíamos llegar. Esto es una "segregación" por motivos raciales y religiosos. Y ahí llegaron las demandas. El Departamento de Justicia federal se puso del lado de los ofendidos y discriminados, y fue entonces cuando demandó a la MTA.


Turbantes, 1; MTA, 0

Tras años de pleitos y negociaciones, la semana pasada todas las partes llegaron a un acuerdo. Los conductores sijs y musulmanes podrán llevar sus místicos turbantes sin anagrama. A cambio, en la inmensa magnanimidad a las que les obligan sus respectivas religiones, y amparados unos en sus calzoncillos santos y los otros en su fácil y peligrosa propensión a las manifestaciones de disgusto, han admitido que los turbantes sean de color azul, que es el color del uniforme de la MTA. Eso sí, en compensación por años y años de padecer la persecución religiosa y racista, los ocho demandantes recibirán 184.500 dólares, vil metal infiel que se repartirán a escote entre ellos, un pequeño consuelo por los daños morales infringidos.

La MTA se ha mostrado muy satisfecha con el pacto. Sí, la parte de sus empleados que irán al cielo llevarán turbantes y no gorras, y ningún anagrama de la empresa, pero al menos el traperío será de color azul, porque habría podido darse el caso de que su religión les hubiera obligado a que fuera de color rosa. Es más, los gurús fundacionales podrían haber recibido el mensaje divino de que, además del pelo sin cortar, los turbantes, el puñal, la pulsera y el calzoncillo santo, debían llevar un escote 'palabra de honor'. O un cucurucho de papel en la cabeza. Pero no, llevarán turbantes azules. Gran alivio para todos. En un comunicado, la MTA dice que ahora se sabrá que sus normas son "razonables" y que nunca actuaron "animados por discriminación étnica o religiosa". Disculpas aceptadas, pero que no vuelva a pasar.

Felices todos ya en Nueva York, es en Francia donde la islamofobia continúa cebándose con la oprimida comunidad islámica. Y eso que esta misma comunidad islámica influyó de forma definitiva con sus votos en el cambio de presidente de la República, echando al islamófobo Sarkozy y poniendo en el poder a los siempre islamifílicos socialistas. Pero en Francia, los socialistas no son del todo como en España.


Francia, 1; velos, 0

Antes del cambio de presidente, a finales del año pasado, se había puesto en marcha una normativa que prohibía a las madres con velo participar en actividades escolares en colegios públicos. Se trataba de una norma en defensa del laicismo republicano. Entre las actividades vetadas a mujeres con velo se encontraba incluso la de ir a recoger a sus hijos al colegio. Dentro del recinto escolar no se permiten símbolos religiosos y punto, ninguno. Por supuesto, quienes pusieron el grito en el cielo -clamando por sus "derechos"- fueron las comunidades musulmanas, ahogadas por la "opresión" de la nueva vuelta de tuerca represora de Sarkozy. Se pensaba que el nuevo gobierno socialista eliminara esta orden. Lamentable error de cálculo.

Manuel Valls, nuevo ministro del Interior, se ha mostrado partidario de mantener la iniciativa. La desolación se ha extendido por la comunidad musulmana francesa, la única que se siente agraviada con el veto a la exhibición de símbolos religiosos en la escuela pública. Medios islámicos hablan de "discriminación institucional", mientras desde otros se organizan campañas para defender que "todas las madres son iguales". Claro que, si lo fueran, las musulmanas no protestarían.