NUEVO DIGITAL - Internacional
El impuesto islámico sobre los dhimmis se extiende en Occidente
@JavierMonjas - 03/11/2015

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Carlos y Ashton Larmond son dos hermanos gemelos canadienses de 24 años de edad. Fueron detenidos el pasado mes de enero al ser descubiertos preparando actividades terroristas. Se habían convertido recientemente al islam y, por supuesto, su primer deseo fue matar. Carlos fue interceptado en el aeropuerto de Ottawa cuando intentaba salir de Canadá para cumplir los píos mandatos coránicos de la yihad. Ya en prisión, Carlos continuaba muy crecido. Pretendía convertir a otros internos al islam. Para ello recurrió primero a las argumentaciones y, ante las negativas, a las amenazas. Amenazas contra los rebeldes infieles y contra sus familias. Hasta que un día le convirtieron a él en un burruño amoratado al amenazar a dos que le pusieron en 60 segundos de contrayihad mirando a La Meca, tal y como mostró el vídeo de lo sucedido.

El bueno de Carlos se equivocó al hacer proselitismo islámico con Terrence Wilson y Michael Clarke. El catequista musulmán primero amenazó a Terrence con que un día iba a aparecer muerto en su celda si no proclamaba que Alá es el más grande y Mahoma su profeta y tal. Como no surtió efecto, Carlos, henchido de gozo por salvar del infierno a Terrence, pasó a mayores argumentaciones teológicas y, delicados y sofisticados como son, advirtió de que algo le pasaría a la familia del infiel y que ese algo se lo haría alguien de ahí fuera.

Error. Grave error.

Gracias a Buda que solo tenían sus puños y una bandeja para los tes a mano. Bueno, y los pies, pues también le patearon lo suyo. Y es así como acabaron los esfuerzos de proselitismo del infeliz Carlos Larmond, el converso al islam tan preocupado por la espiritualidad de sus compañeros de infortunio como incomprendido en su perfumado escolasticismo mahometano.

Las imágenes captadas por el circuito cerrado de vídeo de la prisión reflejan por primera vez la realidad oculta de las cárceles occidentales, donde la creciente población musulmana trata de imponer su ley. El tarado de Carlos Larmond no resulta, sin embargo, un ejemplo representativo. Gracias al sistema penitenciario infiel, ambos hermanos fueron trasladados lejos de la prisión de Ottawa donde habían intentado -ciertamente, con escaso éxito- crear su propio centro cultural islámico.

Pero las inteligencias occidentales no dejan de filtrar una y otra vez que no todo es tan patético como en el caso de Larmond, y que en las prisiones, como en otros varios ámbitos de la sociedad libre, presa e impresa, ya rige la sharía. Los últimos que han querido dar un bocinazo de alarma han sido los servicios de inteligencia británicos al alertar de que al menos en cuatro prisiones de máxima seguridad del Reino Unido ya rige la yizia.

Se trata del impuesto que grava a los dhimmis, los denominados creyentes del Libro que son puestos bajo la tutela de los musulmanes en ámbitos controlados por el islam a cambio de un pago que tiene una doble finalidad: conseguir protección para el cristiano o el judío, y humillarlo de paso, dejando bien claro quién manda allí.

Dicho en las sagradas palabras del sagrado Corán, "¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!". Más claro, imposible. 9,29. Mahoma fue el primero que instituyó el 'impuesto revolucionario' a cambio de perdonar la vida de los cristianos y judíos a los que previamente no había masacrado en matanzas como la emprendida contra los Banu Qurayza.

El acoso y las amenazas son las tácticas que las mafias del islam en las prisiones británicas utilizan para forzar las conversiones. Si el elegido para recibir La Luz insiste en continuar en la oscuridad, entonces llega la exigencia de pago, el desembolso de la yizia que le librará de las constantes agresiones, y quizás de la muerte, mientras le recordará que vive como infiel en tierra liberada al islam.

Los matones islámicos exigen los pagos en las útiles especies de tarjetas telefónicas, comida, tabaco o drogas. Algunos de los llamados a La Luz por este astringente método han confesado que la amenaza se extiende a familiares y amigos en el exterior, obligados a realizar ingresos monetarios a favor de cuentas bancarias amablemente facilitadas por los protectores, pues, al parecer, ofrecen todas las facilidades de pago, ventajas de la banca islámica.