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¿Cuánto tardará un concilio en incluir a Mahoma en el canon católico?
@JavierMonjas - 05/12/2014

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Los musulmanes descubrieron América antes que Colón, según el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Y los cristianos deben descubrir el 'verdadero islam', según el presidente católico, Francisco I. Sobre el ridículo del neo otomano se hacen lenguas nacionales e internacionales. Mientras el peronista-bolivariano Bergoglio calificaba al Corán nada menos que como "un libro profético de paz", un obispo anglicano reclamaba la lectura del texto islámico en la coronación del futuro rey del Reino Unido.

Francisco I voló alto en el avión que le llevaba a Roma, de vuelta de su visita a Turquía. En la aeronave defendió a capa y espada que el islam nada tiene que ver con la espada y sí con la capa, para empezar, con la suya, que humilló en sus sentidas oraciones de la Mezquita Azul donde "rezó especialmente por la paz". No hizo falta que nadie le pusiera mirando a La Meca. Él solo se puso y de allí salió su fe reforzada. La musulmana, se supone, porque no hizo más que dedicar encendidos elogios a la Religión de la Paz hasta llegar a calificar al Corán de "libro profético".

Un "libro profético" debería ser incluido en el Nuevo Testamento. ¿Cómo en el Nuevo? En el Novísimo Testamento, pues el Corán es posterior a los evangelios y, como bien dice el libro musulmán, los cumple y finaliza. Jesús fue un profeta, menor, pero profeta. Solo llegó para allanar el camino al Profeta Definitivo. La jerarquía católica lleva años preparando el terreno para un desembarco del islam en el catolicismo. De cardenales para abajo no cesan de lanzar mensajes de una profundidad teológica tal que lo que asombra es cómo aún no han ordenado retirar los sagrarios de los altares para dedicar los huecos a devotas alquiblas para católicos que deseen rendirse ante el mensaje definitivo.

A finales del verano pasado, con los últimos ardores de la canícula, al venerable cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, le ardía la cabeza de veneración. De veneración por el islam. En un encuentro 'interconfesional' con musulmanes, McCarrick comenzó su alocución con la fórmula ritual islámica cual probo imán: "En el nombre de dios, el clemente y compasivo".

Y tras clamar a dos de los noventa y nueve nombres de Alá -se supone que por razones de tiempo, no por falta de ganas-, el cardenal se desató en la sumisión a la fe de los verdaderos creyentes: "Las enseñanzas sociales del catolicismo están basadas en la dignidad de la persona humana. Cuando estudias el sagrado Corán [sic], cuando estudias el islam, eso es básicamente lo que enseñó Mahoma el profeta, la paz esté con él [sic]" (ND).

Así que Mahoma es "el profeta" y el Corán es un libro "sagrado". Dicho por un cardenal. ¿Y quién está por encima de un cardenal? N'efecto: el Papa, en este caso, Bergoglio. Para el argentino, el Corán es un "libro profético", en concreto, "un libro profético de paz", pues debe haber libros proféticos de guerra. Deben estar estos en la Biblia, porque el islam solo tiene uno y ya quedamos en que era un libro profético de paz. De ahí la necesidad de un Novísimo Testamento que incluya el libro final de profética paz.

Es más. Para defender al islam, el Papa llegó a atacar al cristianismo, a los suyos propios. Es erróneo "enfurecerse" contra el islam por el terrorismo, dijo Bergoglio: "No se puede decir eso, simplemente como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas. También nosotros tenemos nuestra parte de ellos (de los fundamentalistas). Todas las religiones tienen esos pequeños grupos".

Es difícil saber qué hiede más en tal parrafada, si la equiparación o la equidistancia. Pero aún no había acabado la rajada del sucesor de San Pedro. A continuación cerró filas con sus encantados anfitriones musulmanes -que una vez más habían contemplado con delectación cómo un nuevo Papa oraba en una mezquita- para añadir que "el Corán es un libro de paz, es un libro profético de paz", y que, por supuesto, "no todos los musulmanes son terroristas".

Es más: si el Estado Islámico asesina a los cristianos es como consecuencia de algo así como una guerra justa, puesto que la pobreza contribuye al "reclutamiento de terroristas". Ese es exactamente el significado de la yihad. Una guerra contra la opresión. Al equiparar pobreza con terrorismo, el papa Francisco I concedía el agravio necesario para justificar la guerra santa musulmana. Son rebeldes con causa. Bergoglio sí que sabe de teología islámica.

El tema de la justicia islámica de luchar contra los 'agravios' es ya casi un clásico. La yihad llegó a ser justificada también a finales del pasado verano, también con los últimos ardores de la canícula, nada menos que por el presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor de Estados Unidos.

Martin Dempsey venía a avalar una coalición internacional contra la apocalíptica brutalidad del Estado Islámico en la necesidad de "alentar la formación de un gobierno inclusivo que se enfrente a los agravios que han causado esto como primera causa" (ND). Otro que sí que 'entiende' la yihad. Al conceder los "agravios" como "causa", justificaba la yihad defensiva, esa que nunca se extendió por la espada contra los godos que habían agravado al islam con su mera existencia.

Y mientras, en paralelo a la habitual cháchara en favor del 'diálogo interreligioso', el Papa parecía allanar el camino para algún tipo de reconocimiento oficial del "libro profético de paz", los segundos escalones también continúan por su lado preparando a la grey cristiana para lo que ha de llegar. Jean-Louis Tauran, el hombre del Vaticano para el 'diálogo interreligioso', también se deshacía en elogios hacia la sabiduría del islam y de sus "verdaderos creyentes", quienes comparten trabajar por "un mundo de justicia, paz, seguridad, fraternidad y prosperidad". Tauran hablaba en una cumbre interreligiosa organizada en Irán. En el Irán de las grúas justas, pacíficas y seguras.

No es el catolicismo universal el único que debe prepararse para la próxima y segura llegada del dogma coránico al cristianismo. La Iglesia de Inglaterra también avanza con paso firme. Lord Harries of Pentregarth, antiguo obispo de Oxford, ha requerido la lectura del Corán en la futura ceremonia de coronación del Príncipe Carlos. Lo ha hecho basándose en principios de "hospitalidad" y "acomodación" para los musulmanes que viven en el país.

La idea de una abadía de Westminster rendida al islam resulta estremecedora para unos británicos que ven cómo 'su' iglesia pierde la fe en sí misma. En el seno del anglicanismo, aún -pocos, muy pocos- algunos hablan alto y claro, como lo ha hecho Andrea Minichiello Williams, miembro del Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra: "No podemos pretender que todas las religiones son iguales, o que benefician igual a la nación o que ofrecen los mismos resultados". Seguramente, Bergoglio la excomulgaría por tales palabras de intolerancia.