NUEVO DIGITAL - Internacional

EL PAÍS
Javier Monjas - 20/02/2012 - 02:29 PM   GMT+02:00

ImprimirCompartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en MenéamePublicar en del.icio.us

Las milicias de Misrata han expulsado a sus vecinos negros por haber apoyado a Gadafi. Los 35.000 habitantes de Tauerga viven en campos de refugiados.

La guerra acabó en Libia en octubre, pero Tauerga sigue siendo una ciudad fantasma. Casas saqueadas y quemadas. Calles destruidas. Cascotes, cristales, hierros retorcidos. Y silencio. No queda un alma en esta población del Occidente libio, sometida a la venganza inclemente de sus vecinos de Misrata. Los de Tauerga, dicen, ayudaron a las tropas de Muamar el Gadafi en sus tropelías. Por eso han arrasado la ciudad y por eso nunca permitirán el retorno de sus 35.000 habitantes, hoy desperdigados en campos de refugiados dentro de su propio país. En esta revancha sangrienta, el odio político se mezcla con un racismo soterrado. Además de gadafistas, los habitantes de Tauerga son negros.

"Tuvimos que dejar nuestras casas por la brutalidad de las milicias de Misrata", cuenta Atiya al Mayub. "El día que me fui, conté cuarenta cadáveres en mi barrio". Cuando, en septiembre, llegó al campamento de refugiados instalado en la antigua academia naval de Trípoli, a unos 250 kilómetros de Tauerga, Atiya, militar jubilado, pensó que lo peor había quedado atrás. Se equivocaba.



Navegación

Entrada anterior:
El caso Abu Qatada recrudece la corrosión en la credibilidad de los Derechos Humanos

Entrada siguiente:
La sharia, en Estados Unidos: Si hay Mahoma, no hay Primera Enmienda

Últimas entradas
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sindicación
RSS 1.0
RSS 2.0
ATOM