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También lo son los gorros negros de bruja o los vestidos blancos de hada
Javier Monjas - 31/10/2011 - 07:08 AM   GMT+01:00

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La competencia es dura. El mundo globalizado ha llevado la frontera hasta límites hasta hace pocas décadas insospechados. Ardientes lauros se disputan los timbres de gloria con que coronar las testas más merecedoras de la dignidad, agobiadas sus ramas por atender un linaje cada vez más imponente, pero dispuesto a escribir con broncíneas letras la señal de su mérito. Sí, todo esto es cierto. Pero, a pesar de la afanosísima pugna por un cetro cada vez más disputado, Anne O'Connor se ha convertido ya en una de las mujeres más ridículas del más ridículo de los mundos, en uno más de los ectoplasmas 'progresistas' más absurdos que consumen el oxígeno del planeta, tan escaso, otro adefésico engendro dentro de la ridícula prosapia de la corrección política más necia y desatinada.

Sí, el papel blanco es racista. Por blanco. De hecho, el fondo de esta pantalla, también blanco, asimismo lo es. Y los gorros de bruja de las niñas por Halloween más racistas todavía, por la razón contraria, por ser negros. Los niños pequeños de guardería viven un infierno de incitaciones al racismo que debe ser corregido para evitar males mayores, entre ellos, que los niños negros se sientan ofendidos por los gorros negros de bruja y por los papeles blancos en que todos escriben, restos malditos del esclavismo y del sometimiento de unos hombres por otros hombres.

El papel blanco racista

Anne O'Connor ha trabajado y trabaja en la asesoría a varios ayuntamientos británicos que arden en deseos de llevar a sus explosivas calles y aulas un brillante amanecer de purísimamente concebidos multiculturalismos y el multirracialismos, ambos, sin embargo, mutaciones bien vistas del racismo de toda la vida, esta vez, inverso. Y así, la señorita O'Connor ha saltado a la fama por recomendar a los responsables del sistema educativo que expurguen las clases del material que, de forma hasta ahora inadvertida, incita al racismo más extremo.

Por ello, y comenzando con los niños de guardería, O´Connor exige purificar el material escolar del papel blanco, que, en todo caso, debería ser compatibilizado con papeles marrones y negros con el fin de que los niños marrones y negros no se sientan ofendidos por los papeles blancos, ni los niños blancos alimenten el latente racismo que, desde que abandonan el pecho materno, ya bulle, pútrido, en su recién estrenado interior.

En el mismo saco de contundente higienismo antirracista, por Halloween, las niñas deben evitar como sea cubrir sus aparentemente inocentes cabecitas con los tradicionales gorros negros puntiagudos de bruja. El problema no se agita, artero, en los sombreros en sí mismos, ni en su forma, potencialmente fálica y, por tanto, incitadora de la natural violencia del macho, sino en el color del gorrerío. Sí, negro.

Las hadas también son racistas

Según Anne O´Connor, mucho problema de aceptación de la diversidad humana de colores se evitaría si estas niñas llevaran los sombreros de bruja, en vez de negros, de color "rosa". Y tal es lo que propone a los ayuntamientos que la contratan, quizás inadvertida la psicopedagoga sobre el avispero en que se mete ella misma contra sus colegas de la brigada de señoritas feministas, furiosas ellas mismas con la adjudicación del color rosa al sexo femenino.

Y eso respecto a las niñas disfrazadas de bruja. Las que opten por ponerse de hadas deberán evitar que sus vaporosos vestiditos sean, por la misma razón, blancos, de manera que unos más apropiados colores pardos evitarán la fácil ofensa hacia los niños pardos y prevendrán, bajo oportunos criterios profilácticos, que la cría se ahogue ella misma en la latente hidra racista que pugna por salir de su corrompido interior y cuya primera transustanciación son, precisamente, las malditas y vaporosas gasas blancas que portan, helada en su desprecio a la dignidad humana, la ofensa hacia otros seres humanos menos blancos y quizás también menos vaporosos.

Anne O'Connor, en artículo ya clásico del Telegraph extendido y comentado en tertulias por todo el planeta (menos en las españolas), admitía que, sí, "las personas que se ponen a la defensiva pueden decir 'bueno, nada malo hay en el papel blanco'", pero, sin embargo, las personas sensibles como ella advierten que "en realidad, sí podría haberlo (algo malo en el papel blanco) si no te ves a ti misma reflejada en las cosas que se encuentran a tu alrededor". Ella, por ejemplo, blanca como es, se ve reflejada en el papel blanco. Y entonces lo consideró ofensivo y maligno. Y, como bien dijo ya la Biblia, si el papel blanco te ofende, arráncatelo y arrójalo lejos de ti.

Niños pequeños, especias y odio racial

Psicólogos y pedagogos británicos (en especial, a juzgar por las firmas de los trabajos, 'psicólogas' y 'pedagogas' británicas), mantienen una feroz lucha a cara de perro contra el racismo, y están dispuestos -y, sobre todo, dispuestas- a extirparlo desde que los niños blancos -los únicos sometidos a estrechísima vigilancia- ni tan siquiera tienen consciencia de sí mismos.

En 2008, las autoridades educativas del National Children's Bureau publicaban una guía, redactada por otra de estas inmarcesibles psicopedagogas, Jane Lane, en la que advertía sobre el racismo igualmente velado, implícito, en los niños pequeños (blancos) que se niegan a comer comidas especiadas. "Al primer indicio, se debe informar a las autoridades", recomendaba la señorita antirracista, deseosa de cortar con un severo tajo la repugnante serpiente del odio racial agazapada en esa aparentemente inocente criaturita (blanca) que se niega a deglutir el explosivo curry antirracista que le es servido como continuación del pecho materno y su blanca leche (ND).

Es sencillo comprobar y verificar la necesaria ingeniería social aplicada ya desde las guarderías, donde una turbamulta de vírgenes locas luchan entre ellas por la castración del horror machista, racista y violento que se agazapa en los niños pequeños (blancos) mientras ponen con sus regordetas manecitas (las de los niños racistas), manitas prestas al crimen y a la violación, un cubo de plástico encima de otro cubo de plástico en juego sólo aparentemente inocente porque, bajo su frente serena, se agitan las perversidades de la agresión machista y racista.

La tarta asesina

En Estados Unidos, un niño de seis años llegó a ser expulsado de su colegio y enviado a un reformatorio por acudir a clase con un cubierto multiusos de camping con el que pensaba, en acción adecuadamente abortada, partir el pastel de cumpleaños elaborado por su abuela para invitar a sus compañeritos y compañeritas. Antes de asesinarlos con el cubierto multiusos de camping, se entiende (ND).

La histeria antiviolenta en las guarderías llegó a tal extremo, que las propias autoridades británicas, abanderadas en la erradicación del instinto asesino de los niños de guardería y parvulario, emitió otra de sus afamadas guías psicopedagógicas recomendando que no se reprimiera con tanta dureza el instinto de los niños pequeños a jugar con armas y monstruos generalmente armados, y cuyo mayor poder ofensivo se basa en lo feos que son (ND).

Ahora, tras las oportunas admoniciones antirracistas de Anne O'Connor, los profesores y, en especial, las profesoras, dispondrán de otra potente arma de purificación y promoción del amor universal en el color del papel en el que garabatean esas criaturas, sólo inocentes en apariencia, pero dispuestas a dejarse caer en una perversión más de la polimorfa perversidad infantil de la que ya advirtió Freud, en su infinita sabiduría transmitida a todas estas ridículas sacerdotisas consagradas al dios más idiota, vestales de la raza de su propia estupidez.

















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