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Los científicos y los gobiernos que los creyeron, responsables de la obesidad en Occidente
@JavierMonjas - 27/04/2016

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Película de los cuarenta, cincuenta o sesenta. Española, estadounidense, italiana... tanto da. ¿Por qué todos aquellos adultos y todos aquellos niños están tan delgados y, sin embargo, parecen tan saludables? Todos se ponen tibios de las ancestrales comidas grasosas. En España, potentes bocatas del doce rellenos de fiambres con pesos atómicos imposibles son trasegados con fruición por incansables criaturas. Sus padres y abuelos llevan toda una vida de enérgicos cocidos diarios en jornadas inauguradas con masivos ataques torrezneros y leches recién salidas de la vaca con densidades de las que ni tan siquiera podía escapar la luz. Eran felices. No había nutricionistas.

No era la grasa saturada el problema. Ni tan siquiera la de origen animal. De hecho, su eliminación en dietas low-fat fue la que provocó la epidemia de obesidad en Occidente. Ya sin tapujos, sin complejos, sin medias palabras, sin dudas. La mantequilla no solo sabe mejor que la margarina, sino que, además, es menos perjudicial para la salud. De hecho, va a hacer ya una década desde que, al menos en Estados Unidos, el consumo de aquella grasa láctea volvió a superar a la vegetal.

Como quien farfulla una herejía ante el tribunal de la corrección política, hacía ya varios años que se hablaba y se escribía en voz baja sobre el tema. Acaso la primera aparición en prime time de la contrarrevolución dietética se publicó en el Wall Street Journal hace ahora un par de años. La mantequilla regresaba a su inmortal trono no solo frente a la margarina, sino frente a las margarinas ultramodificadas que pretendían -a base de química- emular el sabor de la grasa saturada animal.

Lo natural era comer mantequilla, no aquel producto industrial que fue comercializado como más saludable que la primera. Desde los cincuenta y sesenta se había producido incluso una asimilación de la mantequilla al viejo orden conservador, caduco y rancio, mientras la margarina se convertía en un símbolo de salud, modernidad y mentes progresistas. A los niños de entonces nos hicieron engullir kilos de margarina, azuzados más tarde por un primigenio Guillermo Fesser descendiendo de un helicóptero de Tulipán para embadurnar los infantiles bocadillos de chopped con media pulgada de aquel sospechoso mejunje.

Hace ya cuatro décadas que un grupo de científicos de Minnesota llegó a la conclusión de que el origen de la obesidad y del resto de problemas de salud a ella asociados -como efecto o como causa- no se encontraba en las grasas saturadas. De hecho, aquellos estudios -con pacientes mentales a los que se sometía a distintas dietas- ya avanzaban hechos que hoy también se dan como ciertos, por ejemplo, que una dieta baja en colesterol no solo no reduce las muertes por problemas cardíacos, sino que las incrementa. Como suena.

Tras décadas de dietas bajas en grasa, cada vez hay más gordos y más muertes asociadas a la obesidad en los países occidentales. Ahora se asegura que el problema residió en la sustitución de las grasas saturadas por dietas con altos contenidos en azúcares. Mientras la especie humana lleva millones de años comiendo carne, su organismo no se encuentra preparado para metabolizar un invento de los últimos dos siglos: el azúcar.

Los estudios del grupo de Minnesota fueron prácticamente borrados del mapa científico. Contradecían la corriente dominante. Pero los modernos confirman aquellas heréticas teorías. Los gobiernos se lanzaron a masivas campañas sanitarias que recomendaban dietas bajas en grasa. Y cada vez había más gordos y cada vez más muertes relacionadas con la obesidad.

Ahora se produce una especie de carrera nacionalista por presentar a su propio científico loco que ya había alertado hacía décadas de que el problema no eran las grasas saturadas, sino el azúcar. Y en todos los casos, como en el del británico Robert Lusting, sus estudios habían sido censurados y hechos desaparecer por el 'establishment' científico, que no toleraba blasfemias. Y así fue como Lusting murió como un apestado.

"Pásame la mantequilla: Todos los expertos estaban equivocados". No hay día en que en los medios más importantes del planeta se digan cosas por las que hace unos pocos años habrían terminado en los tribunales. ¿Quién nos hizo gordos? No fue la perversa gran industria alimentaria, sino los científicos y los gobiernos que los creyeron.

"Los lácteos desnatados no son más sanos". Y así una y otra vez. Toda una época se derrumba. Los malos de entonces son ahora los buenos. Un triunfo más de la intervención del Estado en las vidas de los ciudadanos y de sus estómagos.