NUEVO DIGITAL - Internacional
@JavierMonjas - 31/01/2010

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No se trata de discutir asuntos religiosos. En realidad es un pulso. Un pulso entre cristianos y musulmanes. O, más exactamente, entre las vanguardias activistas de cristianos y musulmanes en Estados Unidos, cada cual con sus agravios y sus estrategias. En medio, las dos partes tiran de la presa, una adolescente, Fathima Rifqa Bary, que huyó de su familia tras convertirse al cristianismo desde el islam por miedo a que su padre la matara por abandonar la fe verdadera. Pero, aunque en los tribunales se sigue hablando de las tensiones familiares, todas las partes activas, incluyendo las retaguardias de sus respectivas opiniones públicas, saben que el pulso va mucho más allá de la decisión sobre el destino de una joven que ni atada quiere regresar a sus orígenes.

De hecho, Fathima cumplirá los 18 años el próximo mes de agosto, con lo que, en siete meses, ella misma podrá decidir con quién vive. Pero sus padres no se conforman con quedarse el poco honroso papel de monstruos amenazantes incluso para su propia hija adolescente, quien durante los últimos años había mantenido en secreto su conversión al cristianismo, abandonando la religión islámica de la familia. En realidad, si sus padres no se resignan a soltar la presa de su rebelde hija, mucho menos lo hace la organización que provee abogados y, sobre todo, estrategia pública de información.

La ira de la Umma

Tras un duro pulso entre los tribunales de Florida -a donde la joven huyó buscando el amparo de la familia cristiana con la que se había comunicado por Internet desde la clandestinidad de su propia casa- y de Ohio, donde reside la familia Bary, el caso finalmente se resolvió a favor de la jurisdicción de este último estado, a cuyos servicios de atención al menor pasó Fathima. Mientras se encontraba una solución al embrollo, la adolescente viviría en una casa de acogida controlada por los servicios sociales de Columbus, la localidad de Ohio residencia de los Bary. Dentro del genérico "control" público, se encontraba el "control" efectivo y muy concreto del teléfono y del ordenador de Fathima con el fin de evitar sus contactos con la 'resistencia cristiana' que apoyaba a la conversa.

Fathima Rifqa no sólo se hacía famosa en Estados Unidos, sino, para su desgracia, entre la Umma, donde la enfilaron como una apóstata que merecía morir. En medio de este clima de odio hacia la maldita renegada, medios de comunicación islámicos comenzaron a difundir alucinadas calumnias sobre la adolescente. "La familia (de Fathima) sostiene que la chica se drogaba, mantenía un comportamiento promiscuo e intercambiaba mensajes obscenos a través de Facebook. Hablaba de sexo con muchos hombres casados mayores que ella. Cuando los padres intentaron controlar su comportamiento, ella rehusó. Durante su vuelta a casa, se inventó una historia de conversión al cristianismo", difundió durante unas horas la agencia Pakistan Daily antes de que el escándalo por la suciedad de la artimaña retirara la 'noticia' de la circulación (ND).

A los padres, ni verlos

Entre tanto, los abogados de las dos partes intentaban encontrar una solución. A mediados de enero se alcanzaba un acuerdo con el objetivo de evitar los tribunales por la custodia de Fathima. Los padres accedieron a que su hija viviera y se mantuviera bajo la protección de los servicios públicos mientras, en paralelo, se intentaría el acercamiento entre los dos lados de la familia con el objetivo de recomponer la convivencia bajo el patrocinio de "mediadores", "psicólogos" y el resto de la tropa de "expertos". Se produjo entonces una vista en la que se llegó al pacto, vista que fue no vista para Fathima, quien no sólo no cruzó palabra con sus progenitores, sino que ni tan siquiera quiso verlos, escondiendo la cabeza tras la espalda de su abogado. Sin embargo, el acuerdo no duraría más que unos pocos días.

