NUEVO DIGITAL - Internacional
La caída en desgracia de una ideología moribunda
@JavierMonjas - 14/11/2014

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Ellen Page. ¿Quién no se enamoró de ella en 'Juno'? Pero después, las entrevistas se le subieron a su párvula cabecita y empezó a dar lecciones de alocado feminismo al paciente planeta. Pareciera mentira que de un cuerpo tan pequeño pudieran salir tantas sandeces. Pero salieron. Y entonces va y se pregunta "por qué la gente es tan reluctante a decir que es feminista". Pues hija, hazte un selfie y respóndete a ti misma.

En la entrevista, la minúscula mujer -ella misma se define como una "tiny Canadian"- continúa diciendo enormes tonterías al Guardian, que se las traga sin rechistar como es su obligación. Una de las cuestiones que hacen compartir estupor a periodista y a periodistada es la críptica razón por la que estrellas de la proyección de Lady Gaga o Beyoncé prefieren ser llamadas sencillas antes que feministas.

No solo ellas. Nada menos que Susan Sarandon, que durante toda su vida sudó feminismo por cada uno de sus pretenciosos poros, va y se sale en plena canícula del año pasado con que "[Feminismo] es una palabra un poco anticuada. Se utiliza más para minimizarte. Mi hija, que tiene 28 años, ni tan siquiera se identifica con la palabra 'feminista'. Definitivamente, ella tiene el control de su cuerpo y de sus decisiones" (ND).

Una buena madre. Por nada del mundo quiere que su propia hija sea feminista, como Madonna no desea que la suya vea sus vídeos guarros o como Steve Jobs prohibía a sus vástagos aniquilar su tiempo e inteligencia en la marabunta de dispendiosos cachivaches que papá marketeaba para hacernos a todos mucho más inteligentes y eficientes, según decía.

Como en España, cualquier petarda -o petardo- de Hollywood que haya pergeñado película alguna se desmelena a la mínima, cuando no se pone una camiseta reivindicativa del feminismo más ridículo (Warning: Este enlace conduce a una foto de Whoopi Goldberg que, además, lleva puesta la absurda camiseta).

En los casos de Javier Bardem y su ilustrísima, a su calidad de actores en España se unió su calidad de actores en Hollywood, por lo que, obviamente, su capacidad petardera se incrementó de forma peligrosamente geométrica.

Pero la geometría del feminismo se va reduciendo casi por horas desde la tridimensionalidad en el espacio a la teoría del punto y luego a la física del vacío. No dan más de sí. Ni las feministas, ni el feminismo. Pero más que nada, las feministas. Y sin olvidar a los siempre sufridos feministos de probada untuosidad.

El hervidero hembrista del petardeo titiritero ha llegado en los últimos tiempos a provocar una masiva repulsa de las hembristas de rango y ringorrango, las de sangre azul, que reniegan del feminismo de famosas como de los anuncios del desodorante Axe.

Una de las culminaciones del ahuevamiento feministoide se producía hace justo un año, cuando una de estas petardas del común subastaba una de sus compresas usadas (sic) (ND) en medio de una orgía feminista recaudatoria de fondos proabortistas.

Al final, abortos y abortas tuvieron que excusarse de haber tocado demasiado fondo, siempre bajo, cada vez más bajo. Así que en la casa de l@s tont@s, todo son desgracias. Pongamos por caso la campaña "This is what a feminist looks like". Ocasión idónea para que tod@ petard@ se la ponga y se haga la fotito.

Y entonces van y descubren que las camisetas que l@s concienciad@s vendían a 45 libras eran fabricadas por mujeres de Mauricio que ganan 62 peniques a la hora y que se hacinan por docenas en inmundos habitáculos que solo abandonan para hacer más camisetas para l@s concienciad@s de verdad y sus fans de Hollywood y similares.

El escándalo fue destapado por el Daily Mail, un tabloide que saca noticias propias por un tubo, tan bien trabajadas además que el Guardian no tiene más remedio que reproducirlas aunque sea con la ridícula suficiencia progre que le lleva a referirse al odiado y despreciado medio como "un periódico", nunca por el nombre de su cabecera.

Saber que las renegridas mujeres africanas no se identifican precisamente con el "feminismo" de sus blancas paladinas ha sido más que terrible, 'awful'. Las miembras se han defendido como han podido, es decir, con la estrategia clásica de abrir investigaciones. Pero ha sido 'awful', pero 'awful' de verdad.

La incontinente cháchara feministoide de intención hembrizante ha llevado a que la revista Time haya incluido la palabra 'feminista' en su habitual encuesta pública para elegir los términos y las expresiones más irritantes del inglés que deberían ser "prohibidos". La progresía ha estallado ante tamaño avance que, sobre todo, demuestra el nulo respeto que se tiene ya por el feminismo incluso entre la prensa histórica más asentada en su propia leyenda.

La "sugerencia" de Time ha provocado "un infierno" de reacciones, como titulaba MSNBC. Desde el estupefacto Washington Post a la horrorizada televisión (semi)pública americana -nada hay más progre en el planeta que la PBS salvo su medio hermana, la radio pública NPR-, un escalofrío de incredulidad se ha adueñado de los biempensantes guardianes de la única moral permisible.

Time se ha defendido diciendo que no quiere "prohibir el feminismo", sino solo el abuso del término por cada vez más incontralad@s metecat@s (en licenciosa traducción libre del original). ¿Y qué decir del Huffington Post (el de verdad, el americano)?

Un cartel en el metro de Los Ángeles. "Respeten a nuestras pasajeras". Y una leyenda: "Por favor, intenten no hacer lo siguiente: Mirarlas fijamente; masturbarse; seguirlas; sobetearlas (en traducción libre); entablar conversaciones no deseadas o preguntar a las mujeres que de dónde son". "Esto es por lo que el feminismo no es calificado como 'humanismo'", titulaba el HP.

En efecto, solo a las mujeres les resulta irritante ver a un babuino con potencial derecho a voto practicarse una gallarda en pleno vagón. A los hombres, aparentemente les resulta atractivo y por ello el metro de Los Ángeles no se preocupa de ellos. Eso es el feminismo, una vez -antes de que se quemaran los sujetadores que nunca se quemaron- un bello desarrollo humanista, y ahora un patético remedo de su propio patetismo.