A mediados de la semana pasada, la familia comunicaba que se desmarcaba del pacto tras conocer que incluía autorización para que la chica se comunicara con sus amigos cristianos de Florida que la acogieron en su huída desde Ohio y quienes, en la práctica, lanzaron el caso a la opinión pública hasta convertirlo en un culebrón nacional. Pero, ¿qué importancia tiene que una joven a punto de cumplir los 18 años y, por tanto, con plena capacidad legal para decidir por sí misma, se comunique o no con sus protectores y amigos cristianos? La respuesta se encuentra en la poderosa y virulenta organización musulmana que se encuentra tras la estrategia defensiva-ofensiva contra el camino libremente elegido por la joven, esto es, el Consejo de Relaciones Islamo-Americanas, más conocido por sus siglas de CAIR (ND – Archivo/Selección).

Un "centro cultural" de extremistas islámicos

Desde el comienzo, las dos estrategias estuvieron bien definidas. La parte cristiana que acogía a Fathima intentó demostrar las conexiones extremistas de la mezquita a la que acudían los padres de la joven en Columbus, y, para ello, presentó ante los tribunales de Florida un amplio dossier en ese sentido. Allí se establecía cómo Hany Saqr, el imán y líder del Noor Islamic Cultural Center, en Columbus, antes de ocupar la dirección del 'centro cultural islámico' -la nueva denominación políticamente correcta para las mezquitas en Occidente- tenía un amplio pasado de relaciones con el entorno terrorista estadounidense del 11-S. Además, esa misma mezquita de Ohio se encuentra bajo investigación en el caso de varios jóvenes de origen somalí que huyeron para recibir entrenamiento terrorista en campos relacionados con Al Qaeda, uno más de los cada vez más frecuentes casos de yihad interna en Estados Unidos (ND – Archivo/Selección).

Pero, frente a la estrategia de relacionar a la mezquita familiar con el denominado 'extremismo islámico' -con potencialmente devastadoras consecuencias para la seguridad de la conversa Fathima, según las órdenes del Corán, desarrolladas por la sharia, para los apóstatas de la fe verdadera-, la otra parte también se organizó para proveer a su abogado de abundante artillería de relaciones públicas con que castigar la credibilidad del adversario.

La dhimmitud de las periodistas

Y fue así como los abogados del CAIR se dedicaron a describir a la familia cristiana de acogida en Florida como unos arteros extremistas que habían lavado el cerebro de la cándida Fathima. Ese fue el enfoque que primó en los medios de comunicación que mayor atención concedieron al caso desde el principo, en especial, el Orlando Sentinel, en Florida, y el Columbus Dispatch, en Ohio, que, una y otra vez, no dejaron de presentar al matrimonio cristiano como un par de personajes manipuladores que habían maniobrado en la sombra para 'cazar' a una ingenua adolescente confusa por la edad. En ambos casos, se trató del trabajo de dos reporteras, como poco, extremadamente parciales y 'progresistas' en sus prejuicios. A la del Columbus Dispatch se la fotografió de confidencias con los abogados del CAIR en sede judicial con la cabeza púdicamente cubierta con un pañuelo, según mandan los cánones musulmanes más refinados para una mujer que se dirige a un hombre en público.

Quedaban claras así las preferencias y las 'tolerantes' sensibilidades de la 'periodista' en una patética muestra de sumisión de mujeres y profesionales no musulmanas -no infrecuente en países occidentales- que se rinden a una dhimmitud que, en el caso de la reportera del Columbus Dispatch, también la llevaba a escribir ternísimos reportajes sobre cómo "los musulmanes buscan aún ser aceptados" por la sociedad en medio de la crueldad excluyente de los estadounidenses no islámicos, ternísimos reportajes sin la menor referencia, por otra parte, a cómo esos mismos musulmanes de esa misma mezquita -el 'centro cultural' Noor de Columbus- impedían que una joven buscara y encontrara su propio camino, sin pañuelos delante de un hombre, y aunque fuera extraviada de la fe verdadera.

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